En Tadó, Chocó, la minería es una actividad que atraviesa la vida del municipio. Ha estado ligada por generaciones a la cotidianidad de sus habitantes; por generaciones las familias han dependido del oro para subsistir. En los últimos meses, sin embargo, el aumento del precio de este mineral volvió a ponerla en el centro de las conversaciones y empujó a muchas personas que se dedicaban a otros oficios a probar suerte en las minas o en el barequeo.
En el municipio es común escuchar a hombres que trabajaban como ayudantes de construcción o mototaxistas decir que prefieren ir al bareque. Entre las mujeres también hay quienes han dejado, al menos temporalmente, actividades en las que trabajaban para emplearse en los entables, que es como se llama a los lugares donde se establece una mina artesanal. La explicación de las personas para hacer ese cambio es siempre la misma, en un jornal se sabe cuánto se recibirá al final del día; en la mina se puede volver con las manos vacías, pero también existe la posibilidad de conseguir en unas horas lo que tomaría uno o varios días de trabajo.
Los maestros de obra son de los que más sienten ese movimiento. Varios de ellos que pidieron no ser identificados, contaron que conseguir ayudantes se ha vuelto más difícil y algunas obras se retrasan por falta de personal. Para tratar de retener trabajadores, el pago diario, que antes rondaba los $70.000, ha subido hasta cerca de $100.000. Aun así, la respuesta que reciben muchas veces es la misma: “No voy a trabajar la rusa, porque lo que me gano en un día tirando pala, en la mina lo puedo duplicar con lo caro que está el oro”.
La tensión entre la minería artesanal y otros oficios no es reciente. El libro Somos hijos del oro, publicado en 2021 por Ediciones Uniandes y la Fundación ACUA, recogió en Tadó una observación muy parecida, los trabajadores preferían buscar oro durante unas horas ante la posibilidad de ganar más que en una jornada completa en otro tipo de labores. Lo que parece haber cambiado ahora es la magnitud de la expectativa, impulsada por el nuevo ciclo de precios del metal.
Tras el rastro del oro

Yency Copete tiene 35 años y trabaja en una mina. Es manipuladora de alimentos o “guisa” como se le conoce en la zona a las mujeres encargadas de preparar la comida para quienes trabajan en el entable. Es la primera vez que trabaja en este oficio, antes hacía manicure y pedicure.
En la mina recibe un sueldo y, además, tiene derecho al “colero” o rebusque, que es la posibilidad de buscar alguna pepita de oro entre el material que queda después del lavado. Cuenta que hay meses en los que puede reunir entre tres y cuatro millones de pesos, mientras que en otros no alcanza siquiera un millón. Esa variación no le impidió notar un cambio en su economía. Con el dinero empezó a comprar materiales para transformar su casa de madera, además de una nevera, un televisor y un comedor. Esto lo ha conseguido con mucho esfuerzo.
Su jornada puede comenzar entre las cuatro y las cinco de la mañana y terminar hacia las ocho y media o nueve de la noche. Durante ese tiempo debe preparar cuatro “golpes”: desayuno, almuerzo, cena y la merienda que reciben quienes trabajan en el turno nocturno. Hay lugares donde no tiene energía eléctrica ni señal de celular y debe preparar la comida con ayuda de una linterna o con velas.
La distancia también reorganizó la vida de su familia. Para irse a la mina deja a sus hijos al cuidado de su hija mayor, de su hermana, de su mamá y de otros familiares. Los vecinos también terminan siendo parte de esa red. “Uno no cría hijos solos”, dice. Cuando llega a zonas sin señal, una de sus mayores preocupaciones es no saber qué está pasando en la casa; a veces debe buscar una loma o un punto alto desde donde pueda comunicarse.
A pesar del cansancio, dice que por ahora no volvería a escoger el arreglo de uñas como un oficio. Lleva unos siete meses vinculada a la minería y considera que el sacrificio ha valido la pena porque sus hijos tienen una estabilidad que antes le costaba más garantizar.
En la mina el pago se puede realizar de dos maneras, por sueldo o por porcentaje. El sueldo da seguridad, si la máquina se vara o pasa semanas sin producir, el trabajador conserva el pago acordado. Al porcentaje ocurre lo contrario, si no hay producción no hay ingreso; pero cuando el terreno tiene buen oro la ganancia puede dispararse. Copete asegura que, en una buena tierra, una persona vinculada al porcentaje puede llegar a recibir varios millones de pesos. Es justamente esa posibilidad la que alimenta buena parte de la fiebre.
Rober Alexis Mosquera Rodríguez, de 31 años, regresó a Tadó. Vivió en Medellín muchos años, allí trabajó en construcción como operador de una bomba de concreto y también como oficial de estructura. Reconoce que la ciudad ofrecía más oportunidades laborales y mejores posibilidades en asuntos como la salud, pero terminó cansándose de ese ritmo y, cuando quedó desempleado, decidió volver a su pueblo. A esa decisión se sumó una razón: “Y más por la fiebre del oro”.
Un amigo de infancia lo invitó a trabajar en una mina. Al principio estuvo a sueldo, una modalidad que no terminó de convencerlo; después pasó a trabajar a porcentaje. Hoy está en un frente conocido como El Caliche, en jurisdicción de Unión Panamericana. Allí la expectativa depende de lo que vaya mostrando el terreno.
Mosquera recuerda que en Medellín podía ganar poco más de dos millones al mes. En la mina no tiene esa misma certeza. El trabajo es agotador, hay turnos, mandados, desplazamientos y tareas como cargar combustible. Pero hay un momento que cambia el ánimo de cualquiera, cuando el clasificador empieza a mostrar el metal. “Cuando ves el clasificador o la plaza amarilla, llena de oro como si fuera maíz desgranado, es algo impresionante, algo que emociona”.
En una de las lavadas recientes, su parte estuvo alrededor de los $400.000. A él le pareció poco frente a la fama que tiene el terreno. En Tadó y en los municipios vecinos las historias sobre lugares donde alguna vez salió mucho oro se transmiten con rapidez y terminan funcionando como una promesa: si allí apareció antes, puede volver a aparecer. Esa esperanza mantiene a muchos trabajadores pendientes de cuál será el próximo corte.
La ruta de los barequeros
En los entables aparece otro grupo, los barequeros. Son quienes llegan con sus bateas, mates y almocafres a buscar el oro que pueden encontrar en las arenas o entre el material removido. El Código de Minas define el barequeo como el lavado manual de arenas para separar metales preciosos, sin ayuda de maquinaria. En la práctica, muchos barequeros de la zona se mueven alrededor de explotaciones mecanizadas y aprovechan el material que estas dejan disponible.
Para entender mejor esa cotidianidad, decidí seguir durante un día la ruta del bareque. Desde la tarde anterior se hablaba de dos lugares, La Rusia y El Caliche. El rumor era que ambos cortes tenían oro. Me levanté a las cuatro y media de la mañana, preparé arroz con pescado frito para el desayuno, fui donde una vecina para que me prestara una batea, conseguí un almocafre y un mate y salí rumbo a El Caliche.
En el camino entendí que una de las dificultades del oficio es que muchas veces hay que recorrer kilómetros y salir incluso de Tadó hacia municipios como Cértegui o Unión Panamericana sin saber si el viaje dará resultado. Los barequeros lo resumen con una expresión: hay días en los que no se moja el mate. Otros días aparece un grano, varios granos o una cantidad suficiente para justificar el recorrido.
También hay que aprender a leer el terreno. Cuando alguien catea y encuentra una “pinta” buena, trata de que los demás no lo noten de inmediato, porque basta con que alguien vea el oro para que varias personas terminen concentrándose en el mismo hueco. El bareque tiene algo de experiencia, algo de paciencia y bastante de incertidumbre.
Ese día, en mi experiencia como barequera, no conocí el oro. Regresé sin haber recuperado siquiera lo invertido en el desplazamiento. Más tarde empezó a correr la noticia de que en La Rusia sí habían hecho grano. Las compraventas de Tadó, llenas de personas que llegaban con pequeñas cantidades de metal, parecían confirmar el rumor.
La esperanza de hacer un castellano
En Tadó el precio del oro todavía se conversa en castellanos, tomines y granos. Un castellano equivale a 4,6 gramos, a ocho tomines o a 24 granos, un sistema de medida que se mantiene en el Chocó y que convive cada vez más con las grameras digitales.
Una de las compradoras entrevistadas lo explica frente a la balanza. Durante la conversación toma una moneda nueva de $200 y la pone sobre la gramera para mostrar que su peso se acerca al de un castellano. No es una coincidencia menor, el Banco de la República establece que esa moneda pesa 4,61 gramos, prácticamente la misma medida que el castellano usado para el oro.

La comerciante dice que, para el momento de la entrevista, un castellano de oro común se estaba pagando en Tadó entre $1,4 y $1,5 millones; ese día su cálculo rondaba $1.496.000. Una semana antes, recuerda, había estado cerca de $1,6 millones. También explica que no todo el metal recibe el mismo precio: el peso, la calidad y el porcentaje de pureza modifican la cifra final.
La comerciante también insiste en una diferencia entre la balancina tradicional y la gramera. Según explica, la balanza antigua trabaja con castellanos, tomines y granos, mientras que la gramera permite registrar fracciones más pequeñas del peso. Para ella, esas milésimas son importantes porque pueden cambiar el valor final de lo que recibe el vendedor.
Tampoco existe un único precio obligatorio para todo el país. El mercado del oro en Colombia es libre y el Banco de la República es un comprador más. Por eso, la cotización internacional, el precio del dólar, la pureza, los márgenes del comprador y la dinámica de cada zona terminan reflejándose de maneras distintas en lo que se paga en Tadó.
El oro deja huellas rápidas cuando sube. Algunas familias han podido comprar materiales para mejorar sus casas, electrodomésticos o vehículos. Otras prefieren guardar el metal y esperar un mejor precio antes de vender. Pero la fiebre también altera el resto de la economía. Quien necesita un ayudante para una obra debe pagar más, quien tiene un oficio compara su ingreso seguro con la posibilidad de una buena lavada, y quien se va a la mina se ve obligado a reorganizar toda su vida.
No todo el que sale a barequear encuentra oro. Yo misma regresé de El Caliche sin mojar el mate. Esa es la otra cara de la historia, se puede invertir un día, pagar transporte, caminar durante horas y volver sin nada. Pero al día siguiente el rumor sobre otro corte puede ser suficiente para intentarlo de nuevo.




