Era domingo y los guardianes del manantial se habían reunido para cuidar, una vez más, ese lugar que sienten como un corazón que todavía late, aunque con debilidad. Mientras ellos recogían, limpiaban y revisaban los alrededores, apareció una muchacha forastera. Había llegado atraída por las imágenes luminosas que encontraba en las redes sociales: el agua cristalina, la vegetación y la promesa de un paisaje perfecto. Se acercó al manantial junto a su madre y, antes de entrar, le preguntó: «¿Dónde quieres que te tome la foto?».
Buscó con la mirada el lugar preciso para esa fotografía que tanto había esperado. Pero, al verlo con sus propios ojos, comprobó que la realidad era otra: el agua ya no brillaba como en las imágenes y la orilla mostraba las cicatrices dejadas por quienes habían pasado por allí. La ilusión se desvaneció. Desilusionada, dijo: «Ay, no, ya no quiero, porque esto está muy feo».
Sus palabras no eran exageradas. Eran el reflejo de lo que ocurre en el manantial. Mientras algunas redes sociales todavía lo muestran como un paraíso de aguas cristalinas y naturaleza intacta, quienes lo conocen de cerca hablan de un lugar herido que pide ayuda. «Yo les digo a los visitantes que vienen de otras partes que no se dejen engañar por lo que muestran las redes sociales, porque el manantial está en crisis. No necesita visitantes, necesita cuidados para que no se siga deteriorando», expresa una habitante.
Pero esas advertencias parecen chocar contra un muro. Al manantial siguen llegando influencers de distintas partes de Colombia que graban videos para mostrar cómo llegar, recorren las acequias y lo promocionan como si fuera un balneario. «Ni siquiera piden permiso; no toman conciencia de cómo está el manantial», dice, sorprendida, una joven protectora y miembro del Consejo Afro de Cañaverales.
Ante cada visita inesperada, la comunidad sale al encuentro. Los habitantes se convierten en un escudo humano que intenta hacer pedagogía, explicar las normas y sensibilizar a quienes llegan sobre los cuidados que este lugar necesita. Algunos escuchan y acatan las recomendaciones. Otros, en cambio, las ignoran y continúan entrando y haciendo aquello que está prohibido.
Lo que más desea la comunidad es que esos influencers usen sus plataformas para despertar conciencia, no para atraer más visitantes. Que en lugar de promocionar el manantial como un destino turístico, cuenten que está en proceso de recuperación y adviertan que no es un lugar para bañarse ni para el entretenimiento masivo. Para los habitantes, sería una manera valiosa de ayudar: usar el alcance de las redes para proteger y no para poner en riesgo este lugar.
El manantial bajo presión
La comunidad de Cañaverales ha sido testigo de los cambios que ha sufrido el manantial. Hace 15 o 20 años, la vegetación que lo rodeaba era tan espesa que ni siquiera dejaba pasar un rayo de sol. A las dos o tres de la tarde, recuerda Aliris, secretaria y coordinadora de la Fundación Guardianes del Manantial (Fuguama), allí parecía de noche. Hoy, en cambio, el paisaje es otro: los árboles escasean y el manantial ha quedado expuesto, sin aquella sombra que alguna vez lo protegió.
Son pocas las redes que muestran esa otra realidad. La mayoría exhibe el manantial con sus aguas cristalinas y aparentemente puras, una imagen que despierta la curiosidad y el deseo de conocerlo. Pero esa promoción ha tenido un costo: las visitas masivas han causado un daño que hoy parece difícil de reparar.
Pero no solamente las actividades humanas han impactado en la transformación del entorno natural del Manantial. El pasado 16 de septiembre ocurrió un vendaval muy fuerte, ocasionando la caída de varios árboles primarios que forman parte de la vegetación original y más antigua del ecosistema. Como consecuencia de ese vendaval y del deterioro que ya existía , el Manantial perdió esa cobertura forestal que antes lo protegía.
El ruido y las visitas inesperadas también ahuyentan a la fauna. Cuando los animales sienten que su hábitat está siendo invadido, sencillamente se retiran. A esto se suma el turismo descontrolado y los paseos de olla, que afectan la biodiversidad del manantial. Encender fogones cerca de las raíces de los árboles debilita su estructura y puede provocar su caída. El tránsito constante de personas también erosiona la tierra, especialmente alrededor del pozo, donde los visitantes se bañan buscando en sus aguas una sensación de tranquilidad, paz y frescura.
Tal vez es una experiencia única, pero poco a poco lo han ido destruyendo. Tiempos atrás, el Manantial aproximadamente tenía 2 m de ancho y actualmente está entre 7 y 10 metros. Así lo recordaba Yolgica Gámez, una lideresa que fue protectora del Manantial y falleció días después de la entrevista, dejando un legado a su comunidad de amor y cuidados del Manantial. Gámez explicaba que el agua, al chocar con las paredes del suelo, genera una fuerte erosión que debilita el terreno; como consecuencia, los árboles que están a la orilla se han ido cayendo y el pozo se va ensanchando.
El ingeniero ambiental Jorge Castilla, de la Alcaldía Municipal, explica que por tratarse de una fuente destinada al consumo de la comunidad, deberían restringirse actividades como el baño y la recreación activa. En su lugar, recomienda priorizar usos de muy bajo impacto, como la observación de aves. Según Castilla, el uso recreativo constante ha influido en el deterioro de la vegetación y en el debilitamiento de las condiciones naturales del ecosistema. A su parecer, esta vulnerabilidad pudo haber hecho que el manantial estuviera menos preparado para soportar los efectos del vendaval que afectó la zona.
Otra de las preocupaciones de la comunidad son los dueños de las fincas que permiten que sus animales se acerquen al manantial para beber agua. El ganado pisa y se come los renuevos de los árboles, dificultando la recuperación de la vegetación. En una ocasión, una vaca se acercó a beber y cayó al manantial. Sacarla fue una tarea complicada y, pese a los esfuerzos, el animal murió.
Aunque existen otras alternativas cercanas y seguras para bañarse, los turistas insisten en ingresar al manantial a cualquier hora. Para hacerlo, destruyen los cercados de alambre y los portillos que la comunidad instala una y otra vez para protegerlo. Frente a estas presiones, los habitantes se han unido para salvaguardar este ecosistema, del que depende buena parte de su vida cotidiana. «Lo que nosotros queremos es que el manantial se conserve, porque si el manantial se seca, ¿qué vamos a hacer? Dependemos totalmente de él para cultivar y para nuestro uso doméstico», dice una habitante.
La resistencia del cauce

En sus recorridos por las reservas de Cañaverales, Luz Mila Pinto comenzó a notar que algunos árboles se estaban secando. Le inquietaba pensar que no volverían a crecer y que, con ellos, también podía perderse parte de la vegetación que protege el manantial. Por eso empezó a recolectar semillas de especies nativas, como el guáimaro, para crear viveros en los patios de las comunidades y en el propio manantial.
La reforestación, explica, es fundamental para proteger la vegetación primaria y contribuir a la conservación del agua. Esas preocupaciones y su deseo de cuidar el territorio la llevaron a convertirse en representante legal de la Fundación Guardianes del Manantial (Fuguama), una organización comunitaria integrada por 14 personas que trabaja para proteger este ecosistema.
«Nuestra principal labor es conservar y preservar el manantial. Periódicamente realizamos actividades de sensibilización ambiental. Y quiero aclarar algo: el manantial no es un sitio turístico. Es una reserva forestal protectora, declarada desde 2012 por Corpoguajira», afirma Aliris Oñate Pinto, secretaria y coordinadora de la Fundación Guardianes del Manantial.
Aunque los guardianes cuentan con una resolución de Corpoguajira que prohíbe actividades dañinas en el manantial, su margen de acción es limitado. No tienen autoridad legal para sancionar ni detener a quienes incumplen las normas. Su principal herramienta es la organización comunitaria y la denuncia, mientras que hacer cumplir las prohibiciones corresponde a las instituciones estatales y a la fuerza pública.
Por eso, los Guardianes han unido fuerzas con el Consejo Afrodescendiente para realizar jornadas de reforestación. Corpoguajira también ha impulsado proyectos similares, pero reconoce que los resultados no han sido los esperados: sembrar un árbol no basta. Hace falta mantenerlo y acompañarlo hasta que pueda crecer fuerte. Ese trabajo se dificulta cuando algunos visitantes arrancan las plantas recién sembradas o incluso se llevan los avisos que prohíben el ingreso y ciertas actividades en el manantial.
Una de las mayores preocupaciones de la comunidad es la pérdida de árboles nativos como el carreto y el guáimaro. Este último es especialmente importante para la reserva, pues sus frutos alimentan a aves y al mono aullador, una especie abundante en la zona. Guacamayas, tucanes y una gran variedad de pájaros también encuentran refugio allí y convierten el manantial en un santuario natural. Por eso, entre los proyectos a futuro está impulsar un ecoturismo de bajo impacto, enfocado en el avistamiento de aves y fauna, pero solo cuando el ecosistema haya logrado recuperarse.
Sin embargo, a pesar de la fragilidad del manantial, su belleza todavía puede apreciarse en las primeras horas de la mañana. Una vez al mes, los Guardianes recorren la reserva como parte de un convenio de compensación con Corpoguajira. Durante estas jornadas cuentan aves, registran árboles en veda y especies en riesgo, y elaboran informes sobre lo que encuentran. En uno de esos recorridos identificaron el ojetemono, un árbol medicinal protegido cuya corteza es extraída por personas que la utilizan para tratamientos de salud. Esta práctica pone en riesgo la supervivencia de una especie que también hace parte de la riqueza natural de la reserva.
La batalla no es solo contra la falta de conciencia de algunos visitantes, sino también contra el cambio climático. El fenómeno de El Niño ha golpeado con fuerza, reduciendo los niveles de agua. Sin embargo, gracias al manantial, la comunidad cuenta con agua los 365 días del año.
Por eso, los Guardianes se esfuerzan por protegerlo de los peligros que lo acechan. Para la comunidad, el manantial es la fuente de vida del territorio. «Nosotros consideramos al manantial como si fuera el corazón de nuestro territorio, ya que sus aguas se distribuyen a través de nueve acequias que irrigan aproximadamente 2.000 hectáreas», dice una integrante del Consejo Comunitario Afro. La defensa de estas aguas, explica, no comenzó con la creación formal de la organización: es un proceso histórico y ancestral que los habitantes de Cañaverales han sostenido durante generaciones.
Generaciones pasadas —padres, abuelos y bisabuelos— se opusieron firmemente a los propietarios de fincas que intentaron apropiarse del manantial e ingresar maquinaria pesada, como retroexcavadoras, para construir carreteras y convertir el lugar en una zona turística. La respuesta de la comunidad fue contundente: «No, esto no va a ser un lugar turístico».
Cada vez que la comunidad lo ha necesitado, el manantial también ha respondido. Sus aguas han servido incluso en los momentos más difíciles, como cuando pequeños incendios se propagan por los cerros cercanos a la reserva y los habitantes forman una cadena humana para llevar agua hasta donde sea necesaria. En ese entonces, San Juan del Cesar no contaba con un cuerpo de bomberos y fue la misma comunidad la que gestionó la llegada del primer carro de bomberos, después de que el Consejo Comunitario exigiera su apoyo a la empresa MPX.
Las acciones de la comunidad no se han limitado al cuidado del manantial ni a la siembra de árboles. También han defendido la Reserva Forestal Protectora de Cañaverales frente a otras amenazas, como un proyecto minero que pretendía instalarse en el territorio. Contra viento y marea, los habitantes se enfrentaron a la empresa responsable y lograron que la licencia ambiental fuera negada, evitando que la minería llegara a la reserva.
El agua que sostiene la vida
La comunidad de cañaverales depende en un 100% del agua del manantial para que funcione su acueducto, la pérdida o la disminución de ese recurso no solo encarecería el costo de vida sino que obligaría a los habitantes a comprar agua, es por eso que el acueducto actual es insuficiente para una población que se ha multiplicado.
Esta situación revela un problema mas profundo: la fragilidad del sistema de distribución de agua, la cual necesita una planta de tratamiento, el agua desciende por gravedad a través de acequias desde el punto de captación, además el 60% de la tubería subterránea es de asbesto - cemento un material prohibido por sus riesgos cancerígenos, también los árboles obstruyen constantemente las tuberías, esto obliga a los habitantes a realizar esfuerzos físicos, y económicos para bombear el agua con moto bombas, y evitar el desabastecimiento.
Existe una posible solución; esta no se ha hecho visible. Consonante documento que los estudios para mejorar el acueducto y alcantarillado habían sido contratados y entregados, pero la ejecución de la obra no tiene claridad, .“Se sabe que está el proyecto, pero en ciencia cierta no se sabe ni para cuándo ni en qué momento puede llegar”, dice Oñate.
Aunque el agua del manantial no es potable, sus habitantes la consideran segura porque hasta ahora no han sufrido enfermedades relacionadas con su consumo. Para ellos, el manantial es bendito: durante la pandemia fue su refugio; les dio seguridad alimentaria en medio de un comercio paralizado. Personas llegaban desde San Juan buscando yuca, papa y otros cultivos que la comunidad podía sembrar gracias al agua constante. ‘Somos bendecidos con el manantial y por eso lo amamos y lo adoramos’, expresan. Pero también reconocen que el manantial está agonizando: es su corazón, el que irriga la sangre del territorio a través de las acequias, permitiendo producir el alimento que sostiene la vida.
Fauna que regresa al reposo
Una estudiante de biología realizó una práctica especial que aún no ha finalizado en la reserva del manantial de Cañaverales. Sumergida en la contemplación del entorno, buscaba con paciencia aquella fauna esquiva que suele ocultarse en el hábitat. Todo estaba en silencio, sin visitantes cerca, cuando de pronto apareció un venado. ‘Nunca había visto un venado’, expresó con sorpresa.
En ese mismo instante también observó iguanas y conejos, especies que hacía tiempo no se veían porque son objeto de caza, eso le permitió comprender que, cuando el manantial entra en reposo y no recibe visitantes, la fauna regresa y se multiplica. En cambio, cuando aumenta la presencia de gente y las visitas inesperadas, los animales desaparecen. “La mayoría de las especies del manantial son muy asustadizas: apenas llega una persona, enseguida se van”
Pudo evidenciar que la reserba tiene una gran biodiversidad albergando aproximadamente el 3% de las 1923 especies de aves registradas en Colombia además demuestra que el área funciona como un sitio de parada de alimentación crucial para aves migratorias durante la temporada de abril donde se celebra el Bird Day día de las aves en ese tiempo en que la diversas especies migratorias utilizan la reserva de cañaverales para alimentarse y reponer energías antes de continuar su viaje.
La estudiante de biología se deleitó al observar tantas aves hermosas que aún no están registradas en el plan de manejo, como la Setophaga fusca, un ave muy pequeña, junto con otras de la misma familia en gran cantidad. Durante su práctica evaluó el ecosistema en tres temporadas distintas —seca, de transición y de lluvias—, lo que permitió determinar que la presencia de la fauna es estacional. En la transición, por ejemplo, identificó una mayor abundancia de aves provenientes de otras regiones, registrando especies como el cardenal, que normalmente no llega hasta Cañaverales, pero que en esa época se aproxima a los cerros de la reserva.
Sin embargo, al regresar en temporada de vacaciones, la estudiante notó un cambio: ya no encontró la misma cantidad de aves que había visto en la época académica. La razón es que al manantial llega demasiada gente, y esa presencia ahuyenta a las especies. En ocasiones, las vacaciones coinciden con la temporada de semillas, pero aun así las aves no se acercan al pozo, pues el ruido y las visitas las mantienen alejadas.
Los datos recolectados a través del diseño estacional forman parte de una práctica académica apoyada por el Consejo Comunitario Afrodescendiente. Estas acciones son también una forma de aportar a la defensa del manantial: “el estudio permite identificar y conocer mejor el entorno en el que vivimos, y al mismo tiempo se convierte en un documento valioso para el futuro”. Cuando llegue el momento, estos registros servirán como respaldo para proteger nuestro territorio frente a las transnacionales que siguen llegando.
Entre la norma y la realidad
La comunidad considera que el Plan de Manejo de la Reserva Natural de Cañaverales presenta falencias importantes. Una de ellas es que la reserva se constituyó sobre predios privados, lo que dificulta aplicar las restricciones de conservación: el libre tránsito del ganado por el territorio protegido provoca que las vacas pisoteen y destruyan los brotes de plantas nuevas durante las temporadas de lluvia y semillas.
Otro aspecto que consideran crítico es que el plan no refleja con precisión la biodiversidad de la zona, pues registra menos especies de aves, murciélagos y árboles nativos de las que realmente habitan allí. Ejemplos de especies omitidas son el resbala-mono y variedades de guayacán. Además, se utilizan nombres comunes ajenos a la comunidad local.Por estas razones, los habitantes consideran que el plan está desactualizado. Esto les preocupa porque es la herramienta que rige el territorio: si no refleja la realidad, dificulta la ejecución correcta de proyectos de inversión, siembras y planificación ambiental.
Corpoguajira, por su parte indica que el plan de manejo de la reserva forestal protectora Manantial de cañaverales adoptado en el 2018 se encuentra vigente Y en ejecución, en cuanto a la actualización no se encuentra programada dentro del plan de acción institucional del 2024 - 2026. sin embargo reconoce que las dinámicas del territorio cambian y que en una eventual actualización se deberían considerar nuevos actores, conocimientos sobre biodiversidad, y la participación amplia de la comunidad incluso con consulta previa si corresponde.
También identifica como principales presiones ambientales sobre El manantial, la alteración de los cauces que se asocian a la compactación del suelo, y la deforestación, y el desgaste de las orillas que se relacionan con el pisoteo de animales y visitantes, como respuesta contempla acciones de restauración ecológica de la ronda hídrica y destaca el acompañamiento de los vigias ambientales para fortalecer el seguimiento, y promover buenas prácticas, la entidad también aclara que el uso recreativo del Manantial no está contemplado en la zonificación del área protegida y que el baño Está prohibido.
Sobre el control de visitantes, destaca la participación de la comunidad, Vigías Ambientales, Alcaldía y Policía, y reconoce la necesidad de fortalecer el acompañamiento, especialmente en temporadas de mayor afluencia. La comunidad, por su parte, considera que estos controles deberían realizarse con mayor frecuencia y que los comparendos no han sido suficientes para evitar algunas conductas.

Ante esta situación, la comunidad expresa su disposición para trabajar en conjunto con Corpoguajira y desarrollar acciones que beneficien tanto al Manantial como a sus habitantes. Sin embargo, sus esfuerzos se enfrentan a una realidad compleja: durante las vacaciones aumenta la llegada de visitantes al lugar. Para los líderes comunitarios, este incremento representa una dificultad adicional para las labores de protección y vigilancia.
Desde la administración municipal, el enlace de Turismo señala que existe comunicación con hoteles y operadores turísticos, aunque estos, debido a su autonomía, no reportan la totalidad de sus actividades y recorridos a la entidad. Señala que la alcaldía ha optado por no promocionar el lugar ni establecer unilateralmente una ruta turística, y plantea que cualquier iniciativa futura deberá construirse de manera concertada con la comunidad, que tendría un papel central en la gestión del destino.
Esta situación genera desgaste entre los líderes locales, quienes asumen de manera voluntaria parte de las tareas de protección. Los Vigías Ambientales dedican jornadas completas a la pedagogía, la sensibilización y la limpieza del entorno, sacrificando sus actividades productivas entre dos y cuatro días al mes. Ese compromiso también representa un esfuerzo económico: cuidar el Manantial no les genera ingresos, sino gastos.
Por ello, la comunidad propone optimizar los recursos existentes para financiar un esquema de vigías locales. La idea es que estos guardianes reciban un incentivo económico básico —no un salario formal, sino una colaboración aproximada de $200.000 mensuales— para fortalecer la vigilancia, orientar a los visitantes y prevenir el ingreso descontrolado de turistas.
"Siguimos manteniendo firmes en defensa del territorio en defensa y manantial y sobre todo que vamos a ayudar al Manantial en esta crisis que se encuentra porque él nos ha aportado muchísimo a nosotros más de 200 años y ahora nosotros tenemos esa responsabilidad moral espiritual en todos los sentidos de aportarle a él en su defensa".
La comunidad hace un llamado a la colaboración a aquellas personas que en el pasado, a través de sus redes sociales, expusieron su lucha contra las mineras. Hoy necesitan que esas mismas voces se unan para difundir un mensaje de conservación: el manantial requiere recuperarse y, por el momento, no debe ser visitado. Solo así podremos darle el respiro que necesita para volver a florecer.




