Hace más de 20 años, Quinturibe Ahue, pescador de la etnia tikuna, realizaba una de sus faenas habituales en el río Amazonas, cerca de los lagos de Tarapoto, cuando otro pescador se acercó para avisarle que un grupo de biólogos recién llegado a la región lo estaba buscando. Intrigado, Quinturibe terminó su jornada y se encaminó hacia Puerto Nariño para conocerlos.
Allí comenzó a trabajar con ellos: recolectaba peces, ayudaba a identificarlos y aprendía a reconocer sus características. Lo que empezó como un encuentro casual terminaría convirtiéndose en una relación de más de dos décadas dedicada a la investigación de los peces de la Amazonía.
Durante dos años, Quinturibe formó parte de las primeras acciones de la Fundación Omacha, un espacio de investigación dedicado al monitoreo y la conservación de manatíes, delfines, nutrias y otros organismos acuáticos. En ese proceso, el equipo notó un fenómeno preocupante: las poblaciones de peces disminuían y los ejemplares reducían progresivamente su tamaño.
Inquieto por estos hallazgos, Quinturibe reflexionaba: ¿Qué está pasando? ¿Cómo le contamos a nuestra gente lo que les sucede a nuestros ríos? Fue entonces cuando Sara Kendall, geógrafa inglesa radicada en el territorio, le propuso unir fuerzas junto a Diana Luz Orozco, una ecóloga caleña que había llegado a Puerto Nariño a realizar su trabajo de grado sobre manatíes. Diana planteó una interrogante decisiva: una vez terminadas las investigaciones científicas, ¿en manos de quién quedaría la conservación de estas especies?
Con esa inquietud en mente, el equipo fijó la mirada en el futuro. Si bien se estaban logrando acuerdos con los pescadores adultos, surgía una pregunta inevitable: ¿qué pasaría con las nuevas generaciones?
“Ahí surgió la idea de trabajar de manera simultánea en dos campos”, recuerda Diana Luz Orozco, ecóloga y cofundadora de la iniciativa. “Por un lado, con los pescadores como investigadores: personas que pudieran estar en el río haciendo monitoreos, haciendo presencia constante y manteniendo un diálogo vivo con la comunidad para enraizar una conservación hecha por y para el territorio”.
Por otro lado, estaba el trabajo con los niños y jóvenes. El equipo notó que, aunque asistían a la escuela, no aprendían junto a sus padres y abuelos el amor por la tierra ni el vínculo tradicional con el entorno. Al ser una población vulnerable, se exponía a economías extractivistas que ofrecían recursos inmediatos en contra de la naturaleza.
Para responder a este desafío nació ‘Selvando’, un proyecto centrado en talleres que vinculaban la música, el teatro, la pintura y la ecología. La propuesta buscaba ofrecer a los jóvenes una alternativa de vida en un entorno influenciado por la tecnología, articulando la cosmovisión heredada de sus ancestros a través de la palabra con los conocimientos académicos impartidos en las aulas.
Hacia el año 2003, durante una reunión para planear el futuro del proyecto, Ahue sugirió una idea clave: “Sería interesante construir un ecosistema acuático artificial para que los niños puedan entender de primera mano las dinámicas del río, cómo cambian las cosas en época de aguas altas o bajas y la diversidad de organismos que habitan allí”.
Fue así como en 2005 nació el Centro de Interpretación Ambiental, un espacio construido a partir de los saberes locales y con el acompañamiento de los mayores. El nombre que adoptaría la iniciativa, Natütama, significa en lengua tikuna “al fondo, debajo del agua”, una expresión que remite a ese mundo que permanece oculto bajo la superficie del río y que la fundación busca conocer, cuidar y enseñar a proteger. Marelvi Laureano, persona de apoyo de la Fundación Natütama, lo describe así:
“Es el espacio que nos convoca, nos une y nos retroalimenta. Allí no solo se muestra la vida en aguas altas y bajas, sino que también se comparte la investigación participativa de los pescadores y cazadores. Esa información se transforma en el lenguaje de los intérpretes ambientales y convierte el centro en una herramienta pedagógica para la comunidad”.
Gracias a este proceso, la fundación logró transformar a antiguos cazadores y pescadores en cuidadores. Hoy, este equipo realiza monitoreos con rigor científico para proteger al manatí (Trichechus inunguis), al delfín rosado (Inia geoffrensis), al tucuxi (Sotalia fluviatilis), al pirarucú (Arapaima gigas) y a diversas especies de tortugas como la cupiso (Podocnemis sextuberculata), la taricaya (Podocnemis unifilis) y la charapa (Podocnemis expansa).

De pescadores a cuidadores
Cuidar bajo el agua aquello que permanece oculto no es una tarea sencilla. “Se requiere paciencia y verdadero amor por lo que se hace”, señala Quinturibe. “El río siente y escucha. Por eso, cuando hacemos monitoreos debemos andar en calma, en silencio, dejándonos envolver por lo que el entorno nos dice. Sin prisa, porque la serenidad es indispensable para apreciar la naturaleza”.
“No se trata solo de contar individuos cada tres días. Hay que observar qué plantas, insectos y aves los rodean. Todo lo que está en su entorno forma parte de su vida y se debe registrar”, añade Ahue con una sonrisa.
El trabajo en equipo ha sido pilar fundamental en este proceso. Según explica Omar López, coordinador de la fundación Natutama, la labor se distribuye en tres grupos interconectados que persiguen un mismo propósito: concientizar y promover la protección de las diversas formas de vida de ríos y lagos.
Esta labor cobra vital importancia dado que el complejo de lagos de Tarapoto fue designado como Sitio Ramsar en 2018 por el Ministerio de Ambiente, reconociendo su valor biológico y cultural. Este sistema de 30 lagos alberga más de 883 especies de plantas, 244 de aves, 176 de peces, 30 de reptiles, 201 de mamíferos y 57 de anfibios, siendo refugio de especies amenazadas como el manatí, el delfín de río y el caimán negro.
https://www.minambiente.gov.co/lagos-de-tarapoto-nuevo-humedal-ramsar-en-colombia
El corazón del monitoreo es el grupo Airuwe (palabra tikuna que significa manatí). Pescadores que en el pasado cazaban estas especies son hoy los encargados de rastrear las poblaciones de delfines, manatíes y pirarucús. “No medimos únicamente la cantidad de animales; observamos el entorno completo porque eso da una lectura real de la salud del ecosistema”, explica Diana.
Un segundo pilar es el grupo Selvando, conformado por jóvenes de entre 15 y 18 años del municipio. Su función es llevar los hallazgos de Airuwe a las aulas de clase, organizando talleres y proyectos, de la mano de los abuelos y abuelas, para que niños y niñas sigan escuchando a sus mayores, como también puedan empezar a apropiarse y entender la importancia de la protección de su entorno.
Por último, están los guías del Centro de Interpretación Ambiental. Allí reciben a la comunidad local y a turistas para mostrarles la recreación del bosque inundado construida por los pescadores, las dinámicas de formación de playas y material audiovisual participativo.
“El trabajo interdisciplinario,que une la memoria cultural de nuestros sabedores con el método científico, crea lazos profundos de pertenencia con el lugar que habitamos”, afirma Omar López.

Educación ambiental para la vida
La educación ha sido el eje transformador para mostrar la importancia del agua como fuente originaria de vida. Cada integrante de la fundación ha asumido una premisa fundamental: lo que no se comparte se olvida y se pierde.
Inspirada en la realidad de jóvenes graduados que no encontraban un rumbo claro —afectados por la pérdida de identidad cultural y la falta de acceso a la educación superior—, la dirección de la fundación decidió fortalecer la autoestima de la juventud a través de la pedagogía.
Para ello integraron principios de la pedagogía Waldorf, centrada en desarrollar las habilidades del individuo respetando sus ritmos de aprendizaje. “Contamos con la orientación de maestros Waldorf que nos ayudaron a estructurar nuestra propuesta de educación ambiental”, explica Diana Luz.
Al comienzo, el proceso tuvo sus dificultades. Los primeros egresados que llevaron los talleres de ecología a las escuelas enfrentaron desconfianza por parte de las directivas institucionales. Para superar estas barreras, los funcionarios de la fundación acompañaron a los jóvenes en las aulas hasta consolidar la credibilidad del proyecto.
Con el tiempo, la propuesta se adaptó a los cinco años de la educación primaria, logrando articularse formalmente con el área de Ciencias Naturales. Las temáticas se abordan a través de historias, cantos, danzas, pintura y tejidos, siempre guiadas por sabedores y pescadores.
Más adelante, el programa traspasó la zona urbana para llegar a comunidades a lo largo del río. Durante la pandemia de 2020, cuando las escuelas cerraron, se crearon grupos ecológicos en los barrios, lo que permitió explorar a fondo el territorio local. Aunque restricciones de presupuesto limitaron los desplazamientos, la estrategia generó la formación de educadores comunitarios propios en asentamientos como 12 de Octubre, San Juan del Soco, Naranjales y San Antonio (este último en territorio peruano), donde se ha impulsado la sustitución de la cacería por la educación y el turismo sostenible.
Uno de los momentos cumbres del año es la Semana Natutama, una celebración nacida originalmente como el festejo de cumpleaños por el rescate de un manatí. Hoy se ha transformado en un evento de varios días que moviliza a toda la comunidad alrededor de distintas temáticas ambientales y culturales.
“La semana Natutama nos motiva a investigar y dialogar con los abuelos. Genera conversaciones entre niños, jóvenes y adultos, renovando e incentivando que cada año la fundación siga siendo reconocida entre la comunidad y que la transmisión del conocimiento entre generaciones sea continua”, destaca Diana Luz.

El futuro del territorio
Pese a los avances en la sensibilización comunitaria, los desafíos persisten. La caza y la pesca furtiva continúan siendo una amenaza en la región, por lo que la meta sigue siendo involucrar a la totalidad de los habitantes en la defensa de la naturaleza.
“Esperamos haber sembrado un vínculo de respeto y amor por el territorio que les proporcione autonomía y dignidad para tomar decisiones a favor de la vida”, reflexiona Diana. “Como decía un abuelo: mientras mantengan viva la palabra de los mayores en la memoria de los jóvenes, la vida de las especies seguirá protegida”.
Natutama también se ha convertido en un referente internacional. Visitantes de diversos países acuden a Puerto Nariño para conocer el modelo y adaptarlo a las realidades de sus propias regiones. “Por eso, queremos y aspiramos a seguir siendo fuente de inspiración para la construcción de una conservación en defensa de la naturaleza”, menciona Diana.
El horizonte de la fundación apunta hacia el empalme generacional. Marelvi Laureano concluye: «Quienes estamos en la dirección compartimos nuestros conocimientos administrativos y técnicos porque creemos en este proyecto. Queremos que sean los jóvenes quienes lideren el futuro de la iniciativa, manteniendo el principio fundacional: un trabajo hecho por y para el territorio».



