—Antes no era un problema.
Lo dice un sabedor wayuu mientras señala el horizonte plano de la Guajira. El viento arrastra arena. También cabras. Las cabras aparecen en todas partes. Caminan entre los trupillos, se atraviesan en los caminos y observan.
—¿Qué no era un problema?
—Que una persona fuera diferente.
Entonces menciona a Sawaipiushi, la madre de la noche. Una abuela que es hombre y mujer al mismo tiempo. Después habla de Kerrali’a, el espíritu que cuida las salinas, los animales y los lugares sagrados sin pertenecer a ningún género específico.
Yo había llegado hasta allí porque quería entender una contradicción. En los últimos años, algunos líderes wayuu han rechazado públicamente la diversidad sexual en nombre de la tradición. Pero cada vez que preguntaba por los relatos antiguos aparecían personajes que parecían desafiar esa idea.
Los mitos tienen esa costumbre incómoda: sobreviven a las versiones oficiales. Mientras en muchas ciudades la discusión sobre género parece una batalla reciente, en algunos rincones de la Alta Guajira todavía circulan historias donde las fronteras entre hombre y mujer nunca fueron tan rígidas. Historias que los mayores aprendieron de otros mayores y que hoy conviven con iglesias, discursos conservadores y formas de pensar que llegaron después.
La historia oficial insiste en que el pueblo wayuu siempre fue binario. Los relatos que sobreviven en el desierto cuentan algo distinto.
La memoria de los espíritus wayuu sobrevive en las voces de su gente. Viaja con el viento y cruza las fronteras del tiempo a través de los mitos, que pasan de abuelos a nietos como si cada generación recibiera la tarea de impedir el olvido. Muchas de esas historias nacieron en los sueños, cuando todos duermen y la noche envuelve el desierto. Para el pueblo Wayuu la oscuridad es un lugar de origen, un espacio que impone respeto porque recuerda el primer refugio de la existencia: el vientre de una mujer.
Quizá por eso la mujer ocupa el centro de la vida Wayuu. No solo sostiene la familia; sostiene el mundo. La pertenencia a un eiruku —la carne de la madre— se hereda por la línea materna. La identidad, el parentesco y la memoria también. Lo femenino no es únicamente una forma de organizar la sociedad, sino el principio que da origen a la vida y la fuerza que mantiene unido el territorio.
Todo comienza con el eiruku. La carne de la madre. Antes que el apellido del padre, antes que el linaje, antes incluso que el territorio, está ella.
Rafael Mercado Epiayú, escritor y poeta wayuu, dice que esa no es solo una forma de organizar la sociedad. Es una manera de entender el universo. En la ley de origen, todo nace de Sawai-Piushi, la Noche. La madre más antigua. Un ser que desafía cualquier clasificación sencilla porque es, al mismo tiempo, abuela y abuelo. Mujer y hombre. Oscuridad y comienzo.
La primera historia del pueblo Wayuu no habla de una frontera entre los géneros. Habla, más bien, de un origen donde ambos conviven en un mismo cuerpo.En los relatos antiguos, tener una doble naturaleza nunca fue una anomalía. Era una forma de existir. Rafael Mercado Epiayú dice que basta mirar con atención el mundo para encontrar esa enseñanza. Una semilla, cuando germina, lleva en sí misma ambos principios de la vida. El sol también cambia. Nace hombre y, cuando alcanza el mediodía y despliega toda su fuerza, se vuelve mujer. Como Sawai-Piushi, la Gran Abuela que también es abuelo. La naturaleza no separa con la rigidez con la que a veces lo hacen las personas. En la ley de origen Wayuu, la dualidad no rompe el equilibrio. Lo hace posible.

Kerrali’a: el espíritu que guarda la dualidad
En una ranchería cerca de Riohacha, Yuli Fuenmayor recuerda cómo escuchaba a su abuelo hablar de Kerrali’a, el espíritu sin género que nació del mar. Decía que huía del calor del desierto y solo salía por las noches. Que podía tomar la forma de un hombre, de una mujer, de una bola de luz o transformarse en la iguana negra que se asolea sobre los riscos frente al mar embravecido de la Alta Guajira. También que protegía las salinas y los lugares sagrados.
Su abuelo contaba la historia en wayuunaiki. Lo hacía despacio, con cuidado, como quien desenrolla un papel antiguo y delicado para que no se rompa. Ahora Yuli se la cuenta a sus hijas e hijos. Aunque ya no vive en su territorio de origen, conserva la costumbre de narrarla. Hay historias que solo sobreviven porque alguien decide seguir pronunciándolas.
Kerrali’a es quizá la historia más conocida entre los Wayuu, aunque ha cambiado con el tiempo. Cada familia parece contarla de una manera distinta. Lo único que permanece es su naturaleza: un espíritu sin género definido que custodia las sabanas, las zonas llanas, las salinas y los lugares sagrados. También castiga la maldad de los hombres.
Quienes recorren los caminos de la Alta Guajira durante la noche dicen haberse encontrado con una luz intensa que los sigue a la distancia, parecida a los faros de un vehículo. Los relatos cuentan que, poco a poco, esa luz se contrae hasta convertirse en una iguana de piel oscura que permanece inmóvil sobre los riscos de Punta Soldado.
Si un viajero invade un sitio sagrado durante la noche, Kerrali’a puede aparecer de muchas formas. A veces es el viento. Otras, una bola de luz que parece seguirlo desde la distancia. También puede convertirse en una mujer, en un hombre alto con cola de iguana o en cualquier otra presencia capaz de recordarle que ese territorio no le pertenece.
Quizá por eso su historia ha sobrevivido durante siglos. Kerrali’a no solo protege las salinas, las sabanas y los lugares sagrados. También conserva la memoria de un mundo donde los espíritus no necesitan elegir entre ser hombre o mujer para existir.
Según el sabedor Roberto Iguarán, Kerrali’a puede enamorarse de un hombre o de una mujer. Cuando eso ocurre, el espíritu intenta habitar su cuerpo. No todas las personas resisten esa presencia. Los relatos cuentan que algunas enferman hasta morir. Otras sobreviven y, desde entonces, pueden transformar su orientación sexual.
Lejos de entenderse como un castigo, Roberto dice que esa convivencia con otro espíritu puede convertirse en un don.
—Es un don porque no todos tenemos esa virtud o esa capacidad de convivir con más espíritus en nuestros cuerpos. Si hablamos bien, el espíritu le traerá conocimientos y hasta sueños. Pero también le puede traer males.
Javier Aguilar, autoridad tradicional en una zona de Bahía Honda, dice que vincular a Kerrali’a con la diversidad sexual es más una lectura reciente que una enseñanza del mito. Para él, el espíritu es sobre todo un justiciero de los animales y de los lugares sagrados.
Cuenta que, en algunas versiones, Kerrali’a castiga a quienes atropellan iguanas en el camino. Incluso existe una historia sobre un hombre cuya esposa maltrataba a estos animales y le negaba el agua del jagüey cercano a su casa. En ese relato, el espíritu interviene. Aguilar insiste en que, más allá de las interpretaciones modernas, Kerrali’a también funciona como advertencia: atropellar una iguana puede traer mala suerte.
La historia de Javier Aguilar se parece a la de Modesto Uriana en un punto: Kerrali’a no es solo un espíritu protector, sino también una presencia peligrosa. Encontrarse con él en la noche puede implicar un riesgo físico severo. Algunos dicen que su energía es tan fuerte que provoca enfermedades, como la inflamación extrema del vientre, males que solo una outsü —la médica espiritual— puede sanar.
Para Modesto, Kerrali’a actúa como un castigador de agresores sexuales. En algunas versiones, el espíritu se transforma en una majayút, una joven, para engañar y atraer al agresor.
Una de las historias que se cuentan en la zona narra el caso de un hombre que, tras abusar de varias mujeres, fue alcanzado por el espíritu. Después del encuentro, enfermó gravemente y, durante los rituales de curación, expulsaba pequeños reptiles de su cuerpo como forma de castigo.
En los caminos nocturnos, algunos viajeros llevan chirrinchi consigo. Dicen que el olor del alcohol tradicional indica al espíritu que no se trata de una mala persona, y así garantiza un paso seguro por la penumbra.
El estigma se metió a la ranchería
En la actualidad, lo que algunos investigadores y organizaciones como la Corporación Caribe Afirmativo llaman aculturación, los sabedores lo nombran de otra forma: erosión.
Dicen que la convivencia con lo alijuna —lo que no es indígena— fue introduciendo en el territorio un código moral que no estaba en la ley de origen. Con ese código llegó también el estigma.
Pero en medio de ese desplazamiento, algo permanece intacto: la sangre de la madre. El e’irukuu. La pertenencia al clan materno es una frontera que no se rompe.
No importa lo que haga una persona, a quién ame o cómo se nombre. Sigue perteneciendo al linaje de su madre. Esa es la forma en que el sistema se protege, incluso cuando todo lo demás cambia.
Ese principio funciona como una especie de escudo dentro de la estructura del e’irukuu. En algunos conflictos intercomunales, los sabedores explican que atentar contra la vida de una persona diversa puede ser visto como un acto que compromete al linaje completo, porque se cree que esa persona está atravesada por una fuerza espiritual que no se puede tocar sin consecuencias.
En ese mismo marco de creencias, si alguien diverso asume roles domésticos, su muerte puede ser interpretada simbólicamente como la de una mujer. Y en la lógica del parentesco Wayuu, la violencia contra una mujer no se queda en el individuo: se expande hacia el conflicto entre clanes.
Algunas familias van más allá. Llaman Lania —amuleto o contra sagrada— a la diversidad. La entienden como una cualidad espiritual excepcional, algo que no cualquier linaje tiene la capacidad de engendrar. No es un error. Es un don.
Pero esa lectura no ha permanecido intacta. Con el paso del tiempo, el escudo empezó a agrietarse. El choque entre el mandato ancestral y los prejuicios que llegaron desde afuera dejó marcas dentro de las familias.
Organizaciones como Caribe Afirmativo han documentado cómo, en ese cruce de mundos, se fue instalando la idea de que las identidades de género diversas debían ser rechazadas. Una presión silenciosa que no siempre llegó como discurso abierto, sino como algo que terminó entrando en las casas.
“Mi mamá se burla de mis cosas, dice que estoy loca. Ella no le gusta mucho como soy, ella es cristiana y siempre anda con el cuento de que Dios me va a castigar”, dice Yessica Mengual con una mezcla de cansancio y decepción.
Cuenta que el rechazo en su familia se intensificó cuando decidió vivir abiertamente su sexualidad. Es bisexual, y esa decisión, dice, desató un escándalo dentro de su comunidad. Con el tiempo, sintió que el estigma se volvió insoportable y terminó abandonando su pueblo. Su madre, marcada por su fe cristiana, interpreta su identidad como algo que merece castigo divino. Yessica, en cambio, habla de una ruptura que no fue solo familiar, sino también territorial: la necesidad de irse para poder existir.
El colectivo Wanejana Waya (Somos Diferente), con sede en el municipio de Uribia, ha documentado casos de violencia y discriminación contra personas de la diversidad sexual en la región, incluyendo agresiones físicas e intentos de homicidio.
Uno de esos casos es el de Yuvana, una mujer trans wayuu que relata haber sido agredida por su propio hermano.
“Él llegó y yo estaba durmiendo. No sabía que él iba a hacer eso. Cuando siento que me están ahorcando, era él. Y casualmente mi hermana me defendió, ella vio que él me estaba ahorcando. Esa fue la discriminación más grande que yo he recibido de mi hermano, mi propia familia”, cuenta.
El colectivo ha registrado múltiples casos de violencia y discriminación contra personas wayuu diversas. Hablan de una doble exclusión: el racismo de la sociedad alijuna y el estigma dentro de algunas comunidades, que en muchos casos termina convirtiéndose en vergüenza étnica. Algunos llegan incluso a ocultar su identidad indígena para intentar sobrevivir en un entorno que los rechaza desde ambos lados.
El sabedor Roberto Iguarán dice que, ante este escenario, es necesario volver al origen, aunque reconoce que no es una tarea sencilla. En su lectura, la expansión de los valores de la sociedad mayoritaria ha ido desplazando ciertas prácticas y relatos propios, mientras otros han quedado en silencio.
El retorno
Francisco Zuleta ejerce como autoridad tradicional en su comunidad en Siapana, Uribia. Es un hombre gay, pero su legitimidad no se sostiene en el ocultamiento, sino en su conocimiento de los valores ancestrales y en su papel dentro del clan. “La sangre prevalece ante el prejuicio. El tejido se está cosiendo de nuevo”, dice. Su historia fue documentada por Narlis Peralta Epinayú en su tesis de grado en Sociología, Lania Asina’a: Diversidades Sexuales e Identidades de Género en la Comunidad Ancestral Wayuu, presentada en la Universidad Externado de Colombia en 2025.
Los documentos de la comunidad insisten en que la sanación pasa por revalorar la ley de origen. Recordar que, en la raíz del pensamiento Wayuu, la diversidad tenía un lugar y un sentido propio.
Hoy, sin embargo, algunas categorías parecen no tener traducción directa. La idea de “anormal”, por ejemplo, no encaja del mismo modo en el lenguaje cotidiano, donde existen otras formas de nombrar lo que se sale de lo habitual: alejeinchi, persona de doble naturaleza, o expresiones como Ayuilesia / Analalesia nain, que aluden a quienes cruzan los límites de lo convencional dentro de la ranchería y, en ocasiones, se relacionan con la presencia de espíritus que comparten su condición.
Para el sabedor Roberto Iguarán, lo masculino y lo femenino han estado juntos desde el origen de la vida. No como oposición, sino como coexistencia. Recuerda que los mayores en Manaure solían explicar estas ideas mirando el mundo animal. Decían que en el cuerpo también quedaban rastros de esa mezcla primigenia. Que un niño o una niña que nacía con rasgos de ambos no estaba roto, sino atravesado por la misma fuerza con la que se forma la vida dentro del vientre materno.
Antes, dice Roberto, no había vergüenza en esas historias. La vergüenza llegó después, con discursos que no venían del territorio. Iguarán señala que las ideas sobre la liberación femenina de los años setenta responden a una historia distinta, la del mundo occidental y cristiano, donde —dice— la mujer ha sido pensada desde la subordinación.
“Está bien que ellos hablen de su liberación, porque su origen es otro. Pero también sería bueno que se conozca el nuestro”, afirma.
Por eso insiste en que la cultura wayuu debe transmitir a las nuevas generaciones la diferencia entre ambos sistemas de pensamiento, para que no crezcan, en sus palabras, confundidos entre ser wayuu y ser católicos o cristianos.
Iguarán insiste en que, desde la ley de origen, la vida se entiende como algo que se cuida, se respeta y también se corrige dentro del propio sistema de normas del pueblo. Para él, la influencia de otras culturas ha traído nuevas formas de nombrar el mundo, pero también ha introducido, dice, una vergüenza que antes no existía.
“La mezcla de culturas ha traído faltas de respeto, y con ellas la vergüenza de ser lo que siempre fuimos. Nosotros no venimos de una costilla, venimos del vientre de una mujer. Ahí está nuestro origen, nuestra fuerza y lo que no debemos olvidar”, afirma.
En el sur de La Guajira, dicen algunos, las historias ya no se escuchan con la misma fuerza. Quedan en manos de los más viejos. En la Alta Guajira, en cambio, todavía circulan entre quienes recorren los caminos. Conductores y viajeros nocturnos cuentan haber visto una bola de luz sobre los lugares sagrados, una presencia que aparece y desaparece entre los riscos. Le dan un nombre: Kerrali’a, el espíritu que, según dicen, aún cuida las salinas, las iguanas y la penumbra del territorio.




