Ilustración: Eduardo Montoya
La Guajira San Juan del Cesar Reportajes

Los Wiwa: danzar para que el mundo no se rompa

Para la etnia Wiwa, las danzas ancestrales son plegarias en movimiento, hilos invisibles que sostienen el equilibrio del mundo. Pero ese tejido espiritual se ve amenazado: la anulación del decreto que protegía la línea negra —los sitios sagrados— ha dejado a sus guardianes en un estado de desvelo.
¿Cómo se hizo este trabajo?
Entrevisté a líderes y lideresas del pueblo Wiwa, también consulté investigaciones académicas sobre las tradiciones del pueblo Wiwa.

La Sierra Nevada de Santa Marta respira como un animal antiguo y allí el viento arrastra palabras que no todos entienden, los Wiwa, por ejemplo, se nombran a sí mismos con una palabra que arde: “caliente”. Es una forma de estar en el mundo. También les dicen Sanká, Arzarios, malayos, pero esas son palabras ajenas, nombres puestos desde afuera que no alcanzan a tocar lo que son.

Allí, en ese territorio donde conviven los pueblos Kogui, Arhuaco, Wiwa y Kankuamo —hermanos de origen y de destino—, las danzas son memoria en movimiento. Cada paso repite lo que fue dicho antes, lo que debe seguir diciéndose para que el mundo no se desordene. Los Kankuamos, que durante años fueron dados por desaparecidos en los papeles del siglo XX, hoy regresan también a través de esos gestos, acompañados por los Wiwa, en un proceso lento, terco, de reconstrucción.

En San Juan del Cesar, donde una parte importante del pueblo Wiwa ha echado raíces entre montañas y caminos de tierra, en las cuencas del río Ranchería, del Badillo y del Guatapurí, el territorio es un cuerpo vivo que respira con ellos. En Achintukua, uno de sus asentamientos más cercanos, el agua corre como si supiera algo. Y tal vez lo sabe. Porque es ahí, en esa intimidad —entre piedra, corriente y silencio— donde lo humano y lo divino no se separan, donde todavía es posible recordar sin palabras por qué seguir danzando.

Pero las danzas no flotan en el aire. No nacen ni sobreviven solas. Necesitan un territorio que las sostenga y un orden que las explique. Ese orden tiene un trazo invisible: la Línea Negra. No es una frontera en el sentido occidental, ni una línea que se pueda fijar en un mapa con precisión. Es, más bien, un tejido que rodea la Sierra Nevada de Santa Marta y se extiende hasta el mar Caribe, uniendo más de trescientos sitios sagrados donde el mundo —según los pueblos que lo habitan— fue pensado y sigue siendo cuidado.

Ahí, en esos puntos dispersos y a la vez conectados, se sostiene el equilibrio. Cada danza, cada canto, cada gesto ritual encuentra su sentido en esa red. Sin ella, el movimiento sería solo forma. Con ella, es memoria, mandato, continuidad. Porque lo que se baila no es solo lo que se ve: es también lo que no se puede nombrar sin romperlo.

Uno de los puntos donde ese tejido se tensa es el mar. Para los Wiwa no es un borde ni un paisaje: es un umbral. Hasta allí llega la Sierra y, al mismo tiempo, desde allí comienzan otras fuerzas. El Mamo —autoridad espiritual— lo dice sin rodeos, como quien nombra algo que no necesita explicación: “Para nosotros la Línea Negra es importante. Allí donde la Sierra Nevada se encuentra con el mar, realizamos ceremonias y trabajos espirituales. Sabemos que desde el mar pueden llegar enfermedades y catástrofes, y por eso hacemos allí nuestras ofrendas y rituales, para que esas anomalías no asciendan hasta la Sierra. Es en ese vínculo con el mar donde aseguramos la conexión necesaria para que la vida en la Sierra Nevada pueda sobrevivir.”

En esa idea hay una forma de entender el mundo: lo que ocurre lejos no está lejos, lo que se altera en un punto resuena en otro. El mar, entonces, no es solo agua. Es también un lugar de cuidado. Un espacio donde se contiene lo que podría desbordarse. Y así como las danzas ordenan el cuerpo, estos rituales buscan ordenar lo invisible. Porque si algo se rompe allí, en ese límite donde todo empieza y termina, lo que está en juego no es solo el equilibrio de la Sierra, sino la continuidad misma de la vida.

La conexión del pueblo Wiwa con sus sitios sagrados es tan profunda que cada uno recibe un nombre propio y en cada lugar se realiza un trabajo distinto, de acuerdo con su visión espiritual. Cuando alguno de estos espacios dentro de la Línea Negra es obstruido, la comunidad lo siente como una herida en su propio cuerpo: es como si les arrancaran el corazón. Para ellos, estos lugares son intocables, pues sostienen el equilibrio de la vida y la memoria ancestral.

Por eso, los pagamentos en el mar se realizan con disciplina y respeto, bajo restricciones como no consumir carne ni sal, en un proceso de intensa concentración que asegura la armonía y la supervivencia. Así, el trabajo espiritual que sostiene la Línea Negra se convierte en la defensa de la vida misma, y las danzas Wiwa, con sus melodías e instrumentos, son parte esencial de ese tejido sagrado.”  

Para alcanzar la armonía con la naturaleza y prevenir desastres, la comunidad Wiwa realiza rituales fundamentales llamados pagamentos. Bautizo, entrega del poporo, matrimonio y mortoria: cada ceremonia es un puente hacia el equilibrio, un pacto con lo sagrado. El propósito de estos pagamentos es redimir a la naturaleza, pues se reconoce que también ella puede desequilibrarse.  

Durante las ceremonias se recolectan semillas, frutos del mar y alimentos para los animales, que luego son ofrecidos como dones. Son ofrendas que devuelven a la tierra su fuerza, que restauran el orden espiritual y recuerdan que la vida depende de mantener viva esa alianza con el mundo natural.

Sobre este vínculo, el Mamo explica: “Para cuando la mujer lleva el feto dentro es algo muy sagrado. Lo que la mujer bota, eso sirve para poder hacer esas ofrendas. Por eso la placenta, el ombligo, el propósito negro, todo eso sirve para poder hacer ese trabajo, para que un fenómeno, los desastres, no se salga de control.”

Y cuando las ofrendas han sido entregadas, la danza comienza como un río que prolonga ese acto de intercambio. Los cuerpos en círculo se convierten en la voz de la tierra, girando hacia la derecha como lo hace el planeta en su movimiento eterno. Cada paso es un eco de las semillas, cada canto una prolongación del alimento ofrecido, y cada gesto imitando a los animales es un modo de devolverles su espíritu. Así, la danza se vuelve el lenguaje sagrado que enlaza lo material con lo espiritual, un pagamento vivo que sostiene la armonía entre el pueblo y el universo.

“Por eso cuando danzamos, mujer y hombre agarradito de la mano, siempre tiene… el círculo tiene que dar es a la derecha. ¿Sí? Eso hacemos. Porque nosotros también sabemos que la tierra está dando vuelta. Entonces, en la danza o en el canto tradicional, el que está tocando le canta a la tierra. Hay que dar ese círculo a la derecha”.

No es una indicación menor. No es un detalle coreográfico. Es una forma de acompañar el movimiento del mundo sin contrariarlo. Girar hacia la derecha no es solo girar: es alinearse. Es no interrumpir el orden.

En esas danzas —que parecen repetirse, pero no se repiten— los Wiwa hacen algo que no se ve a simple vista: devuelven. Devuelven a los animales que han comido a su origen, a la madre de la que provienen; devuelven al agua, al aire, al sol. Cada paso es una forma de compensar, de equilibrar una deuda que no se salda nunca, pero que tampoco puede ignorarse.

Porque para ellos la naturaleza no es un recurso: es una relación. Y toda relación implica reciprocidad. Si la tierra da, hay que devolver. Si sostiene, hay que sostenerla. La danza, entonces, no es celebración ni costumbre: es un acto de cuidado. Una práctica que mantiene abierto el intercambio entre lo humano y lo que lo rodea.

Dejar de hacerlo —dice la autoridad Wiwa— no sería solo dejar de danzar. Sería romper ese circuito invisible que hace posible la vida. Y cuando ese circuito se rompe, lo que sigue no es el silencio, sino la desaparición.

Esas citas con lo sagrado no obedecen a un calendario escrito ni a fechas que puedan señalarse en un almanaque. Siguen otro pulso. El del tiempo que se mide por ciclos, por meses, por momentos que se sienten más que se cuentan. Al cerrar el año, los Wiwa danzan para descargarse: dejan en los sitios sagrados —en esos puntos de la Línea Negra— el peso acumulado, lo que se adhiere al cuerpo y al espíritu con el paso de los días. Al comenzar, vuelven a danzar: no para celebrar, sino para disponerse, para recibir lo que llega. Y en otros momentos —agosto, noviembre, diciembre— el movimiento regresa, como si el año necesitara ser ajustado varias veces para no desbordarse.

Pero ese ir y venir hacia los lugares donde todo cobra sentido ya no es tan simple. No como antes. Hay caminos que se han ido cerrando, accesos que ya no están disponibles, silencios que ahora tienen interferencias. En la Sierra, subir dejó de ser un gesto cotidiano. “Uno antes subía sin problema”, dice el Mamo. “Hoy en día ya existen los grupos armados. Entonces, a veces nos dicen: por seguridad, no vayan, porque les puede pasar algo allá”.

Y abajo, donde el territorio se abre hacia otros mundos, la dificultad es otra: la imposibilidad de concentrarse, de sostener el recogimiento que exige el ritual. La presencia de otros —ajenos a ese orden— irrumpe, fragmenta, interrumpe.

Entonces las danzas persisten, pero lo hacen en tensión. Como si cada paso tuviera que abrirse camino entre obstáculos que no estaban ahí. Como si, además de sostener el equilibrio del mundo, tuvieran ahora que resistir para poder seguir existiendo.

Por eso, dicen, no basta con resistir en silencio. También hay que explicar. Nombrar lo que para ellos es evidente, pero para otros no. Al “hermanito menor” —así llaman a quienes no son indígenas— hay que enseñarle. No como quien impone, sino como quien advierte. “Por eso hay que seguir allí danzando, entregando, para poder sobrevivir. ¿Ya? O sea, porque ahora otra cosa: al hermanito menor también va a tocar que enseñarle”.

El Mamo, guardián de una palabra que no se escribe pero se transmite, recuerda que hubo un intento de traducir ese mundo. El Decreto 1500 nació —dice— para que el hermano menor aprendiera a consultar, a reconocer, a no irrumpir sin entender. Para que los sitios sagrados no fueran vistos como tierra disponible, sino como lugares que sostienen un orden más amplio. Pero algo falló. Faltó la explicación paciente, la pedagogía que no simplifica pero acompaña.

Y en ese vacío crecieron los malentendidos. El hermano menor creyó que le querían quitar lo suyo. Que había una disputa por la tierra.

Pero no era eso. Nunca fue eso.

Lo que había —lo que hay— es otra cosa: una coincidencia que no se ve a simple vista entre los caminos de la naturaleza y los espacios sagrados. Una red que no pertenece a nadie porque sostiene a todos. La intención no era apropiarse, sino revelar. Mostrar que esos lugares no son puntos aislados, sino parte de un equilibrio que, si se rompe, no distingue entre unos y otros.

Entenderlo —parecen decir— no es un acto de buena voluntad. Es una condición para seguir existiendo.

El decreto fue recibido como un gesto necesario. Abría, al menos en el papel, una posibilidad: que el hermano menor preguntara antes de intervenir, que escuchara antes de decidir, que entendiera que el territorio no es un espacio vacío sino un entramado vivo. Por un momento, pareció que ese diálogo —tantas veces ausente— podía comenzar a tomar forma.

Pero la inquietud no se disipa. Persiste como una sombra. Porque entender no es firmar un decreto. Y el hermanito menor, dicen, todavía no alcanza a dimensionar lo que está en juego. Existe el riesgo —latente, constante— de que entregue a otros lo que no le pertenece: que abra la puerta a las multinacionales, que permita la explotación de una tierra que para los Wiwa no es recurso sino origen.

La comunidad ha sido clara. No a las carreteras. No a las obras que cortan, que atraviesan, que fragmentan. Porque no se trata solo de cemento sobre la tierra: se trata de lo que se rompe cuando esa línea —la Línea Negra— es intervenida. Ese tejido, invisible para algunos, sostiene algo más que el paisaje. Sostiene el equilibrio.

Y cuando ese equilibrio se altera, no hay decreto que alcance para repararlo.

La lidereza que danza con la memoria

Fotografía: Yanexis Cerpa

La lideresa Wiwa escucha en silencio. No interrumpe. No pregunta. Las palabras del Mamo caen despacio, como si también necesitaran un lugar donde quedarse. Ella las guarda —en la cabeza, sí, pero sobre todo en el cuerpo—, como le enseñaron desde niña.

Creció así: bajo la guía de los mayores, siguiendo una ruta que no está escrita en ningún papel. El Mamo, la Saga, le fueron mostrando cómo se aprende sin prisa, cómo se recuerda sin olvidar. Lo que sabe no lo estudió: lo recibió. Y lo que recibió no le pertenece del todo; le fue confiado.

Por eso, cuando danza, no está sola. Danzan con ella quienes estuvieron antes, quienes dijeron esas mismas palabras, quienes hicieron esos mismos movimientos cuando el mundo era otro y, sin embargo, el mismo.

Ella sabe —lo sabe con una certeza que no necesita explicación— que la danza no es un gesto ni una escena. No es algo que se muestra. Es algo que se cumple. Un acto que responde a un mandato antiguo, a una responsabilidad que no eligió pero que le corresponde sostener.

Y en ese movimiento —preciso, contenido, repetido— hay algo más que memoria. Hay continuidad. Como si en cada paso se asegurara, otra vez, que lo que vino antes no se rompa.

Cuando la Madre lo pide, el camino no lo decide cualquiera. Lo conducen la Saga y el Mamo: ella, mujer mayor; él, hombre mayor. En la danza aparecen también otros cuerpos: el sol y la luna. El niño representa al sol; la niña, a la luna. Es una forma de recordar que todo está en relación, que nada se mueve solo.

Las Sagas —dicen— saben leer los tiempos. Saben cuándo la luna necesita ser atendida, cuándo el mundo requiere un ajuste. Por eso determinan cuándo y cómo se danza, a quién se le ofrece, qué se debe entregar. 

Y cuando llega el momento del pagamento, cuando la ofrenda va a ser entregada, el orden también importa. El Mamo y la Saga llegan juntos, pero es ella quien entra primero. La recibe la Madre Tierra. Su condición de mujer la acerca, la vuelve parte de ese mismo principio que da origen.

Es un vínculo que no se exhibe. Se parece más a la confianza entre un hijo y su madre: íntimo, contenido, silencioso.

Por eso, en estas prácticas, lo importante no es mostrarse. No hay lugar para el protagonismo. Hay que sostener el orden sin interrumpirlo. Mantener viva una relación que, si se rompe, no se recompone con palabras.

Arraigada en la raíz de sus creencias, la lideresa lo dice sin levantar la voz: entre los cuatro pueblos de la Sierra, el Wiwa es el más silencioso. El que menos se muestra. Hay cosas que no se exhiben porque se cuidan mejor en lo invisible. Su discreción es mandato. Es la forma en que resguardan una herencia que no les pertenece del todo, pero que les fue confiada.

En ese mundo, la mujer ocupa un lugar que no siempre se nombra desde afuera. Fue —dicen— bendecida con una fuerza espiritual particular. Una responsabilidad que la atraviesa. Mientras en otros pueblos la voz masculina suele ocupar el centro, aquí la Saga sostiene, orienta, marca los tiempos. Y, sin embargo, no camina sola. Junto al hombre, no detrás ni delante, teje ese equilibrio que hace posible la continuidad.

Pero hay una preocupación que se filtra, incluso en medio de ese orden antiguo. Una inquietud que no se dice en voz alta, pero está. Las danzas —esas que sostienen el mundo— también pueden debilitarse. Porque lo que se transmite no se aprende en libros: pasa de cuerpo en cuerpo, de palabra en palabra, de gesto en gesto. Depende de quienes enseñan: maestras, maestros, Sagas que no solo muestran cómo moverse, sino cómo escuchar. Cómo tocar la cumana, la trompa, la maleva. Cómo entender lo que esos sonidos dicen.

Y ese hilo, que parece firme, ha empezado a tensarse. La violencia, los desastres, las fracturas del territorio han ido dejando marcas. Interrupciones. Vacíos.

Entonces la pregunta no es solo cómo seguir danzando. Es si habrá quien reciba la danza. Porque cuando lo que está en juego es un saber que no se escribe, cualquier ruptura es más que una pérdida: es un silencio que puede volverse definitivo.

“Hubo un gran desequilibrio”, dice la lideresa y la frase cae con peso. “Porque los grupos armados y los grupos ilegales también tomaron el cuerpo de la niña y el cuerpo de la mujer… y específicamente niñas que se estaban formando para ser sabias, para ser Sagas. Muchas de ellas murieron. Entonces viene el temor de los padres y de las madres de seguir formando”.

Lo que se rompe ahí no es solo la vida de quienes faltan. Es el hilo que las unía con lo que debía continuar. Porque cada niña que se formaba no era solo una persona: era una posibilidad de futuro, una voz que iba a sostener el equilibrio cuando otras ya no estuvieran.

Ella recuerda una asamblea. No como un evento, sino como un momento que todavía duele. Allí estaban dos mayoras, guardianas de las danzas, que hoy ya no están. Una de ellas, María La Cruz, se puso de pie junto a su hermana y otras Sagas. No habló fuerte, pero habló claro. Frente al Ministerio de Cultura pidió reconstruir los Ichui: esos espacios donde se aprende lo que no puede perderse. Espacios que la violencia ha ido debilitando hasta dejarlos casi en ruinas.

Ese llamado —dice la lideresa— sigue ahí. No ha terminado de ser escuchado.

En 2024, con la partida de esas mayoras, algo más se fue con ellas. No solo sus voces: también varias danzas principales. Movimientos que ya no se repiten. Cantos que ya no encuentran quién los diga.

Y entonces el temor regresa como una certeza que se acerca: que el legado espiritual del pueblo Wiwa, ese que ha sobrevivido a todo, pueda empezar a diluirse en el silencio.

En esa misma reunión, entre palabras que buscaban no romperse, surgió una propuesta concreta: levantar espacios de formación en Achintukua. Lugares donde quienes fueron obligados a dejar su territorio pudieran volver —al menos en parte— a lo que eran. No como un regreso completo, porque eso ya no es posible, sino como un intento de recuperar lo que la violencia fue desgastando: las danzas, los cantos, los saberes que no admiten interrupciones largas sin empezar a desvanecerse.

Era, en el fondo, una forma de insistir en la continuidad. De decir: esto no puede acabarse aquí.

Pero la lideresa lo advierte sin rodeos: formar hoy no es lo mismo que antes. Los mayores siguen enseñando, sí. Pero lo hacen hacia adentro. Sin ruido. Casi en secreto. Como si el conocimiento, que antes se compartía en comunidad, tuviera ahora que esconderse para sobrevivir.

El miedo no es abstracto. Tiene rostro. Tiene historia. Temen que los grupos armados —todavía presentes en la Sierra— interpreten esas prácticas como otra cosa: como una amenaza, como un gesto de resistencia que deba ser contenido. Temen que la danza, que para ellos sostiene el mundo, sea leída como un acto de confrontación.

Y entonces enseñan así: con cuidado, con pausas, midiendo cada palabra, cada movimiento. Como si incluso la memoria tuviera que aprender a moverse en silencio para no desaparecer.

Ese temor termina por inmovilizar. Los mayores ya no caminan como antes, no suben, no bajan, no enseñan en voz alta. Se detienen. Advierten. Señalan los lugares donde no se puede ir. Donde ya no es seguro.

Y en ese límite, el conocimiento también se encoge. Lo que antes circulaba con naturalidad —de palabra en palabra, de cuerpo en cuerpo— ahora se vuelve frágil. Casi clandestino. Como si cada enseñanza tuviera que protegerse a sí misma para no desaparecer.

La transmisión, entonces, empieza a fallar. No porque no haya quien sepa, sino porque no siempre hay cómo enseñar.

Los mayores aún conocen los materiales, los tiempos, los sonidos. Saben qué cuero sirve para un tambor pequeño, cómo se talla la madera, cómo se hace hablar al chicote. Pero faltan los recursos. Falta el carrizo. Faltan las condiciones para que los niños no solo escuchen, sino practiquen. Para que ese saber no se quede quieto en quienes ya lo tienen.

A eso se suma otra confusión, más sutil pero igual de peligrosa: no todas las danzas son lo mismo. Algunas —la gaita, el chicote— pueden salir, mostrarse, habitar escenarios. Pero otras no. Las espirituales no se exhiben. No se adaptan. No se prestan al entretenimiento. Exigen un lugar, un tiempo, un respeto que no siempre es comprendido desde afuera.

Y, sin embargo, tampoco encuentran espacio adentro de las instituciones. En los colegios —incluso en aquellos que deberían resguardarlas— no hay un lugar claro para estas enseñanzas. No hay recursos, ni apoyo suficiente, ni una estructura que permita integrarlas sin desfigurarlas.

Entonces quedan ahí, en un borde incómodo: demasiado sagradas para volverse espectáculo, demasiado desprotegidas para sostenerse solas.

Y en ese borde, lo que está en juego no es solo una práctica cultural. Es la posibilidad de que la danza —esa que sostiene el mundo— encuentre quién la siga danzando.

Con una tristeza que no necesita dramatizarse, la lideresa nombra otra ausencia: la de las autoridades. Dice que no están. Mientras en los festivales y en las fiestas patronales se repiten bailes que vienen de otros lugares, las danzas propias —las que nacen de ese territorio— quedan al margen, como si no existieran. Invisibles.

No es que no se puedan compartir. Ella lo aclara. La música, la danza, pueden mostrarse. Pero no de cualquier manera. Hay un orden. Una guía. La Saga y el Mamo son quienes saben cuándo, cómo, bajo qué condiciones. Y hay un cuidado: el de los niños, el de lo que aún se está formando. Solo así, dice, la tradición puede salir sin romperse. Sin perder lo que la sostiene.

Habla también de La Guajira, de su diversidad que casi nadie nombra completa. “Muchos creen que solo existe la etnia Wayuu”, dice. Pero no, allí conviven otros pueblos: Wiwa, Arhuacos, Kankuamos, Koguis. Mundos distintos, tejidos en el mismo territorio.

En el caso del pueblo Wiwa, hay algo que lo define y que pocas veces se entiende: esa dualidad que no compite, que no se impone. La fuerza de la mujer —la Saga— y la del hombre —el Mamo—. Dos formas de sostener lo mismo. Dos voces que no se superponen, sino que se necesitan.

Es, quizás, una de sus mayores riquezas. Y, al mismo tiempo, una de las más ignoradas. Porque lo que no se comprende, rara vez se cuida.

Fotografía: Yanexis Cerpa

Ella lo dice sin épica, pero con una claridad que pesa: lo que han logrado no vino de afuera. Ha sido la fuerza de su propio pueblo la que los ha sostenido. Cuando llegaron a San Juan del Cesar —empujados por el desplazamiento— no encontraron un lugar que los recibiera. Encontraron rechazo.

Las mujeres fueron reducidas a trabajos domésticos mal pagados. Los hombres, señalados. Sospechosos sin prueba. Los niños, expuestos al acoso en las escuelas. No había casa indígena. No había un espacio propio. Fueron ubicados en un lugar que no les correspondía, como si su presencia tuviera que acomodarse, sin importar las condiciones. Y en medio de todo eso, creció una sensación persistente: la de no estar protegidos.

Pero algo no se rompió.

La comunidad se sostuvo en lo que era. En lo que sabía. En lo que no podían quitarle. Les dijeron a sus hijos que no bajaran la mirada. Que dijeran quiénes eran. Que no escondieran su origen.

Y esa decisión —pequeña, repetida, cotidiana— se fue volviendo resistencia. Una forma de no ceder. De seguir siendo, incluso cuando todo alrededor parecía empujar en otra dirección.

“Yo me imagino”, dice la lideresa, y por un momento la voz cambia, se abre, se ilumina, “en la fiesta del patrón de San Juan y en el Festival de Compositores, una fila de niñas y niños tocando nuestros instrumentos musicales y bailando la danza: las niñas de un lado y los niños del otro”.

Es una posibilidad, una forma de futuro. Como si, a pesar de todo, todavía hubiera un lugar donde esa danza —la que sostiene el mundo— pueda volver a hacerse visible sin dejar de ser lo que es.

Puede continuar leyendo después del artículo relacionado ↓ Artículo relacionado
Yonna: la herencia de Joutai, el viento
Sin comentarios

Deja tu comentario

Utiliza un correo electrónico válido

Recibe nuestros contenidos. Es gratis.

Puedes cancelar en cualquier momento.
Quiero recibirlos
cross
Consonante
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.