En 1993, cuando los turistas comenzaron a llegar con más frecuencia a los Cerros de Mavicure, Marcelino Horacio Agapito ya recorría sus caminos como guía. Les mostraba las plantas, les hablaba de los animales y los ríos, y compartía con ellos las historias del pueblo Puinave. En una de esas caminatas se detuvo ante una planta que conocía desde siempre.
La llamó Yeesú. Los visitantes sacaron sus cámaras y quisieron saber qué era aquella estructura roja y blanca que sobresalía entre la vegetación de la sabana. Marcelino les contó lo que sabía de ella. Para quienes llegaban de fuera, era una rareza que merecía una fotografía. Para él y para su pueblo, formaba parte de un paisaje conocido mucho antes de que los turistas comenzaran a recorrerlo y alguien viera en aquella planta una oportunidad de negocio.
Tres décadas después, la planta que Marcelino mostraba a los viajeros sale de Inírida por vía aérea, llega a mercados nacionales y ha encontrado compradores en otros países.
Vista desde afuera, la historia de la Flor de Inírida podría parecer una historia de éxito: una especie propia de las sabanas del Guainía que pasó de despertar curiosidad entre los visitantes a conquistar mercados. Pero el camino hasta allí tuvo un momento crítico. Antes de convertirse en una oportunidad económica, su valor comercial puso en riesgo aquello que la hacía posible: la planta misma y su permanencia en el territorio.
La Flor de Inírida crece en un ecosistema muy particular: las sabanas inundables de arenas blancas del oriente colombiano, en el departamento del Guainía, y una pequeña zona del estado venezolano de Amazonas, entre los ríos Atabapo y Guainía. Su distribución geográfica es reducida, explicó a la Voz de América el botánico Mateo Fernández Lucero, quien ha estudiado esta especie.
Aunque su investigación científica es relativamente reciente, la flor ocupa un lugar importante en la vida de los habitantes del Guainía desde mucho antes de despertar el interés de los mercados. En Inírida, su capital, aparece en parques, cuadros, recuerdos turísticos y otros símbolos de identidad local. Su imagen está presente en distintos rincones de la ciudad y hace parte de las historias que sus habitantes cuentan sobre el lugar donde viven.
Esa relación con el territorio también tiene una dimensión indígena. Según datos del Gobierno colombiano, el 97 por ciento del Guainía corresponde a resguardos indígenas y el 85 por ciento de su población es indígena. Las comunidades están distribuidas a lo largo de cuatro ríos: el Guainía, el Inírida, el Guaviare y el Atabapo. Buena parte de las zonas donde crece la flor se encuentra dentro de esos resguardos, donde la conservación de la especie está ligada a las comunidades que habitan su entorno.
Una planta hecha para resistir
La Flor de Inírida no es una sola especie. Bajo ese nombre se conocen dos plantas herbáceas: Guacamaya superba, llamada Flor de Inírida de invierno o flor grande, y Schoenocephalium teretifolium, conocida como Flor de Inírida de verano o flor pequeña. Así aparecen identificadas en los términos técnicos elaborados en 2005 por la Corporación para el Desarrollo Sostenible del Norte y Oriente Amazónico (CDA).
Ambas crecen en las sabanas de arenas blancas de los alrededores de Inírida, un paisaje que a primera vista parece poco propicio para sostener vida. Son suelos pobres en nutrientes, sometidos a ciclos de inundación, sequía, incendios y altas temperaturas. Las dos especies se han adaptado a esas condiciones, aunque tienen diferencias en sus ciclos de floración y en su apariencia.
La flor de invierno crece entre junio y octubre, durante la temporada de lluvias e inundaciones. Su inflorescencia es grande, tiene forma piramidal y puede alcanzar hasta 1,7 metros de altura. En el extremo presenta una cabezuela de tonos rojizos que sobresale entre la vegetación de la sabana. La flor de verano, en cambio, florece principalmente entre diciembre y abril, durante la época seca. Su cabezuela es más pequeña y esférica, y la planta tolera condiciones de altas temperaturas y exposición al fuego.
“La flor de Inírida [de invierno] tiene una inflorescencia bastante particular y muy vistosa. En su época de floración adorna de colores rojizos las sabanas”, explica el botánico Nicolás Castaño, líder del grupo de flora del Programa de Ecosistemas e investigador del Herbario Amazónico Colombiano del Instituto SINCHI, en una entrevista con Mongabay.
La resistencia de estas plantas también explica parte de su atractivo comercial. El Instituto Colombiano Agropecuario (ICA) señala que sus estructuras, de consistencia firme y duradera, soportan las inundaciones y las sequías y pueden conservar su forma y color durante meses, incluso años después de secarse. De ahí que se conozcan comercialmente como la “flor eterna”.
Pero lo que se vende como una flor tiene una particularidad: aquello que el ojo reconoce como tal es, en realidad, una inflorescencia, es decir, un conjunto de flores agrupadas. Y debajo de esa estructura hay otra parte fundamental para la supervivencia de la planta: la macolla.
Darío Esteban Cariani Toledo, investigador y miembro de las organizaciones Acayú y, posteriormente, Liwi Flor Eterna, describe la macolla como una especie de casa. Allí nacen los colinos, se acumulan nutrientes y se generan condiciones para la germinación. Con el paso de los años, puede crecer hasta reunir cinco, diez, quince o más colinos.
En una sabana donde el suelo ofrece pocos nutrientes, la macolla funciona como una pequeña isla de recursos. A su alrededor habitan insectos, hormigas, termitas, arañas, grillos, escarabajos, abejas, gusanos y aves. Cariani identifica al colibrí cola azul como uno de los polinizadores que pueden observarse con facilidad, aunque advierte que todavía falta investigar las relaciones ecológicas que se desarrollan alrededor de la planta.
La pregunta, entonces, no termina en cómo cultivar la flor. También es necesario entender qué sostiene la macolla y qué depende de ella. Esa relación con el ecosistema es especialmente importante porque la Flor de Inírida no crece únicamente en Colombia. También existen poblaciones silvestres en Venezuela. Según el botánico Mateo Fernández Lucero, las especies fueron descritas originalmente en ese país, aunque buena parte de la información reciente procede de los alrededores de Inírida, donde han adquirido una identidad cultural muy fuerte.
La particularidad de las sabanas de arenas blancas también las hace vulnerables. Fernández Lucero advierte que la recuperación y restauración de estos ecosistemas puede ser muy lenta frente a las alteraciones del suelo y de su cobertura vegetal. La minería de oro, la urbanización, el tránsito de vehículos motorizados y las actividades agropecuarias figuran entre las presiones que amenazan la supervivencia de las plantas en ambos países.
La importancia de la Flor de Inírida va más allá de su apariencia y de su valor comercial. Las dos especies tienen una distribución restringida a las sabanas de arenas blancas del Escudo Guayanés occidental, en la frontera entre Colombia y Venezuela. Según investigaciones citadas en la literatura científica, crecen en un área geográfica limitada, en terrenos situados aproximadamente entre los 50 y los 200 metros sobre el nivel del mar.
Esa distribución restringida las hace especialmente vulnerables. Las quemas, la extracción de ejemplares para su comercialización, los cambios en el uso del suelo y los efectos del cambio climático pueden afectar poblaciones que no tienen una presencia amplia en otros ecosistemas. Cuando una especie ocupa un área pequeña, la pérdida de sus poblaciones puede significar también la desaparición de características genéticas y funciones ecológicas difíciles de recuperar.
La amenaza no proviene únicamente de la extracción directa de las plantas. También está en las transformaciones de las sabanas donde crecen. La minería, la deforestación, la contaminación de las fuentes de agua y las quemas frecuentes alteran las condiciones de las que dependen estas comunidades vegetales. A eso se suman los cambios en los ciclos de lluvia y sequía, que pueden modificar la duración de las inundaciones y afectar la composición de la vegetación acuática.
La investigación también ha señalado la importancia ecológica de estas especies. Guacamaya superba, por ejemplo, ha sido descrita como una especie sombrilla: protegerla puede contribuir a conservar áreas más amplias del ecosistema donde habita. Estudios sobre ambas especies también han explorado su potencial para contribuir a la recuperación de suelos contaminados con aluminio. Estos hallazgos muestran que el valor de la Flor de Inírida no se limita a su uso ornamental, aunque todavía es necesario precisar el alcance de esas funciones y las condiciones en las que se han documentado.
Conservarla exige, por tanto, mirar el conjunto del que forma parte. La macolla, los organismos que encuentran refugio en ella, las sabanas de arenas blancas y los ciclos de agua están relacionados. Alterar ese sistema puede tener consecuencias que van más allá de la pérdida de una planta.
La pregunta es cómo aprovechar una especie que tiene un lugar importante en la identidad del Guainía sin deteriorar las condiciones que permiten su existencia. En esa tensión entre conservación y comercialización se juega buena parte de la historia de la Flor de Inírida.
Cuando la flor se convirtió en problema
Durante años, la Flor de Inírida fue extraída directamente de las poblaciones silvestres. Según el documento técnico de la Corporación para el Desarrollo Sostenible del Norte y Oriente Amazónico (CDA), la explotación indiscriminada redujo el potencial productivo de las poblaciones cercanas a Inírida. La respuesta fue drástica: mediante la Resolución 526 de 1998 se prohibió indefinidamente su aprovechamiento, transporte y comercialización.
La flor que hoy se promociona como símbolo de la biodiversidad del Guainía llegó a estar sometida a una veda. La historia no terminó allí. En 2004, la CDA y el Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas Sinchi realizaron un estudio para identificar y caracterizar las poblaciones naturales. A partir de esa información, la CDA levantó la prohibición en cuatro zonas —Huesito, Cacahual, Guamal y Remanso— mediante la Resolución 398 del 22 de diciembre de ese año.
Al año siguiente, la corporación elaboró los términos de referencia para establecer las condiciones de un aprovechamiento sostenible. Ya no se trataba simplemente de permitir que los habitantes volvieran a recolectar flores en la sabana. Había que definir zonas y volúmenes de extracción, responsables, mecanismos de seguimiento y condiciones para evitar que la explotación volviera a reducir las poblaciones naturales.
El cambio de enfoque era fundamental: la pregunta no podía limitarse a cuánto se podía extraer. También debía considerar la capacidad de las plantas para crecer, reproducirse y regenerar sus poblaciones. Los planes de manejo contemplaban el seguimiento del crecimiento, el nacimiento, la mortalidad, la densidad y la regeneración, además de las afectaciones derivadas de la actividad humana.
Pero regular la extracción no resolvía todo el problema. Para que la comercialización dejara de depender exclusivamente de las plantas silvestres, había que aprender a cultivarlas. La extracción, además, no era la única presión sobre las sabanas. En un reportaje publicado por Mongabay, el botánico Mateo Fernández Lucero recordó las huellas que encontró en el predio donde se desarrolla el proyecto de conservación de Liwi Flor Eterna. Eran marcas paralelas de llantas que, según le contaron después, correspondían al paso de un camión que había entrado a sacar madera unos veinte años antes.
“Imagínate que ahora se hacen rallies en las sabanas, con grupos de carros o vehículos pesados transitando; son afectaciones que duran muchísimo tiempo”, advirtió Fernández Lucero en la entrevista.
El botánico también investigó cómo se recolectaba la Flor de Inírida unas tres décadas atrás. Según relató a Mongabay, en Inírida se llegaban a llenar aviones con inflorescencias de las dos especies. Para obtenerlas, se arrancaban las plantas completas, una práctica que afectaba las poblaciones silvestres y contribuyó a que estas se alejaran cada vez más del casco urbano.
La dificultad era encontrar una alternativa que permitiera mantener la actividad comercial sin seguir presionando las poblaciones naturales. Eso exigía conocer mejor el ciclo de vida de la planta, aprender a reproducirla y encontrar formas de aprovecharla sin comprometer su regeneración.

Darío recuerda los años de experimentación como una sucesión de errores, aciertos y frustraciones. Aprender a reproducir la Flor de Inírida exigía entender una planta adaptada a condiciones particulares, que no respondía necesariamente como esperaban quienes intentaban cultivarla.
En Acayú, la organización que su familia creó en 2002, la flor comenzó a ocupar un lugar cada vez más importante. Hacia 2012 iniciaron un proceso de investigación con el acompañamiento de un biólogo de la Universidad de los Andes. Dos años después empezaron a observar resultados en la propagación.
No bastaba con sacar una planta de la sabana y ponerla en una matera. Había que comprender sus ciclos, la relación con el agua y el suelo, sus formas de reproducción y la manera en que respondía cuando cambiaban las condiciones en las que crecía naturalmente.
Un trabajo posterior documentado por Ladera Sur/Mongabay describe experimentos realizados por Rubén Darío Cariani Toledo y el biólogo Mateo Fernández Lucero, en los que combinaron conocimientos indígenas e investigación científica. Entre las técnicas ensayadas estaban la propagación mediante esquejes de brotes laterales y el control del régimen hídrico. En el vivero descrito por el reportaje, la mortalidad fue inferior al uno por ciento.
Aprender a propagar las plantas abrió una posibilidad económica distinta: comercializar la flor sin depender exclusivamente de la extracción de ejemplares silvestres. La apuesta era convertirla en un producto sin transformar las sabanas de arenas blancas en una plantación convencional.
En 2019 nació Liwi Flor Eterna, una iniciativa dedicada a la conservación, propagación y comercialización de las dos especies. El trabajo de investigación y cultivo empezaba a conectarse con una cadena productiva que debía responder a otras exigencias: seleccionar los tallos, prepararlos para el transporte, empacarlos y llevarlos hasta sus compradores.
Según el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA), Liwi había comenzado a comercializar la Flor de Inírida en 2018. En septiembre de 2021, mediante la Resolución 105556, el instituto registró a Liwi Flor Eterna S. A. S. como exportadora de las dos especies. El ICA la presentó entonces como la primera empresa colombiana autorizada para exportar esta flor de corte y follaje.
La flor comenzaba así otra etapa de su historia. Ya no era únicamente una especie de las sabanas de Inírida: entraba en una cadena comercial que conectaba los viveros del Guainía con mercados nacionales e internacionales.
El camino, sin embargo, tiene dificultades propias. Inírida no está conectada por carretera con el interior del país, de modo que los cargamentos deben salir por vía aérea. En 2026, el ICA señaló esta condición como uno de los principales desafíos logísticos para comercializar productos derivados de la biodiversidad local.
La resistencia de la Flor de Inírida representa una ventaja. Sus estructuras pueden conservar la forma y la pigmentación durante meses, incluso después de secarse, lo que reduce las pérdidas asociadas al marchitamiento y facilita su uso ornamental.
Ese mismo año, el ICA informó que el cultivo liderado por Martha Toledo recibió la certificación oficial como predio exportador. Según las cifras divulgadas por la entidad, durante 2025 se exportaron 15.000 tallos de la Flor de Inírida de verano y se comercializaron 30.000 tallos de la variedad de invierno en el mercado nacional. La publicación también señaló que los tallos de verano llegaron a más de diez países.
El ICA destacó, además, la participación de mujeres de comunidades indígenas en las labores de poscosecha, clasificación y empaque, y afirmó que el manejo del cultivo prescinde de pesticidas y fertilizantes químicos. Estos datos describen la experiencia productiva que la entidad promueve como ejemplo de aprovechamiento comercial de la biodiversidad.
La flor también ganó visibilidad como símbolo. En 2024, su imagen fue utilizada en la identidad oficial de la COP16 de biodiversidad, celebrada en Cali. La exposición nacional e internacional reforzó su lugar como emblema del Guainía y de la biodiversidad colombiana.
La planta que durante años estuvo asociada a la extracción de las sabanas comenzaba a presentarse también como una experiencia de conservación y producción comercial. Pero vender más flores no responde por sí solo a todas las preguntas que siguen abiertas sobre la especie.
Darío insiste en que todavía hace falta investigar los microorganismos asociados a la macolla, los polinizadores, las condiciones de germinación y las diferencias ecológicas entre las dos especies. La Flor de Inírida de verano, señala, necesita especial atención científica.
Uno de los estudios citados por Ladera Sur/Mongabay encontró concentraciones de ciertos metales hasta seis veces mayores en las flores que en el suelo circundante y planteó la posibilidad de que estas plantas tengan potencial para contribuir a la biorremediación de suelos contaminados con aluminio. El hallazgo abre una línea de investigación; no demuestra, por sí solo, que la flor pueda descontaminar suelos en condiciones naturales o a una escala determinada.
La investigación también propone considerar a la Flor de Inírida como una especie paraguas. La idea es que protegerla y conservar el hábitat del que depende puede contribuir a preservar otras especies que comparten ese ecosistema.
La escala de la historia cambia una vez más. Proteger la flor no significa únicamente conservar una planta atractiva para los turistas o valiosa para el mercado. También implica cuidar las sabanas de arenas blancas, sus ciclos de agua y las formas de vida que encuentran allí las condiciones para subsistir.
Ese paisaje enfrenta amenazas que el cultivo, por sí solo, no puede resolver.
Marcelino habla de los incendios que se producen durante los periodos de sequía. En reuniones comunitarias, recuerda, se ha discutido la necesidad de evitar las quemas en las zonas donde crece la flor. Darío, por su parte, señala que el fuego, las inundaciones y la sequía forman parte de las condiciones extremas a las que estas plantas se han adaptado, aunque eso no significa que puedan soportar cualquier intensidad o frecuencia de perturbación.
El ingeniero Polo, desde la autoridad ambiental, coincide en que las sabanas de arenas blancas tienen una importancia ecológica particular. A su juicio, la Flor de Inírida ha recibido más atención como símbolo que como parte de un ecosistema que necesita protección. La diferencia es importante: una flor puede convertirse en emblema, atraer compradores y abrir oportunidades económicas. Conservarla en el largo plazo exige, además, conocer y proteger el paisaje que la hace posible.
Lo que todavía no conocemos
Darío lleva años intentando entender qué ocurre alrededor de la macolla. Quiere saber más sobre los microorganismos que viven allí, los polinizadores que visitan la planta y las condiciones que necesita para germinar. También insiste en que las dos especies no se conocen por igual: la Flor de Inírida de verano todavía plantea preguntas que la investigación no ha resuelto.
Parte de lo que se sabe abre otras posibilidades. Un estudio citado por Ladera Sur/Mongabay encontró concentraciones de ciertos metales hasta seis veces mayores en las flores que en el suelo circundante y exploró su posible potencial para la biorremediación de suelos afectados por aluminio. El hallazgo no significa que la planta pueda descontaminar por sí sola un terreno, pero sí señala una línea de investigación que merece profundizarse.
Los investigadores también han propuesto considerar a la Flor de Inírida como una especie paraguas: conservar el hábitat del que depende puede ayudar a proteger otras formas de vida que comparten las sabanas de arenas blancas. Para Darío, entender la planta implica mirar más allá de la inflorescencia que se corta, se empaca y se vende. Hay que conocer la macolla y las relaciones que se tejen a su alrededor.
Pero las sabanas no dependen solamente de lo que se investigue en un vivero. También están expuestas a las quemas, las intervenciones sobre el suelo y otras actividades que alteran sus condiciones.
Marcelino habla de los incendios durante los periodos de sequía. En las reuniones comunitarias, recuerda, se ha discutido la necesidad de evitar las quemas en los lugares donde crece la flor. El fuego hace parte de las condiciones ambientales de estas sabanas, al igual que las inundaciones y los periodos secos, pero su frecuencia e intensidad pueden alterar el equilibrio al que están adaptadas las plantas.
El ingeniero Polo, desde la autoridad ambiental, plantea una preocupación relacionada con esa diferencia entre la imagen y el ecosistema. A su juicio, la Flor de Inírida ha recibido reconocimiento como símbolo, pero todavía hace falta que se comprenda mejor la importancia ecológica de las sabanas donde crece.
La distancia entre ambas cosas también aparece cuando se habla de dinero. Alrededor de la flor se ha formado una actividad económica que involucra a productores, trabajadores de poscosecha, comerciantes y personas vinculadas al turismo. En un reportaje publicado en 2022, Ladera Sur/Mongabay contó cómo la propagación de la especie se convirtió en una alternativa de ingresos para familias del Guainía. Carolina Mora explicó entonces que ese trabajo le había permitido contribuir a la educación de sus hijos.
Para ese momento, Liwi reportaba ventas anuales de alrededor de 60.000 flores y de 89.000 en 2021. Son cifras de aquel periodo, distintas de las que el ICA divulgó para 2025, cuando informó de la exportación de 15.000 tallos de la variedad de verano y la comercialización nacional de 30.000 tallos de la variedad de invierno.
Los datos muestran que la flor puede sostener una actividad comercial. No permiten saber, por sí solos, cómo se distribuyen sus beneficios entre quienes participan en ella ni cuánto dinero permanece en Inírida.
Marcelino se detiene en esa diferencia. Desde su experiencia, las comunidades no reciben necesariamente un beneficio directo por la comercialización de la planta. El turismo genera ingresos para los guías que acompañan a los visitantes, les muestran las flores y les cuentan las historias del territorio. Pero ese trabajo no equivale a participar en la cadena que lleva los tallos hasta un comprador.
Nicolás La Torre, vinculado al sector turístico, señala otro vacío: no hay cifras consolidadas que permitan establecer cuántas flores salen de Inírida hacia Bogotá, las ferias y los eventos, ni cuánto de esa actividad económica regresa directamente a las comunidades.
La pregunta es relevante en una región donde la flor se ha convertido en una imagen reconocible. Su presencia en eventos, mercados y campañas de promoción puede darle visibilidad al Guainía, pero no basta para saber quién obtiene los ingresos que produce ni qué participación tienen las comunidades indígenas en ese negocio.
Marco Cita, profesor vinculado a un programa de formación turística, propone acercarse a la planta desde otro lugar: la escuela. En su planteamiento, la Flor de Inírida puede estudiarse desde distintas materias. La biología permite observar su crecimiento y reproducción; las matemáticas, medirla y registrar sus cambios; el arte, dibujarla; y el lenguaje, recuperar las historias y los relatos asociados con ella.
La propuesta parte de una idea que, en el Guainía, tiene una dimensión concreta: aprender también puede ocurrir fuera del salón de clase. Los estudiantes pueden preguntarse por qué la flor crece en esas sabanas, qué pasó cuando se extraía sin control, por qué se prohibió su aprovechamiento y qué tendría que hacerse para conservarla.
Son preguntas que la conectan con la historia de quienes han vivido junto a ella. Antes de los estudios científicos, las resoluciones ambientales y los proyectos de exportación, la planta ya tenía un nombre y un lugar en el conocimiento de las comunidades.

La flor eterna no tiene una historia eterna
En 1993, Marcelino mostraba la Yeesú a los turistas que empezaban a recorrer los Cerros de Mavicure. Les explicaba lo que sabía de aquella planta y respondía a sus preguntas. Para los visitantes era una rareza que merecía una fotografía; para él, era parte de un paisaje conocido.
Desde entonces, la Flor de Inírida ha pasado por distintas etapas. La extracción indiscriminada llevó a las autoridades a prohibir su aprovechamiento. Después llegaron los estudios sobre las poblaciones silvestres, los intentos por regular la recolección y los experimentos que permitieron propagarla fuera de la sabana. Más tarde, el cultivo abrió una vía para comercializarla y, con ella, la posibilidad de que sus tallos llegaran a compradores de otros países.
Hoy el ICA presenta esa actividad como una oportunidad de agroexportación sostenible. Los datos de producción y exportación muestran que la flor tiene un lugar en el mercado. Pero las cifras no cuentan toda la historia: todavía faltan investigaciones sobre su ecología, información consolidada sobre la distribución de los beneficios económicos y respuestas sobre la protección de las poblaciones naturales.
Marcelino sigue pensando en la planta desde el territorio donde la conoció. Darío mira la macolla y encuentra preguntas que todavía no puede responder. Polo advierte sobre la importancia de conservar las sabanas de arenas blancas. Marco propone que los estudiantes aprendan a reconocerlas y a entender lo que ocurre en ellas.
Sus preocupaciones son distintas, pero se encuentran en un mismo punto: la flor no existe separada del lugar donde crece. La domesticación puede reducir la dependencia de las plantas silvestres. La comercialización puede generar ingresos y abrir oportunidades para algunas familias. Ninguna de las dos garantiza, por sí sola, que las sabanas estén protegidas o que las comunidades que han convivido con la planta participen de manera justa en los beneficios de su venta.
Para el botánico Nicolás Castaño, la historia de la Flor de Inírida muestra que es posible buscar alternativas de uso sostenible de la biodiversidad sin dejar de lado los conocimientos de quienes han vivido junto a ella.
“Desde el punto de vista botánico, siento la ilusión de que haya un poco más de atención, por un lado, sobre las especies amenazadas, pero también que se reivindiquen los conocimientos tradicionales y esa posibilidad de uso sostenible de la biodiversidad. La flor de Inírida es un ejemplo de ello, porque hay alternativas, hay formas de usar esa biodiversidad, por eso necesitamos sumar esfuerzos para que suceda”, afirma en entrevista con Mongabay.
Castaño advierte que esos esfuerzos son urgentes. Ante la velocidad con que se transforman los ecosistemas, sostiene, los gobiernos necesitan unificar criterios y poner en marcha soluciones y mecanismos para frenar la pérdida de biodiversidad.
La Flor de Inírida ya llegó a mercados que hace tres décadas apenas podían imaginar quienes la mostraban a los viajeros. El desafío es que ese recorrido no termine en los viveros ni en los cargamentos que salen de Inírida: que también contribuya a conservar las sabanas donde crece, reconozca los conocimientos que han permitido comprenderla y mejore las condiciones de quienes han cuidado ese paisaje durante generaciones.




