Ilustración: Eduardo Montoya
La Guajira San Juan del Cesar Noticias

La memoria que endulza la Semana Santa en San Juan del Cesar 

Cada Semana Mayor, decenas de mujeres en San Juan del Cesar encienden sus fogones para preparar dulces tradicionales que luego comparten o venden en sus comunidades. Más que una costumbre culinaria, se trata de un saber heredado que sostiene economías familiares y refuerza vínculos sociales.
¿Cómo se hizo este trabajo?
Realicé entrevistas a dos dulceras de la zona rural y urbana del municipio de San Juan del Cesar, quienes compartieron sus experiencias en la elaboración de dulces tradicionales. Asimismo, conversé con una consumidora habitual de estos productos, lo que permitió contrastar la visión de quienes producen con la percepción de quienes disfrutan los sabores ancestrales. Finalmente, complementé el trabajo con una revisión de datos del sector económico-empresarial publicados en la página oficial de la Cámara de Comercio de La Guajira.

En San Juan del Cesar la Semana Santa huele a dulce: a papaya con piña, a coco con leche, a plátano maduro y a esas mezclas que despiertan los recuerdos. Para las dulceras expertas, estos días no son solo de recogimiento espiritual, sino de creación. Es el momento de encender el fogón y volver a las recetas heredadas, esas que pasan de madres a hijas y de abuelas a nietas, sostenidas en el tiempo por la paciencia y el cuidado.

En otros tiempos, cada casa preparaba su propio dulce para compartir con vecinos y amistades. El de frijol con leche —a veces enriquecido con plátano maduro— era uno de los más tradicionales. En las zonas rurales, desde temprano se atizaba el fogón y se montaba el caldero, mientras las mujeres cocinaban entre risas, convencidas de que aquel trabajo era, ante todo, un acto de cariño y de comunidad.

Hoy, aunque la costumbre ha cambiado y muchas familias prefieren comprar en lugar de preparar, la Semana Santa sigue siendo el momento en el que los dulces se convierten en símbolo de unión y también en sustento económico para quienes se dedican a este oficio. 

En este municipio del sur de La Guajira cada dulce es más que un sabor: es un relato vivo. Entre fogones rurales y cocinas urbanas, entre manos de madres y abuelas, se conserva la memoria de un pueblo que transforma ingredientes sencillos en símbolos de unión. Aunque las costumbres cambian y las nuevas generaciones tienen menos interés, el dulce sigue siendo un puente entre pasado y presente.

Esta temporada, con su silencio y recogimiento, se convierte en el escenario perfecto para recordar que en cada cucharada de papaya, coco o plátano maduro late la historia de quienes con amor y perseverancia han mantenido encendida la llama de esta herencia. Un patrimonio que no solo endulza la mesa, sino también la identidad de un pueblo.

Las guardianas de la tradición

Mareli Francisca Oñate es una dulcera del corregimiento de Guayacanal. Tiene 66 años y toda su vida se ha tejido entre calderos y memorias. Aprendió el arte de los dulces de su madre y lo perfeccionó con la enseñanza de su tía y en cursos comunitarios, convirtiéndose en una de las guardianas de los sabores que son patrimonio: papaya, plátano maduro, leche con coco, guayaba, batata, piña con coco, mamón y grosella. Cada preparación es un homenaje a quienes le transmitieron el oficio y una ofrenda a su comunidad.  

Con perseverancia y creatividad, Oñate convirtió su pasión en una microempresa reconocida en el municipio. Sus hijos y nietos son su fuerza: ellos le ayudan y hacen propaganda de “los dulces de la abuela”. Su producción semanal, entre 15 y 30 unidades, se adapta a las posibilidades de cada consumidor: panelitas pequeñas para quienes buscan algo sencillo, y envases soperos que los viajeros llevan como recuerdo de esta tierra.  

Pero su oficio también enfrenta retos. Insumos como los contenedores, la leche y el coco son cada vez más costosos. Esto la obliga a subir los precios y a dar justificaciones a los clientes. Ella da las explicaciones con serenidad, convencida de que la calidad y el amor que pone en cada preparación justifican cada peso invertido.

La Semana Santa es para ella un tiempo sagrado. Entre oración y recogimiento, prepara dulces especiales de frijol y guandul para regalar a los vecinos, manteniendo viva la costumbre de compartir. “El dulce, da plata… el dulce, da plata”, repite con entusiasmo, animando a las mujeres de su comunidad a ver en este oficio una oportunidad de sustento y de identidad.  

A pesar de los dolores de la artritis, que la aquejan todos los días, y de los altos costos de los insumos, Mareli Oñate se levanta cada madrugada para encender el fogón de leña. No es amante del dulce, pero lo prueba con delicadeza para asegurarse de que cada preparación tenga el sabor perfecto. Su motivación más profunda es cuidar y educar a su nieto, hijo de su hija fallecida, y en ese amor encuentra la energía para seguir trabajando.  

Esta mujer, como otras dulceras, es la memoria de un oficio que se practica todo el año, pero que tiene un protagonismo especial en estas fechas.

La raíz: el conocimiento de las abuelas

“Yo sigo con la tradición de mi abuela Juana Zenobia Vega: “Nana”. Aprendí a hacer estos deliciosos dulces porque ella viene con esa tradición de su familia, su mamá también los realizaba y yo me quedé con eso”, dice Arisleida Rocío Salinas Vega.

Habla con orgullo de su abuela Nana, la mujer que le heredó la pasión por la preparación de los dulces: “Sus dulces eran exquisitos, llenaban de regocijo a todos”, recuerda. La imagen de Nana revolviendo el caldero con leña es imborrable.  

Cuando Arisleida Salinas comenzó en el oficio, sus dulces no quedaban igual que los que recordaba. Fue al usar las medidas exactas de su abuela —el peso justo del azúcar, la proporción precisa— que logró alcanzar la perfección. “Ahí entendí que la dulzura también se mide en disciplina”, dice con emoción.

Hoy, cada lote de dulces es una inversión calculada con precisión. Tres litros de leche a 2.500 pesos cada uno, veinticinco libras de azúcar por 55.000, la leña de Brasil por 20.000 y la ayuda para revolver el caldero por 30.000. Un gasto necesario para que la producción tenga calidad.  

A veces debe viajar a los corregimientos de Corralejas, El Molino o Zambrano para conseguir leche, pagando pasajes de 15.000 o 20.000 pesos según el mototaxista. El reto más grande es la papaya: se vende por peso, pero al quitar semillas y piel, la cantidad útil disminuye. “Pago por lo que no puedo usar, pero igual lo hago porque el sabor lo merece”, dice.  

Detrás de esta práctica hay esfuerzo, viajes, gastos, pero sobre todo pasión. Salinas ha conquistado a su clientela con constancia y amor. El conocimiento que heredó de Nana es un oficio, pero también es identidad. “Me gustaría que esta costumbre nunca se pierda porque llama la atención del turista y nos enriquece como municipio”, afirma. 

Una herencia en riesgo de desaparecer 

Según el Balance Económico del sector empresarial de La Guajira de la Cámara de Comercio, Riohacha concentra el 39,2 por ciento de la actividad empresarial del departamento, Fonseca alcanza un 6,5 por ciento y San Juan del Cesar apenas figura con un 3,9 por ciento. En esas cifras se diluyen los emprendimientos independientes de las dulceras, que han construido sus iniciativas con esfuerzo propio, aunque demandan apoyo institucional para que la tradición se mantenga. 

No solo quienes preparan sostienen esta costumbre, también quienes la disfrutan. Aunque vive en Valledupar con su familia, Luz Karine Serpa Bolaño siempre regresa a San Juan del César, a casa de sus padres. En esas visitas aprovecha para comprar los dulces tradicionales que tanto la enamoran, y en Semana Santa encuentra la oportunidad de escoger entre la variedad de sabores para disfrutar y compartir.  

Cada bocado activa sus recuerdos: “Ese dulce me recuerda a mi adolescencia”, dice con nostalgia cuando prueba algún bocado, evocando aquellas vacaciones en Guayacanal, cuando visitaba a su abuela Sixta y a sus tías Nelfa y Eveli. Allí siempre la esperaban los potajes de papaya, plátano maduro, ciruela y mamón. Y recuerda, con ternura, cómo su madrina Amelia le envolvía un pedazo de dulce para que lo disfrutara a la orilla del río.  

Sus tías y su abuela le enseñaron el valor de esta costumbre: “Para mí el dulce representa dentro de esta celebración alegría, es una ofrenda. Porque a donde uno va le dan su platico de dulce o le regalan para que uno lleve a sus casas”. Y concluye: “Me encanta y me declaro dulcera”.  

En su voz se reconoce la certeza de que los dulces son parte de la identidad sanjuanera, de su gastronomía y de su cultura. Sus favoritos: el de leche, el de maduro y el de ñame. Incluso fuera de la temporada, busca quién vende para llevarse un potaje, y ahora que su cuñado se ha convertido en dulcero, también lo apoya con entusiasmo. Pero reconoce que en Semana Santa tienen un sabor especial.  

“Es importante mantener viva esta tradición porque este es un producto natural hecho en casa, que da energía, a los jóvenes les digo que no dejen que se acabe”, dice con firmeza.

Sin embargo, observa con preocupación que hoy son pocas las familias que conservan la costumbre de preparar y compartir: “Más que todo se ve en los pueblos y caseríos, sobre todo en nuestros abuelos. Qué bueno que la nueva generación la pueda rescatar”, dice. 

Ha llegado Semana Santa y es evidente que la práctica se va diluyendo con el tiempo. Cada vez son menos las familias que se reúnen alrededor del fogón, pero personas como Mareli Oñate o Arisleida Salinas persisten en el oficio como una manera de honrar la tradición de sus antepasados.

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