Ilustración: Camila Bolívar
Ilustración: Camila Bolívar
Chocó Reportajes

Arnoldo Palacios, el escritor que puso al Chocó en el mapa de la literatura colombiana

En las tres obras que escribió en sus 91 años, el escritor, oriundo de Cértegui, denunció el olvido estatal al que estaba sometido su territorio. Desde Europa, donde vivió la mayor parte del tiempo, siguió hablando del Chocó
¿Cómo se hizo este trabajo?
Consulté las entrevistas escritas y en video que le realizaron a Arnoldo Palacios; hablé con su sobrino, con un amigo cercano, con un periodista del Chocó, un experto en literatura afrocolombiana, el director de la fundación que lleva el nombre del escritor y con un beneficiario de la beca que otorga la misma.

Arnoldo Palacios tenía ocho años cuando le pagó 10 centavos a una gitana para que le adivinara la suerte. “Tú no vas a vivir acá, vas a vivir en el extranjero. A los 20 años ya no estarás acá, te vas a casar con una mujer rubia y en la línea de la mano dice que tendrás una vida larga”. Tenía razón. Lo que no le dijo fue que antes de irse del país escribiría ‘Las estrellas son negras’ su primer libro; la obra en la que retratará la pobreza, el hambre y el olvido estatal del Chocó y por la que será considerado uno de los máximos exponentes de la literatura afrocolombiana.

La visión de la gitana era una fantasía para un niño como Arnoldo Palacios, quien en la década de los 30 vivía en Cértegui, un municipio pequeño y rural del Chocó –que para ese momento ni siquiera había sido declarado departamento–. Palacios, desde los dos años tenía las piernas paralizadas a causa del polio y sólo tenía una camisa y una pantaloneta que usaba cuando iba de su vereda al pueblo. 

En Cértegui, su pueblo natal, Arnoldo Palacios empezó a acercarse a las letras. “Había un librito que se llamaba ‘Lecturas escogidas’ que pasaba de mano en mano. Ahí comencé a leer, no había más. Tenía las hojas desprendidas, pues lo había leído todo el mundo (...) En esos tiempos leía todo lo que llegaba al pueblo”, le dijo a la revista Bocas en 2015. Ese gusto por la lectura se lo atribuyó al polio porque, para él, esa fue la única forma de pasar sus días cuando no tenía cómo moverse a causa de la parálisis. 

La primera vez que escribió un texto propio fue a los 12 años cuando murió Ana Zoila, a quien a veces catalogaba como amiga y otras como prima. “Creo que allí nació la expresión directa de la necesidad de escribir por alguna razón”, le dijo a Bocas. José Venancio Palacios, sobrino del escritor y quien ha trabajado para preservar y divulgar la obra de Arnoldo Palacios, dice que el gusto por la lectura y la escritura de su tío no fue inculcado ni impulsado por la familia. Pero cree que su abuelo, un carpintero que lleva su mismo nombre, tuvo un peso importante en ese gusto: “era un hombre inquieto que se la pasaba leyendo periódicos y motivaba a sus hijos a educarse”. 

Tal vez por eso, más de la mitad de sus siete hijos siguieron ese camino. Además de tener un hijo escritor, su hija Elba Palacios fue la primera normalista de Cértegui; su hijo mayor, que llevaba su mismo nombre, fue periodista empírico; y otro más que murió joven, se graduó como ingeniero. Quizá por la enseñanza de su padre y porque en esa época estudiar era un lujo, Arnoldo no dudó en aceptar las dos becas que se ganó para terminar su bachillerato: primero en el Colegio Carrasquilla de Quibdó y luego en el Colegio Camilo Torres en Bogotá.

— Tú vienes de un departamento en el cual se camina sobre toneladas de oro y platino; pero, sus habitantes son pobres, pobres. ¿Cómo harás para sostenerte y estudiar en Bogotá? — le preguntó José María Restrepo, rector del colegio en Bogotá. 

— Quien vive en el Chocó, queda equipado para vivir en cualquier parte del mundo — le respondió Palacios.

La inspiración siempre en el Chocó

Palacios llegó a la capital en 1943. Tenía 19 años y un sueño: escribir en el semanario ‘Sábado’ en Bogotá. El periódico llevaba el nombre del día en que circulaba y, a pesar de ser de ideas liberales, tenía como fin alejarse de la prensa escrita del país que en ese entonces se dedicaban a hablar de política entre liberales y conservadores. “Soñaba escribiendo y que me publicaran como a Juan Lozano, en una página grande e importante”, contaba, y lo logró. 

Estuvo cuatro años publicando sus escritos en ‘Sábado’ y aprovechó la oportunidad que tenía de ser leído para visibilizar las realidades del Chocó. Años después, esto se convirtió en su filosofía como escritor: “El escritor debe tomar partido. ¿Cómo es posible que (estemos) rodeados de matas de plátano y no exista un plátano en la mesa de los chocoanos?”, dijo Palacios en la década de los 90 en una entrevista al medio Chocó 7 días en referencia a las necesidades que pasaba el departamento.

En sus escritos Palacios quería contar el olvido estatal al que estaba sometido su territorio. Contar, como lo hizo en el artículo ‘Heraldos de un nuevo día’, la riqueza minera del Chocó que lo posicionaba como el primer productor de platino, el segundo de oro y el tercero de plata en el país, “cuyos mejores resultados se los traga la compañía “Chocó-Pacífico”, para la fortaleza de los Estados Unidos”, mientras los habitantes seguían explotando los minerales de forma rudimentaria.

Quizás el artículo en el que más mostró su indignación con la poca importancia que tenía su territorio para Colombia fue “Chocó, país exótico”.  En ese texto, Palacios contaba por medio de pequeñas historias cómo el Chocó parecía un país aparte: una mujer que dice que no se puede casar con un chocoano porque él no es colombiano, una carta del ministerio de Hacienda en el que se refería al Chocó como un municipio, cuando era una intendencia; el convencimiento de los habitantes de la costa chocoana de que son panameños y no colombianos. 

“Era bello el panorama. Pero desconcertante, pensar que a pesar de tantos siglos de existencia, el progreso se encontraba tan lejano, y la vida de los campesinos discurría como cuando vinieron los españoles”, escribió. En el artículo por ejemplo, apoyaba que el Chocó fuera declarado departamento y hablaba de una “postración económica” que no se iba a levantar mientras “subsista el abandono en que mantiene a la intendencia la nación”. Contar las realidades del país y del Chocó también se había convertido en su motor para escribir. “Gracias a la literatura he tenido más conciencia de los problemas, mi deber es mostrar la situación social y ayudar a encontrar caminos”, dijo décadas después.

Esa conciencia de la que hablaba no era nueva. La había construido con su propia historia, con las necesidades que había vivido en Cértegui y en Quibdó y con las que vivía en Bogotá. También con la ideología de su padre, un liberal que llevó esas banderas en un municipio conservador. 

Palacios también acompañó la campaña y fue seguidor de Diego Luis Córdoba, un político liberal chocoano que se identificaba con el socialismo y que estuvo 14 años en el Congreso representando a las comunidades negras de Antioquia. Córdoba fundó su propio partido, que en ese momento catalogó de izquierda, conocido como el Cordobismo, que buscaba crear políticas sociales y económicas para las necesidades del Chocó. Ya en Bogotá apoyó y siguió los discursos en plaza pública de Jorge Eliécer Gaitán.

Pero, Palacios, a la par se embarcó en una mayor apuesta: escribir su libro. Lo hizo en Bogotá, en una máquina de escribir que Carlos Martín, poeta y entonces ministro de Educación, le prestaba de 12 a 2 o después de las 5 de la tarde, las horas en las que dejaba la oficina. Así, por partes, escribió ‘Las estrellas son negras’, que narra un día en la vida de Irra, un joven en Quibdó que se levanta, no tiene qué comer y busca cómo ganarse unos pesos para saciar el hambre. La terminó el 8 de abril de 1948. Al día siguiente asesinaron a Gaitán.

Cuando supo de su asesinato, Palacios se fue a una emisora, llamó a Cértegui, y dio la noticia. “(dije) que Bogotá estaba en llamas, que el pueblo se había levantado, que había que tomarse el poder y que había que tener mucho cuidado con los conservadores”, contó. Al siguiente día supo que el libro que acababa de terminar se había quemado en medio del Bogotazo, la revuelta que vivió la capital tras el asesinato de Gaitán. Pero Palacios, impulsado por amigos cercanos, aprovechó los días de toque de queda impartidos en la ciudad para reescribir su libro en dos semanas.

El libro fue publicado en la editorial Iqueima de un editor español que estaba exiliado en Colombia y un fragmento de la obra salió en ‘Sábado’ luego de que Arnoldo Palacios le diera un ejemplar al director del periódico. El joven periodista Gabriel García Márquez lo criticó: “un gastado molinillo de resentimiento racial, la mediocridad técnica y la insignificancia humana de su protagonista”, escribió en ese momento. 

Críticos como Hernando Tellez, el más importante de la época a nivel nacional, resaltaron la importancia de la obra. Así lo recuerda Darío Henao Restrepo, decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad del Valle y director del doctorado en Estudios  Afrolatinoamericanos: “Cuando aparece la novela, Tellez dice que es la novela más importante que ha hecho Colombia en ese año”. Décadas después, el escritor y crítico literario Óscar Collazos resaltaría de la obra “la tremenda denuncia social que hay detrás de su historia, el descubrimiento de un mundo de miserias inédito en la novela de la época (...)”

Henao, de la Universidad del Valle, explica que Palacios fue pionero en varios aspectos: “Fue la primera voz que construyó una visión dura y profunda sobre el hambre y la miseria desde un ámbito psicológico, desde el sentir afrocolombiano. Fue pionero en incorporar el habla popular de las poblaciones negras en el Chocó y de hacer todo esto desde una obra de ficción”. Pero Palacios no fue un referente sólo a nivel nacional. 

Fermín Mosquera, director de la fundación Arnoldo Palacios cuyo propósito es divulgar la obra del escritor, dice que cuando el libro fue publicado, el referente más cercano era La Vorágine por ser una novela de denuncia social. «En ‘Las estrellas son negras’ también hay una denuncia por el hambre, la miseria, el abandono y la discriminación. Para nosotros también es una reivindicación social, un grito de libertad, un campanazo que dice ‘¿qué le está pasando al Estado con su responsabilidad en estos territorios?’», cuenta Mosquera.

Arnoldo Palacios y la persistencia de su obra

Un año después de publicada ‘Las estrellas son negras’, Palacios se iría del país rumbo a Francia gracias a una beca del gobierno colombiano que se ganó cuando, según él contaba, el congresista Diego Luis Córdoba, metió un mico en una ley para que las becas César Conto cubrieran también el Chocó. Llegó al país europeo en septiembre de 1949 y de ahí en adelante hubo pocos detalles sobre su vida. Aprendió varios idiomas como francés, ruso e italiano, fue traductor, visitó África y se movió por varios países europeos.

Se sabe, de boca del mismo Palacios, que fue invitado al Congreso Internacional de la Paz en Varsovia en 1950 como representante de Colombia y que tras hablar de la violencia bipartidista que vivía el país, el gobierno colombiano le retiró la beca. Palacios también contaba que sus relaciones en Europa siempre fueron de izquierda y se relacionó con grandes intelectuales africanos que lideraron movimientos independentistas y con otros estadounidenses y franceses que luego impulsaron movimientos por los derechos de los pueblos afro y negros. 

Darío Henao, director del doctorado en Estudios Afrolatinoamericanos, cuenta que Palacios fue un puente clave para la escritura afrocolombiana: “Fue él quien generó la relación entre el campo intelectual afrocolombiano con el campo intelectual africano y afroantillano. Por ejemplo, él conoce a Frantz Fanon y a su obra ‘Los condenados de la tierra’, que influenció y fue clave para los movimientos independentistas africanos y por él es que estas obras empiezan a moverse entre intelectuales afrocolombianos con los que él ya se relacionaba en Bogotá”.

Para Palacios, mover la obra de los autores con la única pretensión de darla a conocer, era clave. La práctica no sólo la ejercía, también la promovía. Por ejemplo, a su amigo Hermes Sinisterra le dijo una vez: “Si usted llega a escribir un libro, procure crearle pies a ese libro. ¿Sabe cómo los crea? Cuando no se vende, cuando se regala, cuando va de mano en mano porque no todos tienen la forma de comprar un libro”. Así lo hizo con la literatura colombiana en el extranjero y así lo hizo con su propia obra.

Palacios hizo su vida en Francia junto a Beatrice Palacios, tuvo cuatro hijos y vivió en una casa que le regaló el gobierno Francés y que él escogió: tenía 300 años de antigüedad y techo de paja. Ahí crió a sus hijos como lo hubiera hecho en el Chocó en los años 30 porque ese hilo entre Palacios y su departamento nunca se soltó. La conexión era tan fuerte que él mismo contaba que cuando escribió “La selva y la lluvia” y se dedicó al apartado de Chocó, se ensimismó tanto en su relato que empezó a sudar como lo hacía en la selva de su departamento. La historia podría haber pasado desapercibida si no fuera porque la escritura transcurrió en medio de un fuerte invierno en Budapest, Hungría.

‘La selva y la lluvia’ fue publicado en 1958 por una editorial rusa. En sus páginas contó la violencia bipartidista desde los años 30 hasta el asesinato de Gaitán en 1948 a través de las voces de varios personajes que van desde la selva del Chocó hasta la ciudad de Bogotá. “También (contó) los numerosos obstáculos y violencias que una persona racializada debía enfrentar y vivir durante la crisis social que significó la violencia partidista”, contó Ángel José Batista, en su investigación sobre la obra.

El libro sólo llegó a Colombia unos treinta años después, a mediados de los 80, cuando la Biblioteca Nacional encontró un ejemplar de la obra firmado por Arnoldo en medio de la biblioteca personal que había donado el exministro de Educación, Germán Arciniegas.

Palacios volvió de forma intermitente a Colombia, en especial a Cértegui. Lo visitaba cada 10 o 15 años y cuando llegaba siempre había un sector del municipio que se reunía a esperarlo, lo aplaudía y le hacía una pequeña calle de honor. Fue en uno de sus regresos, a mediados de los años 90, que ‘Las estrellas son negras’ se reeditó y tomó más impulso, en especial en el sector académicos, como las universidades, que empezaron a investigar más sobre su obra y su valor.

Desde Francia también siguió hablando, no sólo del Chocó, sino de su vida en el Chocó. En el 1998 publicó en la revista Magazine un texto titulado ‘la marca del hierro’ en el que, a partir de la cicatriz que tenía su bisabuela al haber sido marcada con hierro como esclava, explorada lo que había representado para ellos la esclavitud.

Decía, por ejemplo, que habían sido despojados de la historia familiar porque ni siquiera tenían un apellido propio. El de su bisabuela venía del apellido del blanco al que ella perteneció. “¿Qué representa, desde nuestros días, la abolición de la esclavitud? Es innegable que nosotros, los otros negros, continuamos viviendo sobre el peso de la esclavitud. Sus efectos están presentes, como lo demuestra mi propia experiencia”, escribió. 

En la primera década de este siglo regresó a Colombia y en 2009 publicó su última obra, una autobiografía que lanzó en el marco de la Feria del Libro de Cali número 15. Se llamó ‘Buscando mi madrededios’, como le dicen los chocoanos a buscar cómo ganarse el pan cada día. Sus últimos días los pasó en Bogotá donde vivía con una de sus sobrinas.

Murió el 12 de noviembre de 2015 después de algunos reconocimientos que le hicieron por su aporte a la literatura colombiana, como el de entregarle la Cruz de Boyacá, que es la máxima distinción que da el gobierno a ciudadanos destacados. Un año después de su muerte, la Fundación Arnoldo Palacios que nació en Francia para impulsar a otros escritores, se convirtió en un espacio para divulgar su obra y se trasladó, primero a Cali y luego a Cértegui. 

“Para nosotros los chocoanos Arnoldo Palacios es una voz autorizada para reivindicar los derechos de nuestro pueblo. Esa fue su gran preocupación porque para la época en que la escribió, el Chocó padecía la ausencia del Estado”, asegura Fermín Mosquera, director de la fundación. Pero también dice que a pesar de que han pasado más de siete décadas, la importancia de su obra también radica en que esas denuncias siguen vigentes.

Mosquera cuenta que aparte de dar conocer la obra del escritor que admiró, también buscan impactar en la vida de los certegueños y lo han hecho por medio de una beca que lleva el nombre del escritor. El monto es de unos mil dólares (unos 4 millones de pesos) a los dos mejores estudiantes del municipio. “Su hijo Pol fue el ideólogo de la beca, consideró que si su papá salió del Chocó con todas las dificultades de la época y los impedimentos físicos que tenía por el polio, y había tenido un impacto nacional, podíamos seguir impulsando a otros jóvenes para que hicieran su camino y pudieran soñar en grande”, dice. 

Daniel Palacios fue uno de ellos. Hace dos años, cuando tenía 17, ganó la beca Arnoldo Palacios por ser el mejor puntaje del Icfes en el municipio. Le dieron 2 millones de pesos que le sirvieron para pagar las cuotas que debía del semestre de ingeniería de sistemas que cursa en línea.  Para él, el aporte que hace la beca, e hizo el escritor del que escuchó hablar en el colegio, es clave para el municipio. “Es muy importante para iniciar porque no todos contamos con los recursos o las oportunidades para dar el primer paso”, afirma. Por ahora le faltan tres semestres para terminar el  pregrado y sigue alternando sus estudios con trabajos ocasionales como el de la construcción, pero dice que sin ese primer empujón económico que le dio la beca, hubiera sido aún más difícil. 

El nombre de Arnoldo Palacios quedó resonando en Chocó, no sólo por la fundación que lleva su nombre y busca abrirles la puerta a otros jóvenes, sino por el aporte de su literatura. En su honor, la biblioteca departamental ubicada en Quibdó lleva su nombre y aún hay docentes que le apuestan por divulgar sus escritos. Yurlis Mosquera, profesora en Tadó nos contó que en las clases de español que dictó hablaba sobre él. “No tuvo que escribir cien obras para ser el escritor más grande del Chocó”, dice el periodista Jorge Salgado. 

Pero Hermes Sinisterra, amigo de Palacios, asegura que en el Chocó aún no se le hace justicia a la importancia de Palacios: “La verdad sea dicha, él muere y no logra un impacto que mueva la esencia certegueña o chocoana. Cuando venía de visita, la gente era más bien indiferente, creo que no dimensionaron su importancia. A pesar de eso es uno de los escritores más conocidos del departamento”.

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  • Edilberto
    Feb 27, 2024
    Me encanta la historia y la forma en que está contada. Muy entretenida.

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