Llueve, pero la casa está tibia. El agua golpea despacio el techo y se cuela en el silencio. Es jueves, aunque eso ya no importa. Desde hace años, me dicen, los días dejaron de tener nombre. Solo sabemos que hoy (6, 7, 8 de abril) sigue el juicio: que hablarán los testigos, que la defensa del coronel (r) David Herley Guzmán Ramírez tomará la palabra, que después vendrá el turno de las víctimas. Como si las palabras pudieran devolverte.
Pero esta carta no empieza hoy. Empieza un martes de finales de agosto, cuando saliste de la casa donde te estabas quedando en Medellín. La mañana era como tantas: el ruido espeso de la calle, la gente apurada, esa forma silenciosa de la esperanza que es buscar trabajo. Llevabas meses en lo mismo: preguntar, insistir, llamar a la casa de vez en cuando y decir que estabas bien, aunque no siempre fuera cierto.
Dicen que ese día alguien se te acercó. No lo conocías. Nadie sospecha de una promesa cuando lleva tanto tiempo esperándola. Te habló de un trabajo en Dabeiba, algo estable. Tenías 25 años y te fuiste con ellos.
En algún punto de la carretera, entre Medellín y Dabeiba, todo se detuvo. Los hicieron bajar. Les ordenaron tirarse al suelo. No hubo tiempo para entender. No hubo preguntas. Después, el disparo. Era el amanecer del 31 de agosto de 2005. Lo demás aparece en versiones, en declaraciones, en fragmentos de verdad que otros dijeron ante la justicia.
Desde entonces, Jhon, ellas llevan más de veinte años escribiéndote sin respuesta. Defendiendo tu nombre como si fuera lo único que les queda intacto. Buscándote en fosas, en papeles, en versiones que cambiaban. Hace apenas dos años les devolvieron tu cuerpo. Pero a ti te siguen buscando.
Tu madre, Amparo, no descansó nunca. Convertir tu ausencia en una búsqueda fue su manera de sostenerse.
Mandó mensajes, grabó videos, les habló a quienes te arrebataron porque, aunque no quisieran, todavía tendrían que escuchar el peso de una madre. Les pidió que se pusieran la mano en el corazón, que pensaran en su dolor, que le dijeran dónde estabas para poder enterrarte. Para poder, al menos, cerrarte los ojos.
Y cuando hablaron, cuando dijeron la verdad a medias que alcanzaron a decir, ella les agradeció. Imagínate eso, muchachote —me dice Amparo—: agradecerles a quienes participaron en tu muerte. Agradecerles por reconocer que no eras un delincuente. Que no eras ese nombre que quisieron imponerte.
Tu historia, la tuya, quedó metida en un expediente junto a la de otros treinta y cuatro hombres. Dicen “Subcaso Dabeiba”, dicen “ejecuciones extrajudiciales”, dicen cifras: 6.402 víctimas. Pero ninguna de esas palabras alcanza a decir quién eras. Ninguna dice cómo te reías, cómo hablabas, qué soñabas cuando decidiste irte a Medellín.
Ellas sí. Por eso te escribo. Porque antes de ser un caso, fuiste suyo. Porque antes de ese amanecer, eras un hijo, un sobrino, una vida que no cabía en ningún informe.

***
—A mí me llamaron de la Fiscalía y me preguntaron por Jhon Jarvi. Me preguntaron qué hacía él, con quién se mantenía. Y yo les dije: “¿Ustedes conocen a sus hijos? Yo también conozco al mío. Meto las manos al fuego por él. Y que el Dios que está en el cielo me castigue si mi hijo era guerrillero”.
Te lo digo como lo dijo tu mamá, Jhon, sin cambiarle una palabra. Amparo y Esneda defendieron esa verdad como un puño hasta que algunos partícipes del crimen lo admitieron: que eras un muchacho de La Sierra, Antioquia. Que quería sacar adelante su casa. Que nunca usaste un arma.
Por eso —intento entender mientras la escucho— habla de agradecimiento. “Doña Amparo —le dijo alguna vez uno de los comparecientes—, donde yo tenga la oportunidad, yo limpio el nombre de Jhon Jarvi, porque él no era guerrillero”.
Entonces les pregunto a Amparo y Esneda por ti. Por quién eras antes de todo esto. Antes del expediente y de la palabra que quisieron imponerte. Tu tía responde primero, como si te estuviera viendo todavía:
—Era un joven muy callado, muy solitario, que quería salir adelante. Quería trabajar, tener su familia, sus hijos. Le gustaban mucho los niños. Uno lo veía serio, con esa cara como de bravo, pero si uno le hablaba, él respondía bien, conversaba.
Y mientras la escucho, intento imaginarte así: serio por fuera, conversador cuando alguien lograba acercarse. Después tu mamá completa ese retrato:
—Él soñaba con eso: salir adelante. Por eso se fue para Medellín a buscar trabajo. Como todo joven, quería tener sus cosas, su casa, y ayudarme a mí. Yo fui madre cabeza de hogar. El papá nos dejó desde que yo estaba embarazada. Yo estaba muy joven. Entonces él quería eso: ayudarme.
Te reconstruyen en lo mínimo: en el tono de la voz, en la forma de sentarte, en esa idea insistente de salir adelante. Les pregunto por el momento en que empezaron a decir que eras guerrillero. Se miran antes de responder, porque todavía duele decirlo en voz alta.
—Fue una tristeza muy grande —dice tu tía—. Y una decepción. Porque uno decía: “Pero los vecinos lo conocen, se criaron con él… ¿cómo van a creer eso?”. Hace una pausa.
—Algunos sí nos dijeron: “No, nosotros sabemos que él no era así”. Pero otros sí creyeron. Y eso dolió mucho.
Después les pregunto por los primeros años. Por ese tiempo en que no sabían qué había pasado contigo. La historia se devuelve, se enreda, como pasa con casi todos los recuerdos.
—Él se fue para Medellín en diciembre de 2004 —dice tu tía—. Y lo mataron en agosto de 2005. Él llamaba cada quince días, a veces cada mes. Llamaba a la casa de mi hermana Marta, que tenía teléfono fijo, y dejaba razones: “Dígale a mi mamá que estoy bien, que estoy trabajando”.
Después, el silencio.
—Nosotros venimos de una familia así —explica—. Con hermanos que se iban y duraban años sin aparecer. Uno duró hasta doce años sin dar razón. Entonces pensamos que a él le estaba pasando lo mismo. Que estabas enamorado, que tenía mujer e hijos.
Durante años, tu ausencia tuvo una explicación posible, hasta que dejó de tenerla.
—Ya después de cuatro o cinco años —dice— empezamos a pensar: “Amparo, ¿y si le pasó algo?”. Porque ya había muchos casos de muchachos desaparecidos en el pueblo.
Pero tu mamá no lo aceptaba. Decía que no, que no podía haberte pasado nada. Hasta que puso la denuncia y entonces la llamaron.
—Le dijeron: “Sí, en efecto, a su hijo lo mataron”. —Hace una pausa—. “Lo mató el Ejército. Y lo mataron porque era guerrillero”.
Y ahí, Jhon, empezó otra búsqueda.
***
—Ahí fue cuando nos dimos cuenta de que el Estado no era el Estado que nosotros pensábamos. Que no estaba de parte de nosotros. Que ni siquiera quería ayudarnos a saber qué había pasado con él —cuenta Esneda.
Insistían. Una y otra vez.
—No, no, no, es que lo mataron porque era guerrillero. Nos mentían.
Hasta que alguien, un hombre del Ejército —no recuerdan bien el rango, solo el tono— le dijo a tu mamá algo que todavía hoy les arde repetir:
—Vea, señora, no se preocupe tanto. A ese muchacho se lo pagan. Con esa indemnización usted puede vivir muy bien.
Te lo digo despacio, Jhon, porque incluso escuchándolo ahora cuesta entenderlo. Tu madre lo insultó. Salió de esa oficina llorando. Y ahí, mientras le repetían que tú eras lo que no eras, se terminó de romper algo más:
—Ahí perdimos la confianza —dice tu tía—. La decepción completa del Estado. Total.
Desde entonces, la búsqueda cambió de forma. Tu mamá empezó a preguntarte en todas partes.
—A los amigos, a la gente que venía de Medellín, les decía: “¿Ustedes por casualidad no vieron a Jhon Jarvi?”.
—Ella era muy callada —me dice Esneda—. Todo eso lo asumió sola. No le gustaba que le preguntaran, que hablaran de eso. Para Esneda y Amparo la oración y el silencio fueron otro lugar de búsqueda. El refugio ante tantas vulneraciones recibidas por el Estado colombiano.
—Ella le pedía a Dios que le diera vida para encontrarte —dice tu tía—. Que no la dejara morir sin haberte encontrado. Te buscaba así, Jhon, pidiéndole tiempo a la vida.
—Nosotras somos las dos menores. Siempre hemos sido muy unidas… pero yo me vine a enterar tarde. Muy tarde. Yo ya estaba casada. Nadie me dijo nada. Como a Amparo no le gustaba hablar de eso, nadie tocaba el tema.
Pasaron cinco años.
—Yo fui de vacaciones y pregunté: “Bueno, ¿y Jhon Jarvi? Hace años no lo veo”. Y ahí fue cuando ella me dijo: “No, él se fue para Medellín. No volvió. Y la Fiscalía dice que lo mataron”.
Cinco años, Jhon, sin que tu nombre pudiera decirse en voz alta.
—Entonces yo empecé a respetar ese dolor —dice—. No le hablaba de ti. Pensaba que lo que necesitaba era estar sola. Que si yo insistía, la iba a hacer sufrir más.
Ahora lo ve distinto.
—Hoy pienso que tal vez hubiera sido mejor insistirle, sacarla de ese silencio… pero en ese momento no sabía.
El silencio también fue una forma de quererte. Hasta que un día tu mamá habló.
—Esneda, necesito que me acompañes a hacer todas las vueltas en la JEP.
Desde entonces, Jhon, te buscan juntas.

***
Y después pasó algo que tampoco es fácil de entender. Tu mamá lo dice sin suavizarlo:
—Nosotros pensábamos que los asesinos eran unos hijueputas.
Así, sin rodeos. Pero un día se sentaron frente a ellos. En Medellín. Después en Dabeiba. Más de cuatro horas hablando con los hombres que participaron en tu asesinato.
Te imagino en medio de esa escena, aunque no estuvieras. Ellos también hablaron de su propia caída.
—Nos contaron el drama que estaban viviendo —recuerda tu mamá—. Que después de confesar, sus familias ya no eran las mismas. Uno dijo que la mujer dejó de hablarle. El otro, que el hijo se quería cambiar el apellido, que los papás no lo querían ver.
Y entonces tu tía hizo una pregunta que todavía queda flotando en el aire:
—¿En qué momento ustedes se deshumanizaron? ¿Por qué lo hicieron?
La respuesta cabe en una sola frase, pero pesa como todo lo demás junto:
—Por un ascenso. Por un curso en Estados Unidos. Por unas vacaciones. Y esa noche, por un arroz chino con Coca-Cola.
Te lo escribo así, Jhon, porque así lo dijeron. Durante esas horas hubo de todo: rabia, reproches, silencios largos. Momentos en que alguien intentaba reír y terminaba llorando.
Uno de ellos se quebró. El otro se sostuvo en una calma que, dicen ellas, no era real.
—Perdimos tanto la humanidad —les dijeron— que ni siquiera pensábamos en lo que hacíamos. Eso era normal. Nos habían adoctrinado. Nos decían: “No quiero heridos. Quiero muertos y tancados de sangre”.
Te escribo esto sin adornos, Jhon, porque no los tiene. El 21 de marzo de 2024, muchos años después, te devolvieron. Una ceremonia en La Sierra y tu cuerpo regresando después de casi dos décadas de búsqueda, de versiones, de espera. Diecinueve años, Jhon. Diecinueve años sosteniendo tu nombre mientras otros lo ensuciaban. Desde entonces, tu mamá dice que algo cambió. Que dejó de vivir con rabia.
—Antes, cuando escuchaba que mataban militares, yo decía: “Eso, que les den duro”. Hasta que un día pensé: “¿Qué estoy haciendo? Yo misma me estoy destruyendo”.
Y entonces vino la pregunta que llevaba años guardando:
—¿Cuáles fueron las últimas palabras de mi hijo? ¿Se asustó? ¿Lloró?
Del otro lado, la respuesta:
—No, doña Amparo. Él no sabía para dónde iba. Tal vez ni siquiera se dio cuenta de la muerte. No sé si eso consuela, Jhon. Pero ellas lo guardan como algo cercano a la paz.
***
También cambió otra cosa. Cuando llegaron por primera vez a la JEP, no creían en nada de eso. Tu tía me lo dice sin rodeos:
—Íbamos muy decepcionadas. Para nosotros todo lo del Estado era lo mismo. Pensábamos: “Vamos a salir igual”.
No querían justicia restaurativa. Querían cárcel, castigo, años.
—Que se pudrieran allá —dice.
Eso era lo que parecía justo, aunque algo empezó a moverse en los encuentros.
—La gente que estaba ahí —dice— nos trataba con respeto. Con ese “estoy en tus zapatos”. Como si de verdad quisieran entender. Y entonces usa una imagen:
—Nosotras estábamos como en un océano, solas, luchando contra todo. Y ellos nos tiraron un salvavidas.
Se aferraron a eso, con uñas, con dientes. Hasta que un día se hizo otra pregunta.
—¿Qué queremos?
Y la respuesta cambió todo: no era verlos presos, sino encontrarte, saber qué había pasado, saber por qué. Tenerte en casa.
—Queríamos a Jhon Jarvi —dice—. Eso era lo primero.
Después vino el momento de sentarse frente a ellos. Pensaron que estaban listas, pero no lo estaban.
—Volvió la rabia —dice Esneda—. El odio. Las ganas de devolverles todo.
Pero se quedaron. Y preguntaron lo que más les dolía: si habías sufrido, si te habían golpeado, si habías tenido miedo.
—Cuando nos bajamos del bus —les dijeron—, él no sabía. Nunca supo que no era un trabajo.
Y entonces, en medio de todo, algo parecido al alivio, porque, dicen, no hubo tortura, no hubo tiempo para el miedo.
—Es increíble —dice tu tía—, pero uno dice: gracias a Dios.
También hubo otro momento. Cuando dijeron en voz alta que no eras un criminal.
—Eso fue como un nuevo nacimiento —dice—. Como si se parara y dijera: “Aquí estoy otra vez”.
Un renacer de tu nombre, una forma de devolverte. Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, también hubo alegría. La de poder decirles a otros:
—¿Ve? No era lo que ustedes pensaron.
Y también dicen esto: que encontrarte fue un milagro. Encontrarte entre miles. Encontrarte después de tanto. Que a veces, Jhon, la justicia se parece más a eso. A un milagro.
***
Hablamos de quienes hacen política cuestionando la JEP, la verdad y la búsqueda, esos derechos que solo son de las víctimas y su dolor. Esneda es firme:
—No sé qué decirle a esa gente, a los que hablan desde afuera. Porque cuando no es tu hijo, cuando no es tu mamá, cuando no es tu sangre, uno no siente igual, no siente la humanidad. Es muy fácil decir: “¿Y el castigo?, ¿y la cárcel?”. Pero ellos no están ahí, no saben. A nosotros desde el principio nos dijeron cómo era, que la justicia era restaurativa, que ellos iban a tener una sentencia, pero otra. Y yo al principio no quería eso. Yo quería que se pudrieran en la cárcel, cien años, lo que fuera.
»Pero después uno empieza a pensar: ¿y yo qué quiero?, ¿qué gano con eso?, si igual no me van a decir qué pasó, dónde está, por qué. Entonces uno cambia. Uno dice: yo quiero encontrarlo, quiero saber la verdad, tenerlo en la casa. Eso es lo primero.
»Y cuando empiezan a decir la verdad, eso ya es algo, eso lo va restaurando a uno. La gente no entiende. Dicen: “¿Un mural?”. Sí, porque ahí está, ahí está mi muchacho. Es la memoria de él, no lo que dijeron en las noticias, no lo que dijo el Ejército.
»Uno les dice: “Póngase en mi lugar, que le quiten a su hijo y que diecinueve años después le digan que puede saber la verdad, pero no verlo en la cárcel”. Al principio dicen que no, pero después dicen que sí, que harían lo que fuera.
»Eso es ponerse en los zapatos de uno.
»Porque lo primero es que aparezcan, que uno sepa la verdad. Lo demás viene después. Y si este mecanismo se desmonta, lo que viene es la impunidad. Volver a cero. No saber qué pasó, ni dónde está, ni tener siquiera a quién preguntarle la verdad. Nada.
»Nosotras sentimos que el país no entiende, está dividido. Hay gente que habla desde su casa, desde un escritorio, con su familia completa, con comida, con trabajo, con una vida tranquila. Para ellos es muy fácil decir que no existen los falsos positivos, que todo es mentira.
»Pero nuestros hijos no son un número de cédula. No son una cifra. Son personas. Son dignidad. Nosotros no estamos buscando solo un cuerpo. Estamos buscando la dignidad de este muchacho, el derecho que tenía a estar vivo.
»Entonces uno piensa que no es solo falta de empatía. Es falta de humanidad. Esa humanidad que es la que permite entender el dolor del otro. Y es triste que a veces la gente solo entienda cuando la violencia le llega a su casa. Cuando no solo toca la puerta, sino que entra. Ahí sí entienden lo que significa esto. Lo que significa la JEP para una familia. Para una madre. Para un hijo. Pero ojalá no tuvieran que vivirlo para entenderlo.
***
Antes de irme, Jhon, les hago la última pregunta. Qué te dirían hoy, si pudieran hablarte. Se quedan en silencio un momento.
—Muchachote —dice tu tía—, no merecías lo que pasó. Tenías 25 años. Tenías planes. Tenías toda una vida por delante. Quisieron taparlo todo. Quitarte la dignidad. Pensaron que nadie iba a saber, que nunca Colombia se iba a enterar, que menos tu familia iba a llegar hasta aquí.
Hace una pausa.
—Pero tu mamá lo logró. Esa mamá que te parió tumbó ese muro. Ese muro que habían levantado para esconder tu nombre, tu cuerpo, tu dignidad. Y esa guerra que ellos empezaron… aquí la perdieron. Se la ganamos.
No con lo mismo.
—Mientras ellos mataban y ocultaban, nosotras seguíamos buscando. A ellos se les volvió una guerra interna. Y nosotras la ganamos distinto. La ganamos con amor.
Lo repite.
—Con amor, con la verdad, con el perdón. El amor al prójimo —dice— es no desearle a otro lo que me tocó a mí. Es querer que la vida del otro sea mejor que la mía. Hoy perdonamos. Por amor a ti.
Y entonces vuelven a ti.
—Moriste en una guerra que no era tuya, que no te pertenecía. Pero aquí estamos, seguimos viviendo. Y te llevamos con nosotras siempre. Siempre.




