La Guajira San Juan del Cesar Perfil

Lucía o el derecho a habitar su propio cuerpo

Desde que era una niña, Lucia* ha resistido a malos comentarios, dificultades para acceder a la salud, y hasta amenazas. Hoy, después de miedos, rechazos y luchas, se ha involucrado en espacios de participación de la comunidad LGBTIQ+ donde, a través de su historia, alza la voz para ayudar a otros.

Lucía* tenía ocho años cuando empezó a advertir que algo no encajaba. No era una idea clara ni una revelación súbita, quizás podría decirse que era más una sensación persistente, casi corporal. Para su familia y para el mundo era un niño, pero ella no se reconocía ahí. “Me gustaba jugar con mis amigas, mi voz no era la de un niño y tampoco me veía como uno”, dice ahora.

Esa certeza íntima convivía con otra experiencia más áspera: la de las burlas. En el recreo, en la calle, en los gestos de los otros, Lucía aprendió temprano que ser distinta tenía un costo.

La pregunta empezó a repetirse como un murmullo insistente —¿por qué soy distinta a los demás?— sin encontrar todavía una respuesta que pudiera nombrarse.

Sus padres no la rechazaron. Más bien observaron, con atención y sin nombre, que en su cuerpo había rasgos que no coincidían con los de un niño y que su manera de estar en el mundo también era distinta. A los quince años, todavía atravesados por el desconcierto, decidieron buscar respuestas que no se agotaran en lo evidente. Vinieron entonces las citas con endocrinología, el acompañamiento psicológico, los exámenes. Un recorrido largo que terminó por ponerle palabras a lo que hasta entonces había sido intuición. “Fue ahí cuando confirmaron mi diagnóstico de intersexualidad”, cuenta Lucía.

Con el tiempo, el liderazgo se volvió para ella una forma de hacerse lugar. Participa en espacios que desbordan la comunidad LGBTIQ+ y se extienden hacia organizaciones de mujeres y procesos de acompañamiento a víctimas del conflicto armado. No solo para estar, sino para decir: para convertir su historia en una voz que también sirva a otros.

Hubo también un impulso decisivo. Vino de un amigo: Edilberto Vivanco, referente de la comunidad LGBTIQ+ en San Juan del Cesar. Vivanco tiene una trayectoria larga como líder social, alguien que ha acompañado —desde hace años— distintos procesos de organización y defensa de derechos en el municipio. Era parte de la Mesa de Víctimas cuando le habló a Lucía de un espacio para personas desplazadas y de otro con enfoque diferencial. De ahí en adelante, las reuniones se encadenaron unas con otras: asociaciones locales, organizaciones como Caribe Afirmativo, nuevos escenarios de participación.

Para Lucía, Vivanco fue quien la empujó a hablar desde la cercanía. “Me brindó su amistad sin condiciones”, dice. Fue él quien la animó a no dejar que su voz quedara en silencio, a amplificarla, a ocupar un lugar visible. Más que para exponerse porque merecía existir.

Hace más de cuatro años, Lucía, junto a otros integrantes de la comunidad LGBTIQ+ del municipio, decidió organizarse. Crearon una asociación sin ánimo de lucro con una idea simple y urgente: abrir espacios de participación en un territorio donde la comunidad existía, pero no estaba contada. No había censo, no había política pública, no había un diagnóstico claro. “La asociación nace de esa ausencia”, explica Lucía. “Del hecho de que no sabíamos cuántas personas éramos. El enfoque siempre fue trabajar por toda la comunidad”.

Con el tiempo, la organización empezó a hacerse visible. Se vinculó a espacios dentro y fuera de San Juan del Cesar, obtuvo representación en la Mesa de Víctimas municipal y estableció diálogos con organizaciones como Caribe Afirmativo y con el Ministerio de la Igualdad. También impulsó acciones concretas, pequeñas y sostenidas: entrega de mercados, regalos en Navidad, presencia en momentos en los que antes no había nadie.

Pero el logro que Lucía señala como central fue otro. A partir del trabajo conjunto con la alcaldía y con el entonces enlace municipal, Luis Miguel Hernández, se conformó un comité integrado por personas de la misma comunidad. Ese grupo se encargó de construir el marco jurídico, la visión y los lineamientos de la política pública LGBTIQ+ del municipio. Por primera vez, dice Lucía, la comunidad empezó a existir también en los documentos.

Sin embargo, esta política pública lleva cuatro años y medio sin ejecutarse en su totalidad por la falta de asignación de recursos. Lo que bloquea el avance de derechos de la comunidad LGBTIQ+. El Decreto No. 004 del 31 de mayo de 2023 adopta la política pública para la garantía plena de los derechos de las personas lesbianas, gays, bisexuales, transgenero e intersexuales (LGBTIQ+). Según reconoce la alcaldía de San Juan del Cesar, en respuesta a un derecho de petición, la política sigue en fase de implementación y no se cuenta con un rubro específico para las actividades. Tampoco hay un protocolo de recepción de quejas por vulneraciones de derechos.

Desde el comité de la comunidad LGBTIQ+ aseguran que han solicitado los recursos al municipio y al departamento, pero no han obtenido respuestas concretas. Aun así, Lucía mantiene su compromiso de seguir luchando para que la política pública no quede en el papel, para que, en cambio, se convierta en una garantía real de sus derechos.

Enfrentarse a una sociedad que no acepta lo diferente

Lucía recuerda la escuela como un territorio áspero. Desde niña, compañeros y docentes la señalaron con palabras que entonces no comprendía del todo, pero que se le quedaban adheridas. Comentarios despectivos, burlas, rechazos. “Me decían afeminado, gay, marica”, recuerda. Algunas maestras tampoco fueron un resguardo: hablaban de los gays como pecadores, como algo impuro, y le prohibían el contacto.

No sabía aún qué nombraban esas palabras, pero sí lo que producían. Cada vez que alguien la señalaba, algo se le quebraba por dentro. “Sentía un vacío muy grande en el corazón”, dice. Era demasiado para alguien que apenas estaba creciendo.

En medio de esa intemperie, hubo excepciones. Docentes que no preguntaron, que no juzgaron, que simplemente estuvieron. “Prácticamente eran como ángeles en el camino”, dice Lucía. Pequeños refugios en una infancia marcada por el desprecio.

Lucía habla de la discriminación como algo que se aprende a reconocer por acumulación. La ha visto operar por el color de la piel, por la religión. Pero, dice, es más cruel cuando apunta a aquello que no se elige. “Cómo naces, quién eres, tu identidad. Eso no se puede cambiar porque ya eres tú”.

A esa carga se suma el lugar. San Juan del Cesar es un municipio pequeño, atravesado durante años por el machismo y la vigilancia ajena. Allí, explica Lucía, la gente cree saberlo todo: construye versiones, adelanta juicios, sexualiza. “Existe la idea de que las personas LGBTIQ+ no tenemos dignidad”, dice. Lo dice sin énfasis, como quien enuncia una evidencia repetida. Y agrega, casi al final, lo que debería ser obvio: toda persona merece respeto.

No todo ha sido hostilidad. Lucía reconoce que en el municipio también encontró gestos de apoyo y una solidaridad silenciosa que la sostuvo en momentos clave. Personas que no preguntaron de más, que no juzgaron, que acompañaron. “Hay gente con un corazón muy noble, con empatía”, dice. “Personas que respetan el punto de vista de los demás. Yo me he encontrado con gente muy buena en el camino”.

Vivir en San Juan del Cesar le dejó zonas grises, pero no le arrebató el arraigo. Lucía se dice sanjuanera y guajira, y lo dice sin matices. Ama su pueblo. Cree que, en el fondo, la gente es buena. “Al final”, agrega, “no es tan importante lo que alguien diga de ti, sino cómo tú te sientes y cómo te miras”.

Puede continuar leyendo después del artículo relacionado ↓ Artículo relacionado
El derecho a ser nombrada en La Guajira

Un nuevo comienzo

A los quince años, con la orientación de profesionales de la salud, Lucía pudo nombrar aquello que durante años había sido solo intuición y desconcierto: intersexualidad. Ese diagnóstico no resolvió de inmediato todas las preguntas, pero ordenó muchas de las que la habían acompañado desde la infancia. Le permitió mirar hacia atrás y entender.

A partir de ahí, decidió iniciar un proceso de transición para sentirse cómoda consigo misma. Se informó, buscó acompañamiento, conoció sus derechos y los pasos necesarios para atravesar ese camino con cuidado y autonomía.

Luis Miguel Hernández, amigo cercano, la vio cambiar de nombre y de lugar en el mundo. “La conocí cuando era un niño en un cuerpo equivocado”, recuerda. “Con el tiempo fui conociéndola en lo personal y también el proceso de su transición”.

Hernández recuerda ese comienzo como un proceso solitario y artesanal. Lucía empezó a buscar información cuando todavía no había redes sociales que ordenaran las respuestas. “Uno investigaba en Google, desde el colegio o en un ciber”, dice. Con el tiempo vinieron decisiones concretas: la hormonización, el cabello que empezó a crecer, la ropa que por fin coincidía con lo que sentía.

Nada de eso fue fácil. La transición estuvo atravesada por comentarios despectivos, rechazos abiertos, amenazas y obstáculos para acceder a una atención en salud integral. Lucía lo dice sin énfasis, como quien enumera hechos ya vividos. “Llegué a recibir amenazas. No entendía por qué, porque siempre he tratado de llevar una vida tranquila, sin meterme con nadie. Supongo que era por mi condición”.

Lucía recuerda su transición como un camino lleno de trabas. El sistema de salud no le ofrecía garantías mínimas ni un acompañamiento sostenido. El acceso a endocrinología, los exámenes necesarios, incluso la información básica, le fue negado una y otra vez.

Para avanzar tuvo que judicializar su propia vida. Interpuso una tutela, cambió documentos, corrigió su nombre para que coincidiera con quien era. “Fue un proceso muy tedioso”, dice. “Una lucha”. En ese momento, explica, cualquier procedimiento era clasificado como estético, no como una necesidad en salud. Solo con las sentencias de la Corte Constitucional se abrió el camino para reconocer la cirugía de reafirmación sexual como un derecho. No fue un favor del sistema, sino una conquista jurídica.

Después de dos años de trámites y resistencia, Lucía logró que sus derechos fueran reconocidos. Las cosas empezaron a moverse dentro de la EPS, un abogado acompañó el proceso y, finalmente, llegó la cirugía. “Cuando uno pasa por eso, queda feliz”, dice. “Es tener el género con el que querías estar, con el que te identificas”.

Desde el comienzo supo que no sería sencillo. Sabía del desconocimiento, del rechazo, del odio que podía aparecer. Aun así, decidió hablar y avanzar. “Uno tiene que arriesgarse”, dice. Hubo críticas, pero también gestos de comprensión. Para ella, lo esencial era otra cosa: hacer valer su derecho a la salud.

Luis Miguel Hernández, que acompañó de cerca ese camino, no recuerda dudas ni retrocesos. “Nunca se sintió golpeada por esas situaciones”, dice. “Lo que importaba era su salud, su bienestar mental”. En medio de todo, Lucía siguió. No por valentía abstracta, sino por una convicción simple: vivir en un cuerpo que le permitiera estar en paz.

Beldys Hernández, abogada y coordinadora del área de litigio de incidencia de Colombia Diversa, asegura que los profesionales y entidades de salud no saben cómo atender a las personas trans e intersex: “Eso hace que se sometan a procesos una y otra vez de diligencias administrativas. En el 2022,  la Corte Constitucional emitió una orden frente a personas trans, ordenando que el Ministerio de Salud tenía un plazo de 2 años, que ya están vencidos, para emitir una guía de práctica médicas en las que se dijera cómo se iban a atender a las personas trans. Esto no existe en Colombia y hace que estas situaciones siempre las consideren como situaciones excepcionales”.

Para Hernández, estos obstáculos van más allá del reconocimiento. “Obedecen a esa violencia estructural que se ha generado en el desconocimiento de la necesidad que tienen las personas con identidades de género”. Para hablar de intersexualidad, Hernández se refiere al concepto que entregó la Corte Interamericana de Derechos Humanos, como “aquellas variaciones en las características sexuales de una persona, ya sea en su anatomía, órganos reproductivos o composición cromosómica, que no se ajustan a los patrones tradicionalmente establecidos para los cuerpos masculinos o femeninos”. Estas características diferentes pueden evidenciarse desde que la persona nace o manifestarse con el tiempo. Además, una persona intersexual puede identificarse como hombre, mujer o con ninguna de las dos categorías.

Según Enrique Mendoza, enlace de la comunidad LGBTIQ+ de San Juan del Cesar, la salud no es el único obstáculo que enfrentan las personas de su población. A eso se le suma el acceso a educación, desde su labor ha encontrado personas de la comunidad que no han terminado sus estudios de bachillerato ni acceder a la universidad. “He intentado que terminen su colegio, que hagan su carrera profesional, pero nos faltan recursos”, advierte.

Puede continuar leyendo después del artículo relacionado ↓ Artículo relacionado
Buscar en la selva: las mujeres amazónicas, la memoria y la ausencia

Renacer en la adversidad

Hubo momentos en los que el rechazo y los obstáculos amenazaron con apagar su voz. No lo hicieron. Lucía aprendió a convertir esas resistencias en un motor silencioso para seguir adelante, no desde la confrontación permanente, sino desde la afirmación de sí misma.

“Dios nos pone pruebas que no son fáciles”, dice. “Pero el amor propio tiene que prevalecer. Nadie pide nacer de una manera distinta”.

Lucía dice que la cirugía y todo lo que vino antes y después —los trámites, el cuerpo, la espera— no la debilitaron. Al contrario. “Todo lo que he hecho y todo lo que he tenido que pasar me ayudó a amarme más”, dice.

Quienes la acompañaron de cerca coinciden en señalar una fortaleza sostenida en el tiempo. Hernández recuerda, sobre todo, el respaldo familiar. Sus padres estuvieron presentes durante todo el proceso. Su madre, que ya no está, fue una presencia constante. “Ella siempre la acompañó”, dice. “En los cambios psicológicos y físicos”.

Enrique Mendoza, actual enlace de la comunidad LGBTIQ+, subraya ese mismo punto sin rodeos: el apoyo empieza en casa. “Es prioritario”, dice. “Que tus papás te acepten y te respalden”.

Con el tiempo, el liderazgo de Lucía se fue afirmando en los espacios de participación ciudadana del municipio. Allí representa a la población LGBTIQ+ de San Juan del Cesar y ocupa un lugar que antes no existía. Hernández recuerda que asumió tareas de vocería, insistió hasta hacer parte del comité local de la comunidad y amplió ese trabajo más allá del municipio: integra un comité departamental de personas trans y, a nivel nacional, es reconocida como consejera de paz.

Quienes la conocen hablan de resiliencia, pero lo hacen a partir de hechos. De la constancia, de la insistencia, de una seguridad construida con el tiempo. “Ha logrado sus metas y sigue luchando por sus sueños”, dice Hernández, sin adornos.

En paralelo a ese trabajo público, Lucía cultiva otro espacio más íntimo. Estudia técnica vocal en una escuela del municipio y, cuando puede, compone. Para ella, la música no es un pasatiempo: es una forma de cuidado. “La música eleva nuestra conciencia”, dice. “Sirve para sanar, para sentirnos mejor. Para quienes han sido víctimas, es una terapia para el alma, el cuerpo y el espíritu”.

Un compañero de la asociación señala la valentía con la que Lucía atravesó todo el proceso. No la nombra como una excepción heroica, sino como alguien que decidió no esconderse. “Salir adelante sin importar lo que diga la gente no es fácil”, dice. “Sobre todo para las mujeres trans, que muchas veces son señaladas, humilladas, y viven con miedo de salir a la calle. El solo hecho de hacerlo ya es un acto enorme”.

Esa misma decisión es la que empujó a Lucía a involucrarse en procesos sociales y comunitarios. En esos espacios, su voz funciona como herramienta para mediar, dialogar y sostener conversaciones difíciles. Desde su rol de lideresa, entiende la construcción de paz como una tarea colectiva, sin distinciones. “Construir paz es mediar situaciones que incitan al odio y a la violencia”, dice. “Es crear espacios de armonía. Eso es lo que intentamos con la asociación: que no haya más división y que podamos trabajar juntos por un municipio mejor, donde se garanticen los derechos de todos”.

“Entendí que no puedes cambiar la mentalidad de los demás”, dice Lucía, “pero sí puedes cambiar tu vida: amarte, seguir, ser un ejemplo para ti misma”.

Hoy mira hacia atrás sin rencor. Incluso agradece lo vivido, no como idealización del dolor, sino como memoria de lo atravesado. “Los diamantes se forjan bajo presión”, dice. “Los seres humanos también. Tenemos que pasar por cosas oscuras para poder dar luz”.

Lucía evita las etiquetas. Cuando habla de identidad de género, prefiere una definición simple. “Soy una mujer. Una chica que nació en unas circunstancias y con una condición distinta. Decidí aceptarlo y amarme como soy”.

*El nombre fue cambiado a solicitud de la protagonista por razones de seguridad.

Sin comentarios

Deja tu comentario

Utiliza un correo electrónico válido

Recibe nuestros contenidos. Es gratis.

Puedes cancelar en cualquier momento.
Quiero recibirlos
cross
Consonante
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.