Foto: Cortesía San Juan del Cesar
La Guajira San Juan del Cesar |  Reportajes

Las casas que San Juan puede perder

La pérdida de antiguas casonas amenaza la memoria arquitectónica de San Juan del Cesar, La Guajira, donde propietarios y colectivos ciudadanos intentan preservar las construcciones que aún quedan en pie. La falta de un inventario patrimonial actualizado, de incentivos económicos y de una política local de conservación dificulta la recuperación de estos inmuebles, como quedó en evidencia tras el derrumbe de una vivienda de arquitectura colonial en junio de 2025.

Después de varios días de calor sofocante, la noche del 13 de junio de 2025 cayó sobre San Juan del Cesar con un aguacero inesperado. El agua empezó a correr por las calles y formó pequeños ríos, mientras las fuertes brisas sacudían las copas de los árboles. La lluvia golpeaba con fuerza los techos y despertaba el temor entre algunos habitantes. En las casas, el agua se deslizaba por las paredes y los escalones, mientras afuera la oscuridad se espesaba bajo la cortina de lluvia.

La tormenta se abrió paso entre patios, muros y tejados. Para muchos habitantes, la lluvia era un alivio después de varios días de sequía. Pero mientras el pueblo dormía, el agua y la humedad empezaron a hacer estragos en una casona del centro histórico. La vivienda, de arquitectura colonial, había pertenecido a las familias de Ana Helena, Matilde, Julia y Juan Manuel Urbina. Durante más de treinta años, sus paredes y tejados habían resistido el paso del tiempo, mientras la casa se convertía en parte de la memoria de varias generaciones de sanjuaneros.

Al amanecer, la tormenta había pasado, pero había dejado huellas más profundas que las calles mojadas y los árboles sacudidos por el viento. Una niebla cubría el centro histórico de San Juan del Cesar. El cielo seguía nublado, el suelo estaba empapado y el aire olía a tierra mojada. Con las primeras luces del día, los habitantes empezaron a descubrir los efectos de la noche anterior.

La casona, que durante décadas había formado parte del paisaje y la memoria del pueblo, había cedido. Una parte de su estructura se había desplomado. Donde antes se alzaban las paredes y se extendían los corredores, ahora había fragmentos de adobe, vigas de madera y tejas partidas sobre el barro.

Forografía: del archivo de Cesar Urbina

Para quienes pasaron por allí esa mañana, el derrumbe significaba la pérdida de algo más que una construcción antigua. Con la casona desaparecía una parte de la memoria arquitectónica de San Juan del Cesar, ligada a las familias que la habitaron y a la historia del centro histórico.

La arquitectura del San Juan de ayer respondía a una forma particular de habitar el espacio y relacionarse con los demás. Los patios, los corredores y las puertas abiertas prolongaban la vida familiar hacia la calle y hacían de las casas lugares de encuentro. En el Caribe, buena parte de la vida cotidiana transcurre al aire libre: en los umbrales, bajo la sombra de los aleros y en los espacios compartidos con vecinos y visitantes.

«Nosotros somos de la cultura del patio, de la sombra del palo de mango», explica el investigador cultural José Gregorio Henríquez Gómez, al referirse a la vida cotidiana sanjuanera.

Para él, la vivienda tradicional tiene una distribución que revela esa manera de habitar: la sala principal es casi un espacio sagrado, reservado para ocasiones especiales, mientras que la vida diaria transcurre entre la terraza delantera, que conecta con el vecindario, y el patio o traspatio interior.

El patio es uno de los elementos fundamentales de esa arquitectura. «Los patios acá en San Juan son importantísimos. Una casa sin patio no aguanta», afirma Carlos Egurrola, enlace de turismo del municipio. Bajo la sombra de los árboles maderables y frutales se reunían familias numerosas, algunas de hasta catorce hijos; allí se transmitían recetas, se compartían historias y se construían recuerdos.

Esos mismos patios se convirtieron en escenarios de la vida musical de la región. «No hay nada mejor que una parranda vallenata bajo un palo de mango», añade Henríquez Gómez, al evocar una tradición que contribuyó a consolidar a San Juan del Cesar como cuna de compositores.

Cuando una de estas casonas se viene abajo, también desaparece el espacio donde transcurrieron esas conversaciones de tarde, las parrandas y los rituales cotidianos. Las viviendas caribeñas guardan historias que se entrelazan con la literatura, la música y el periodismo, como ocurre con las casas vinculadas a la escritora Keti Cuello Fernández y al periodista José Manuel Yin Daza.

El arquitecto Eduardo Mazuera Nieto advierte que una comunidad sin memoria carece de identidad. El patrimonio cultural comprende tanto las manifestaciones inmateriales —la música, la danza, la gastronomía y la tradición oral— como los bienes materiales, entre ellos las edificaciones. Unas y otros forman parte de la imagen que una sociedad construye de sí misma. Cuando se abandonan o se desconocen, también se debilita la posibilidad de comprender el pasado y transmitirlo a las siguientes generaciones.

En el Caribe colombiano, esa relación entre las casas y la identidad cultural evoca la obra de Gabriel García Márquez. Según se ha contado sobre el proceso de creación de Cien años de soledad, el escritor consideró titularla La casa, una referencia al lugar central que ocupa el espacio doméstico en su universo literario. Las viviendas son escenarios donde se cruzan generaciones, se transmiten costumbres y se construyen recuerdos. Protegerlas también implica decidir qué parte de esa historia merece permanecer.

«El patrimonio debe ser un activo de la memoria, no el pasivo de la nostalgia», sentencia el investigador Gregorio Egurrola. Para explicar lo que significa perder una construcción histórica, añade: «Cuando desaparece una casa de estas y es reemplazada por un edificio o un parqueadero, perdemos todos, porque es como si una biblioteca se quemara o como si arrancáramos páginas del libro de la historia».

Mazuera recuerda que las construcciones del pasado son testimonios de la historia de una sociedad, incluso aquellas que, por su sencillez, pasan inadvertidas. Las viviendas de tapia pisada o adobe, los materiales empleados y las técnicas con que fueron levantadas hablan de las formas de vida de otras épocas y de las influencias que marcaron a una comunidad. Sin embargo, muchas de estas edificaciones se deterioran, son transformadas hasta perder sus características originales o terminan consideradas un estorbo para el desarrollo urbano.

En San Juan del Cesar, el derrumbe de la casona de los Urbina dejó en evidencia la fragilidad de ese patrimonio. Aunque el municipio fue fundado en 1701 sobre antiguos asentamientos indígenas y conserva huellas de su historia en sus construcciones, no cuenta con una política local específica ni con un presupuesto destinado a recuperar viviendas patrimoniales en manos de particulares, según la información recogida para este reportaje.

«No hay ninguna ley en San Juan que disponga de recursos para poder mantener estas casas. El mantenimiento termina dependiendo del bolsillo de los propietarios porque, en el papel, son sus bienes», advierte Egurrola.

Esta situación deja a los dueños en una encrucijada financiera: restaurar un inmueble antiguo puede resultar mucho más costoso que levantar una construcción nueva en concreto.

Milena, gestora vinculada al Hotel Casa Murillo, conoce las exigencias de este tipo de trabajos. La recuperación patrimonial requiere materiales especiales, paciencia y mano de obra experta. «Implica más inversión, cuidado y reparaciones costosas que requieren técnicos especializados. El reto es encontrar un equilibrio entre modernizar el espacio para que sea funcional y respetar su esencia, como su fachada», explica.

El arquitecto Mazuera señala que, pese a los intentos realizados durante las últimas décadas para incentivar la conservación del patrimonio arquitectónico, los mecanismos siguen siendo insuficientes. Las declaratorias de bienes de interés cultural establecen obligaciones para sus propietarios en materia de mantenimiento y conservación, pero los beneficios legales y económicos que las acompañan no siempre compensan los costos que deben asumir.

Andrés Murillo, propietario del Hotel Casa Murillo, vivió este desafío al decidir restaurar una casona republicana de casi un siglo en la plaza fundacional, en lugar de construir un edificio moderno. Sin embargo, denuncia la falta de apoyo para quienes emprenden este tipo de proyectos. «En San Juan del Cesar no hay ningún incentivo ni política pública. Las personas que las cuidan y las preservan lo hacen por puro amor propio. No hay un alivio de impuestos que motive a los propietarios a mantener vivas sus casas», afirma.

A estas dificultades se suma la falta de un inventario patrimonial actualizado. Según la información recogida para este reportaje, solo unos pocos inmuebles, entre ellos la Casa de la Cultura y la Casa Yin Daza, cuentan con protección oficial. Sin una identificación clara de las construcciones que tienen valor histórico y de las medidas que podrían ampararlas, otras casonas quedan expuestas al deterioro, las modificaciones o la demolición.

En Colombia, la Ley General de Cultura (Ley 397 de 1997), modificada por la Ley 1185 de 2008, establece un régimen especial de protección para los bienes de interés cultural. Entre sus instrumentos está el Plan Especial de Manejo y Protección (PEMP), que define las condiciones de intervención y las medidas necesarias para conservar un inmueble y garantizar su sostenibilidad. La legislación también contempla beneficios tributarios para quienes asumen los costos de conservación, siempre que cumplan los requisitos establecidos.

Sin embargo, la existencia de estos instrumentos no garantiza que los propietarios puedan acceder fácilmente a los recursos necesarios. Mazuera advierte que la elaboración de los planes exige estudios técnicos que pueden ser costosos y demorados, mientras que la asignación de recursos públicos depende de criterios de priorización y de las condiciones de cada proyecto. Para los propietarios particulares, conseguir financiación para mantener una casa antigua sigue siendo difícil.

También existen limitaciones en algunos de los incentivos previstos para facilitar la conservación. Las exenciones relacionadas con los estacionamientos, por ejemplo, dependen de las condiciones del inmueble y del uso que se le dé. Si el proyecto cambia el uso original de vivienda, puede ser necesario resolver los parqueaderos en otro predio o pagar por ellos.

A esto se suman las dificultades para aplicar otras disposiciones relativas a las zonas comunes. En la práctica, adaptar una construcción antigua a un nuevo uso puede implicar exigencias y costos adicionales.

Los trámites también inciden en los tiempos y el costo de las restauraciones. Mazuera explica que los proyectos deben pasar por las revisiones de las autoridades competentes antes de obtener una licencia de construcción. Los requisitos, las observaciones y los ajustes pueden alargar los tiempos de aprobación. Según su análisis de los procedimientos en Bogotá, incluso un proyecto que no requiere modificaciones puede tardar varios meses en conseguir los permisos, sin contar los estudios y diseños previos.

Estas demoras pueden desanimar a los propietarios que buscan recuperar sus casas y, en algunos casos, propiciar intervenciones sin autorización que terminen afectando los valores arquitectónicos que se pretende conservar. Aunque las condiciones varían según el lugar y el tipo de inmueble, la experiencia descrita por Mazuera muestra que la recuperación patrimonial necesita tanto recursos como procedimientos que permitan llevar los proyectos a término.

Meses después del aguacero, la emblemática casona del centro histórico ya no es lo que fue. Hoy solo queda en pie una pared de ladrillos expuestos. Aun así, Egurrola cree que no todo está perdido: «Estamos esperando que el propietario ponga en valor esa fachada para reconectarse con el territorio». Entre las alternativas, propone recrearla o convertir el espacio en un mural. No sería recuperar la casa original, pero sí una forma de evitar que su historia se borre por completo entre los escombros.

Una de las alternativas para que el patrimonio sanjuanero sobreviva sin convertirse en una carga financiera insostenible es darles a estas casonas nuevos usos económicos: transformarlas en hoteles, restaurantes, museos o galerías. Esto podría generar ingresos para los propietarios y empleo para artesanos, guías, músicos y cocineras locales. Pero para que esos proyectos sean viables hace falta algo más que restaurar una fachada: deben existir visitantes, actividades y servicios que permitan sostenerlos en el tiempo.

Carlos Egurrola reconoce la brecha que separa el potencial cultural del municipio de su realidad turística. «San Juan no es un destino hoy en día; tiene un potencial turístico enorme, pero le falta una oferta consolidada y sostenibilidad económica», afirma el enlace turístico. El reto es diseñar experiencias que inviten al visitante a quedarse: rutas para recorrer las calles, guías que narren lo ocurrido en cada esquina y espacios históricos que activen la economía local.

Frente a la falta de una estrategia consolidada, algunos habitantes han comenzado a impulsar iniciativas para recuperar esa memoria. Colectivos ciudadanos como Procentro Histórico y la Junta de Acción Comunal han promovido la ruta cultural «Entre Letras y Canciones», con placas de mármol que señalan el legado de escritores y compositores entre las plazas Bolívar y Santander. También han propuesto que el sector sea reconocido formalmente como Barrio Centro Histórico.

Estas iniciativas muestran que las casonas pueden formar parte de una oferta cultural que vincule la arquitectura con la literatura, la música y las historias de quienes han vivido en el municipio. Pero consolidar esa propuesta exige coordinar esfuerzos, establecer rutas, formar guías y encontrar recursos para mantener los inmuebles. Sin esas condiciones, el potencial turístico seguirá dependiendo de iniciativas aisladas y del esfuerzo de quienes deciden cuidar las construcciones.

Caminar por las calles antiguas de San Juan del Cesar es recorrer diferentes momentos de su historia. No todas las construcciones pertenecen al mismo periodo ni responden al mismo estilo arquitectónico. Carlos Egurrola explica que el municipio conserva una diversidad que va desde edificaciones de tradición colonial hasta construcciones posteriores. Menciona, entre ellas, el Club San Juan como ejemplo de arquitectura colonial y la Casa Murillo, asociada a la arquitectura republicana y a elementos del Art Nouveau.

También existen edificaciones más sencillas, correspondientes a las primeras décadas del siglo XX. «Encontramos otro tipo de arquitectura que se dio después de la colonia, en la época de la República», explica Egurrola. Esa diversidad permite reconocer las transformaciones de San Juan y las distintas formas en que sus habitantes han construido y habitado el municipio.

Conservar ese patrimonio implica identificar las construcciones que aún permanecen en pie, establecer medidas para protegerlas y encontrar maneras de mantenerlas sin que su recuperación recaiga únicamente sobre los propietarios. La casona de los Urbina ya no puede recorrerse como antes. Su derrumbe dejó una pared expuesta a la intemperie y una parte de la historia local reducida a escombros. Lo que ocurra con las demás dependerá, en buena medida, de las decisiones que tomen sus dueños y de las medidas que adopte el municipio para evitar que otras casas terminen igual.

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