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En medio de una crisis de creatividad, tres voces sanjuaneras llegan al Festival Vallenato

Entre decenas de participantes, tres compositores oriundos del municipio se disputarán la gloria de ser reconocidos como referentes del género. Los jurados de la edición de este año del festival advierten que la esencia del vallenato está en riesgo.
¿Cómo se hizo este trabajo?
Entrevisté a los finalista del concurso. Conversé con una de las jurados de esta edición.

Así como el río Cesar serpentea y enlaza territorios, el vallenato fluye como un caudal de historias que une culturas, memorias y generaciones. En San Juan del Cesar, esa corriente nace en las voces de sus compositores y compositoras, en la cadencia de sus versos, en la memoria viva de un pueblo que se reconoce en la música.

Así lo demostrarán tres voces sanjuaneras que participarán en la edición número 59 del Festival Vallenato, el cual rinde homenaje a Israel Romero, Rafael Orozco y su agrupación, El Binomio de Oro. Para demostrar esa herencia que confirma a San Juan como tierra de poetas, desde el 29 de abril al 22 de mayo,  en el concurso de canción inédita harán presencia Augusto Enrique Ariza Molina con Las tres memorias; Pedro Nicanor Torres Aragón con Verso sagrado; y Abel Enrique Suárez Fuente con La coqueta.

Pero no todo es celebración. Mientras crece la expectativa entre los nuevos juglares, también se instala una inquietud entre quienes evalúan su trabajo. Voces autorizadas como Rita Fernández Padilla, Celso Guerra Gutiérrez y José Atuesta Mindiola advierten un descenso en la calidad de las composiciones: de 235 canciones inscritas, solo 65 lograron superar el filtro. Un contraste que abre la pregunta por el presente —y el futuro— del vallenato que se escribe hoy.

Fernández lo expresó con claridad: El vallenato en su esencia es música provinciana con sentimiento profundo; si al escuchar una melodía no recibes ese mensaje, no es vallenato”. La compositora se surtió de las melodías románticas con la idea de impactar en un género considerado machista. Así consiguió que su imaginación lírica fuera interpretada por Rafael Orozco en  la canción Sombra perdida y por Jorge Oñate, con Tierra blanda.

Para ella, muchas de las canciones presentadas en esta edición del festival no conectaban con ese sentir que identifica el género y aprovechó para recordar que el festival tiene una misión: preservar esa expresión musical.

Fernández recuerda que el vallenato es música provincial con un sentimiento profundo, pero considera que los nuevos compositores se han dejado absorber por identidades foráneas y la tecnología, lo que ha ocasionado una desconexión con su entorno. Con esa tendencia cree que será difícil volver a encontrar obras de la talla de Rafael Escalona, con un vallenato más tradicional, o como las de Gustavo Gutiérrez con un vallenato romántico.

Le preocupan especialmente los jóvenes. Le preocupa que muchos han dejado de apreciar los paisajes del Caribe, y esa falta de contemplación los aparta de tener experiencias profundas, algo fundamental para crear canciones vallenatas que trascienden a través del tiempo.

“Las obras clásicas son las que están sosteniendo el Vallenato, esas obras se inmortalizaron por su autenticidad”, dice. Pone como ejemplo a Carlos Vives que grabó una colección de obras del maestro Escalona y le añadió percusión, convirtiéndola en algo más atractivo a nivel internacional, pero con expresión y esencia vallenata. 

La compositora y jurado del festival, Rita Fernández Padilla, reconoce en los autores sanjuaneros una huella profunda en la esencia del vallenato. Al evocar nombres como Luis Egurrola, destaca una combinación difícil de imitar: originalidad, estilo propio y una fuerza creativa que parece brotar de manera natural. Por eso, asegura, hay razones para mantener altas las expectativas frente al talento que este año llega desde San Juan del Cesar.

Con ese telón de fondo, en Consonante conversamos con los tres autores del municipio que compiten en el concurso de canción inédita para entender qué hay detrás de sus composiciones y con qué apuestas buscan abrirse camino —y quedarse con el título— en esta edición.

Más que una expresión religiosa

Para Pedro Nicanor Torres Aragón, el vallenato ha sido una vocación que ha acompañado cada etapa de su vida. A sus 54 años, además de su trayectoria como empresario y docente universitario, ha construido un camino sólido como compositor que alcanzó uno de sus puntos más altos en 2025, cuando obtuvo el título de “Rey de Reyes” en el Festival Nacional de Compositores de Música Vallenata, en su natal San Juan del Cesar, después de haber rozado la cima con un segundo y un tercer puesto en ediciones anteriores. 

“A mí me llega esa inspiración de mi querida luna sanjuanera y de nuestro río Cesar, que muchas veces en el vallenato se describe como las melodías que arrastra al llevar sus piedras y su arena blanca”, dijo.

Su talento ha estado presente en el Festival Vallenato desde hace años. En el año 2023 participó con la canción Valle, festival, fiesta y folklore y en el 2024 con Un detalle para mi Valle.

Verso sagrado, su nueva canción, se inscribe en el inconfundible aire de paseo del vallenato y dialoga con la tradición poética del género. En ella, Pedro Nicanor Torres Aragón rinde homenaje a Corazón del Valle, del maestro sanjuanero Roberto Calderón, una obra que narra cómo el autor pidió prestado el corazón de Valledupar para conquistar a su amada.

Torres retoma esa imagen y la resignifica desde su propia historia: en su composición, también pide prestado el corazón de Valledupar, pero esta vez para resguardar el amor que ya comparte con su esposa vallenata. Promete devolverlo, dice, para que “otro sanjuanero también vuelva a pedir ese corazón prestado” y así mantener viva una secuencia cultural que, a través del amor y la música, sigue uniendo a San Juan del Cesar con Valledupar.

El primer verso de la canción, vine a cantarte Santo Ecce Homo, a dedicarte mi canción a pedirte, santo patrono, de tus manos la bendición”, nació un 24 de diciembre en casa de un familiar donde estaban reunidos. Mientras daban las gracias, su mirada se posó en la imagen de Jesús con una corona de espinas  colgada en la pared. Fue como un rayo de luz que iluminó su mente, toda la escena que representa esas fechas navideñas fueron fuente de inspiración y se dijo “yo también puedo pedirle a Santo Ecce Homo que me siga bendiciendo con el amor de mi esposa”.

El resto de la pieza fue tomando forma en un par de viajes y en una de esas parrandas donde la amistad se celebra con una chicharronada, con bollos de mazorca o un sancocho de gallina; al son de guitarras, cajas guacharaca y acordeón.

"Verso sagrado, como su nombre lo indica, es un verso de enamoramiento, un verso de romanticismo elevado, como si fuese una plegaria a los patronos de Valledupar, el santo Ecce Homo y de la Virgen del Rosario, del cual yo soy devoto”. 

Al ritmo de la historia del festival

“Apenas termina Semana Santa, empieza la celebración del festival, no solo en Valledupar, sino en toda Colombia, porque vienen personas de muchas partes a participar; esta festividad es de todos los pueblos”, cuenta Augusto Enrique Ariza Molina, de 64 años. De ese pulso colectivo, que desborda fronteras y convoca memorias, se nutrió para componer.

Es el tiempo en que las familias abren sus casas y las visten de fiesta para competir por el reconocimiento a la mejor decoración, aquella que capture el espíritu del Festival de la Leyenda Vallenata. En las calles, los grupos ensayan los pasos de cumbia al ritmo de las tamboras para el desfile de las piloneras, una tradición que honra a las mujeres que, en sus faenas agrícolas, molían el maíz con pilón. Y mientras tanto, desde patios y corredores, se escapa el sonido de los acordeones: músicos que afinan oído y voz para soltar un caudal de melodías que envuelve y contagia de alegría a todo el que pisa tierra vallenata.

Ariza lo sabe muy bien, ya que en años atrás ha tenido la oportunidad de descubrir los tesoros escondidos de una canción, pero esta vez los papeles se han invertido: de jurado pasó a concursante y su composición, Las tres memorias en ritmo paseo, pasó a primera ronda. “Me siento realizado al ser escogido para esta competencia donde hay tantos maestros y a pesar de ser la primera vez que hago el intento, mi obra fue elegida, me siento realizado”, expresó.

Considera que su obra musical es única, porque en los 59 festivales anteriores nadie había cantado la historia de cómo nació el festival vallenato, y su canción detalla la primera reunión donde  la política Consuelo Araujo, el compositor Rafael Escalona y el expresidente Alfonso Michelsen López, fundadores  del festival. También incluye la premiación donde Alejandro Durán se corona como rey Vallenato en 1968, para cuando  no había el dinero suficiente para galardonarlo y los organizadores tuvieron que recolectar fondos entre ellos.

Como las aguas del Río Cesar que se agitan al cambiar de rumbo, así late el pulso de Augusto Enrique Ariza Molina en su búsqueda de encontrar el camino que lo acerque al primer lugar. Sabe que se enfrenta a un público exigente, celoso de la tradición y atento a cada verso, a cada giro melódico que sostenga la esencia del vallenato.

Por eso vuelve la mirada a los grandes maestros —Rafael Escalona, Fredy Molina, Pablo Daza y Roberto Calderón—, referentes de una tradición que sigue marcando el camino. “Cuando escuchamos a los maestros es cuando entendemos por qué han hecho historia. Al analizar sus melodías, sus mensajes, las rimas, todo se convierte en un aprendizaje invaluable”, señala.

Cuando el acordeonero se vuelve poeta

La voz y el acordeón de Abel Enrique Suárez tienen la fuerza de la montaña y la nostalgia de la tradición, así lo prefiere para recordar que el vallenato no solo se canta en las plazas de Valledupar, sino también en los rincones de su pueblo, donde la herencia se mantiene viva. En La Sierrita, donde la raíz indígena se mezcla con el canto vallenato, Suárez, de 72 años, conocido como ‘Pije’, hijo de una tierra donde parte de la población pertenece a la etnia Wiwa, creció oyendo y amando el vallenato, como un lenguaje que lo conectaba con su comunidad y con la memoria de San Juan.

Desde pequeño le gustaba cantar, su familia le decía que parecía un pajarito silbando, también tocaba armónica, pero cuando escuchó un vallenato se despertaron en él las ganas de tocar el acordeón, y empezó tocando la guacharaca con algunos amigos. A la edad de 20 años compró un acordeón que le costó en ese tiempo $700 pesos, desde entonces se montaba en su caballo y se iba por el campo tocando su acordeón, así como lo hacía el juglar Francisco el hombre. Cuando visitaba ciertos corregimientos como los Cardones, El Totumo y Guayacanal, alegraba las parrandas con sus notas de acordeón.

Pero, así como no se puede contener la corriente de un río, tampoco Abel Enrique Suárez Fuente pudo frenar el rumbo que lo llevaría a radicarse en Valledupar. Recuerda que en el Festival de la Leyenda Vallenata de 1991, mientras Julián Rojas se imponía sobre Juancho Rois en la categoría profesional, él daba sus primeros pasos en el concurso de acordeonero aficionado.

Hoy regresa al festival desde otro lugar: debuta como compositor. El acordeonero de La Sierrita llega con La coqueta, un son —uno de los cuatro aires tradicionales del vallenato clásico— que nació al amanecer. En su historia, una mujer lo seduce y se escapa: cada intento de encuentro termina en ausencia, en llamadas sin respuesta, en puertas cerradas. “Esa negra yo quiero hacerle una visita, le hago una llamada, pero no contesta; yo voy a su casa, pero nunca está, nunca la encuentro”, canta. Y al final, resignado ante ese juego de acercamientos y huidas, remata: “y como no puedo encontrarla para verla, entonces digo que así son las mujeres".

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