En San Juan del Cesar, pocos recuerdan exactamente quién sembró el primer neem, pero casi todos coinciden en algo: hace unos 30 años este árbol apareció silenciosamente en patios, avenidas, corrales y calles del municipio. Algunos habitantes aseguran que llegó desde Venezuela. Otros dicen que fue introducido mediante programas de arborización urbana. También hay quienes recuerdan que fue promovido por ganaderos debido a sus propiedades repelentes contra moscas y garrapatas.
Luis Alberto Guerra López, ingeniero forestal, dice que su origen fue muy diverso y no es muy claro, pero sí conoce una de las formas en las que llegó al municipio. No apareció de la nada, sino que recorrió miles de kilómetros desde Asia hasta llegar a La Guajira. Lo hizo a través del exembajador de Colombia en Panamá, Alfonso Araújo Cotes. Un día de 1995, el embajador de Birmania en Panamá le hizo un regalo a Araújo: eran unas semillas del árbol; luego las trajo al país y se sembraron en varios lugares, así, poco a poco, terminó regado por toda La Guajira.
En San Juan lo bautizaron como Nem, Nim o como saliera más fácil en la conversación, aunque el nombre científico es Azadirachta indica. Varios habitantes recuerdan que comenzaron a verlo de manera más frecuente entre 2006 y 2007, presente en todas las calles y espacios del municipio.
Las alcaldías, programas de siembra y varias entidades lo vendieron como la solución perfecta para pelearle al calor y poner bonito el pueblo. “Siémbrelo, que eso pega donde sea”, decía la gente. Y no mentían: donde no agarraba un mango, agarraba el neem.
Lo cierto es que el neem encontró en La Guajira el territorio perfecto para reproducirse; condiciones adversas para otras especies fueron justo lo que este árbol necesitaba: altas temperaturas, poca lluvia y suelos secos.
Al ser un árbol de rápido crecimiento, que soporta condiciones extremas y se desarrolla muy bien en suelos pobres, se sembró inicialmente en municipios como Uribia, Manaure, Maicao, Riohacha y San Juan del Cesar para mejorar el entorno ambiental y generar sombra, una tarea que con especies nativas era muy difícil lograr.
De promesa a problema

El sol de la tarde cae con crudeza sobre las calles de San Juan del Cesar. Son las 3:30 p.m. y en un andén del centro el calor se espanta con café caliente y una buena conversación, como lo hacen los sanjuaneros. Ariel Mora, quien ha visto a su pueblo crecer, sostiene el pocillo con una mano mientras con la otra señala a los árboles que están en la avenida: — Ese palo vino pa’ eso… no come ni el ganado al animalejo ese, porque eso es amargo —. Sus compadres asienten, mientras se quejan de la presencia del árbol.
Para Mora, el neem fue una imposición. Considera que fue de lo peor que le trajeron a esta tierra. Reflexiona que, antes de introducirlo en el pueblo, debieron investigar cómo era esa especie y las consecuencias que podía generar. Desde el andén Mora muestra cómo las raíces levantan el cemento. Para él, el neem es un intruso en el paisaje.
Mientras espera que el café se enfríe, mira las ramas del “animalejo” y resalta la manera acelerada de su crecimiento:
“crece rápido, ocupa su lugar y desplaza lo que antes estaba, incluso las especies nativas que daban frutos dulces”, dice.
Este árbol apareció como una promesa de alivio, para bajar la temperatura y hacer sombra en calles y zonas verdes de La Guajira. Hace aproximadamente veinte años, diferentes entidades iniciaron una siembra organizada; las responsables fueron las alcaldías, con el respaldo de Corpoguajira. Lo introdujeron en sus programas de arborización: el neem crecía a una velocidad asombrosa, era capaz de resistir las sequías más feroces y tenía la virtud de reverdecer allí donde otros árboles apenas lograban sobrevivir. Se plantó con el afán de embellecer el entorno, pero nadie advirtió que terminaría por colonizar cada esquina, transformando la identidad visual de los pueblos guajiros.
Muchos habitantes también comenzaron a utilizarlo como remedio casero. Algunos aseguran que sus hojas sirven para eliminar piojos o como repelente natural para los animales. Los ganaderos de la región explican que el árbol fue un aliado clave para combatir moscas y garrapatas mediante preparados artesanales hechos con hojas trituradas, además de utilizar el remedio como un cicatrizante para curar las heridas del ganado.
Sin embargo, se convirtió en un dolor de cabeza. Con el paso de los años, el árbol se multiplicó sin control. Las semillas se dispersan rápidamente y el árbol puede alcanzar gran tamaño en apenas tres o cuatro años. En zonas rurales, potreros y terrenos abandonados comenzaron a aparecer grandes concentraciones de neem, desplazando vegetación tradicional como el guayacán, el trupillo, el caracolí, el cotoprís o el totumo.

Además, en la zona urbana, habitantes de San Juan del Cesar denuncian daños constantes en calles, andenes y tuberías causados por sus raíces. Erradicarlo completamente puede ser costoso debido a la dureza de la madera y a la extensión de sus raíces, que vuelven a brotar rápidamente incluso después de ser podadas.
Como menciona el ingeniero Luis Alberto Guerra, “ningún árbol es malo, pero hay algunos que tienen unas particularidades”, como ocurre con el neem, que no pertenece a este ecosistema y, por lo tanto, genera impactos sobre las especies nativas.
“Lo más bravo vino después: lo cortaban y volvía a salir. Lo podaban y regresaba más frondoso, como si cogiera fuerza de la rabia. En sequía, en abandono, en tierra mala… ahí seguía parado, fresco y campante”, dice con contundencia Ariel Mora.
Por eso el árbol tiene al pueblo dividido. Unos lo ven como una plaga, porque observan los daños que está generando; otros ni se percatan de su presencia, simplemente toman provecho de la sombra que ofrece en momentos de calor, que no son pocos en esta zona del país.
Un invasor silencioso
Mientras unos lo sembraban buscando sombra para el ganado o fresco para los patios, otros se dieron cuenta de que no necesitaba que lo sembraran; él mismo lo hacía. El árbol tira semillas por montones, nace solo y al poco tiempo aparecen muchos más.
El subdirector de Corpoguajira, el ingeniero forestal Manuel Manjarrés, explica que el neem posee una capacidad de colonización sumamente agresiva. Su ritmo de crecimiento es acelerado y no presenta dificultades para desplazar a las especies que se encuentran en su entorno. En condiciones óptimas, este árbol logra un desarrollo estructural en pocos años, superando con creces el tiempo que requieren las especies nativas para establecer sus raíces.
Luis Alberto Guerra López, también ingeniero forestal, advierte que el mayor problema no es que crezca, sino que se adueña. Germina donde cae la semilla, invade potreros, altera ecosistemas y les hace competencia desleal a las especies nativas. Según los expertos, si no se controla, puede seguir avanzando hacia otros departamentos.
Desde las entidades ya hablan de manejo, control y de frenar nuevas siembras. De hecho, la autoridad ambiental del departamento encendió las alarmas sobre la expansión de esta especie a través de una alerta ambiental.
Corpoguajira advirtió que el neem genera fuertes impactos sobre la biodiversidad y los ecosistemas de La Guajira debido a su comportamiento invasor y a las características alelopáticas de la especie. Esto significa que en las zonas donde el árbol se reproduce y prospera, genera condiciones químicas en el suelo que impiden el crecimiento de otras plantas, provocando que solo predomine el neem.
La Corporación señaló que esta especie “amenaza la biodiversidad local al competir con las especies nativas” y alertó de que sus raíces extensas y agresivas afectan de forma severa calles, aceras, tuberías subterráneas y otras infraestructuras urbanas. Además, indicó que “la invasión del neem en áreas naturales de La Guajira está provocando la pérdida de biodiversidad, ya que su rápido crecimiento y expansión limitan el espacio y los recursos disponibles para las plantas nativas”.

“En Corpoguajira trabajamos para controlar la expansión del neem y propendemos por la conservación de nuestras especies forestales amenazadas”, aseguró Samuel Lanao Robles, director de la entidad. Según explicó, la estrategia institucional incluye campañas de educación ambiental, control mecánico y restauración de áreas afectadas para reducir el impacto de esta especie invasora, implementando medidas rigurosas para frenar nuevas siembras en el territorio.
Walter Mendoza, técnico agropecuario, locutor y curioso de la naturaleza, lo dice sin rodeos mientras mira el monte: “Sí, sombra da, pero no todo lo que hace sombra sirve pa’ resolver”. El néem refresca y en pleno mediodía cualquiera se le arrima sin pensarlo dos veces. Pero cuando se le mira con lupa, la cosa cambia: el ganado ni lo mira, no da fruto y alrededor suyo no habita la misma vida de antes. No es como el trupillo lleno de pájaros, ni como el caracolí botando comida, ni la ceiba cargada de historia.
Los habitantes han construido mitos alrededor del árbol: que no es bueno amanecer debajo de ese palo porque es tóxico, o que la sombra tan cerrada que genera no cae bien. No hay pruebas de esto, pero como dice Walter Mendoza con la experiencia que le ha dado la vida en el campo, “sombra sola no basta. El monte bueno es el que refresca, alimenta y deja vida alrededor”.




