Cuando pensamos en abejas, es fácil imaginar una colmena, un enjambre y la miel que llega a la mesa. Pero buena parte de las abejas que vuelan por los bosques de Colombia no viven en colmenas, no producen miel y ni siquiera se parecen a las que conocemos. Algunas son solitarias, hacen sus nidos en el suelo, en los troncos o en las paredes y cumplen una tarea silenciosa que sostiene buena parte de la vida de los bosques: polinizar.
Colombia todavía conoce poco de estas especies. A comienzos de los años 2000, estudios de la Universidad Nacional señalaban que apenas se conocía el 5 por ciento de las abejas silvestres nativas del país. Desde entonces se han identificado alrededor de 600 especies, pero se estima que podrían existir más de 1.500. En la Amazonía colombiana, los registros de colecciones biológicas dan cuenta de más de 150 especies, aunque extensas zonas de esta región todavía no han sido muestreadas de manera sistemática.
Ese desconocimiento importa. Las abejas pueden participar en hasta el 80 por ciento de la polinización de las plantas con flor y mantienen relaciones estrechas con los bosques que habitan.
Sin ellas, muchas plantas no podrían reproducirse y, con la pérdida de esas plantas, también se afectarían las poblaciones de otros animales. Son parte de una red que sostiene los ecosistemas, aunque muchas veces pasen inadvertidas.
Mientras la expansión de la frontera agrícola, la deforestación y otras transformaciones del territorio amenazan sus hábitats, conocer qué especies existen, dónde viven y qué papel cumplen se vuelve también una forma de proteger la Amazonía. Porque no todas las abejas pueden ser reemplazadas por las especies domesticadas para producir miel: las nativas tienen vínculos particulares con los ecosistemas en los que evolucionaron.
En Leticia, Amazonas, ese conocimiento empieza a construirse alrededor de las colmenas. En julio de 2026, meliponicultores, investigadores, habitantes locales y visitantes se reunieron en el primer entrenamiento internacional de meliponicultura enfocado en la protección de las abejas nativas sin aguijón, impulsado por organizaciones de investigación como Amazon Research International. Allí, entre cajas y colonias, los participantes observaron de cerca cómo viven y se organizan estas especies. Una caja se abre y varias personas se acercan. Surgen preguntas, las herramientas pasan de unas manos a otras y las explicaciones combinan el conocimiento científico con lo aprendido durante años de convivencia con las abejas.
La práctica se conoce como meliponicultura: la crianza y el manejo de abejas nativas sin aguijón. A diferencia de la apicultura, asociada principalmente con el manejo de abejas del género Apis para la producción de miel, la meliponicultura trabaja con especies propias de los ecosistemas tropicales y puede convertirse en una herramienta para conocerlas, conservarlas y reconocer el papel que cumplen en la polinización de los bosques y los cultivos.
En la Amazonía, ese aprendizaje ocurre directamente en el territorio. Frente a las colonias y bajo el sol de Leticia, quienes participan observan cómo están construidos los nidos, reconocen sus estructuras y aprenden formas de manipularlos sin destruirlos. La relación con las abejas se convierte así en una forma de leer también el bosque: saber qué plantas están floreciendo, cuándo hay alimento disponible y qué cambios del entorno pueden alterar la supervivencia de las colonias.
Pero criar abejas no significa que estén a salvo. En distintas regiones de Colombia, tanto la apicultura como otras prácticas relacionadas con su manejo enfrentan las consecuencias de la transformación de los ecosistemas. La expansión de monocultivos y el uso de agroquímicos pueden provocar la muerte de colonias cuando las abejas salen a buscar alimento en áreas fumigadas. El problema trasciende a quienes obtienen ingresos de esta actividad: la disminución de los polinizadores también puede afectar la reproducción de las plantas y la producción de alimentos.
A esto se suma la pérdida de los lugares donde las abejas encuentran alimento y construyen sus nidos. La tala y quema de bosques, la ampliación de la frontera agrícola y ganadera y otros procesos de deforestación eliminan árboles, troncos, suelos y plantas de los que dependen distintas especies. Y no todas pueden adaptarse de la misma manera. Muchas abejas silvestres cumplen funciones específicas dentro de los ecosistemas en los que evolucionaron y las especies domesticadas no necesariamente pueden reemplazarlas.
Por eso, alrededor de las pequeñas cajas instaladas en Leticia hay algo más que una actividad dedicada a producir miel. Hay un intento por comprender una diversidad que todavía permanece, en buena medida, desconocida y por conservar unas especies de las que depende parte del equilibrio del bosque amazónico.

Para Heriberto Vela, uno de los participantes, uno de los momentos más importantes del encuentro fue poder mostrar algo que normalmente permanece oculto en la selva: un nido de abejas nativas que había sido trasladado de un poste de luz a una caja racional para su manejo. Frente a los demás participantes, Vela explicó cómo están organizadas las estructuras internas de la colonia, dónde se encuentran las placas de cría y cómo funciona el nido antes y después de ser trasladado a este sistema.
“Lo que más me gustó de este encuentro en Leticia es que pude mostrar el traslado de un nido que estaba en un poste de luz hacia una cajita. Así podía explicarles más claramente a mis amigos cómo se encuentra el nido en su hábitat natural, dónde están las placas de cría y cómo hemos pasado de ahí a las cajitas”.

Para Heriberto, observar directamente esa estructura permitió que el conocimiento dejara de ser una explicación y se convirtiera en una experiencia práctica. Esa posibilidad de conocer las colonias desde adentro es parte de lo que busca la meliponicultura: pasar de la extracción de los nidos a un manejo que permita conservar las colonias y mantener su relación con el territorio.
En Colombia se han registrado alrededor de 120 especies de abejas nativas sin aguijón y, según información del Ministerio de Ambiente, al menos 35 de ellas han sido aprovechadas para la producción de miel. Detrás de estas cifras hay una diversidad que todavía se conoce de manera fragmentaria y una práctica que busca aprender a manejarla sin poner en riesgo su supervivencia.

Vela menciona que la importancia de las abejas comienza mucho antes de la miel. “Las abejas son unos insectos principales para las plantas que por medio de la polinización las plantas pueden producir más frutos”. Su explicación parte de una experiencia cotidiana: las abejas están relacionadas con los frutos, las plantas y también con productos que las comunidades utilizan tradicionalmente. “Al mismo tiempo también produce la miel, el polen, con los que nosotros tradicionalmente hacemos remedios para curarnos de varias enfermedades que sufrimos acá en nuestro medio”.
Pero el aprovechamiento de estos insectos también abre otras posibilidades para las comunidades. La miel, el polen y el turismo asociado a la observación y manejo de las abejas pueden convertirse en fuentes complementarias de ingresos, sin necesidad de destruir las colonias. En esa misma dirección, la autoridad ambiental de la Amazonía colombiana, Corpoamazonia, ha señalado que la meliponicultura puede contribuir al mantenimiento de servicios ecosistémicos como la polinización y la seguridad alimentaria, además de ofrecer una alternativa para la conservación de la selva natural.

En 2017, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el 20 de mayo como el Día Mundial de las Abejas, una fecha para llamar la atención sobre la importancia de los polinizadores, las amenazas que enfrentan y su papel en el equilibrio de los ecosistemas. Las abejas y otros polinizadores, como las mariposas, los colibríes y los murciélagos, permiten la reproducción de muchas plantas, incluidos los cultivos destinados a la alimentación. También son indicadores de la salud de los ecosistemas, por lo que su disminución puede advertir sobre transformaciones ambientales más amplias.
Pesticidas, especies invasoras, cambios en el uso de la tierra, monocultivos, cambio climático y deforestación hacen parte de las amenazas que enfrentan las poblaciones de abejas en distintas regiones del mundo. En la Amazonía, una de las respuestas ha sido buscar formas de aprovechar las abejas nativas sin aguijón sin poner en riesgo las colonias ni el bosque del que dependen.
Corpoamazonia ha identificado la meliponicultura como una alternativa para mantener servicios ecosistémicos como la polinización y contribuir a la seguridad alimentaria, al tiempo que puede ofrecer a las comunidades una opción para generar ingresos y conservar el bosque natural. Esa relación entre las abejas y el territorio es también la que Heriberto quiere transmitir desde su experiencia. “Sin las abejas no hay producción, no hay vida porque sin las abejas y sin la selva no hay vida, no hay producción, no hay dinero”.
En ese contexto, Leticia se convirtió en el punto de encuentro para quienes buscan fortalecer esta práctica en la Amazonía. Desde hace aproximadamente dos años, Rosa Vásquez, coordinadora general de Amazon Research International en Perú, y otros integrantes de la organización venían conversando con meliponicultores de la zona sobre sus necesidades de formación y sobre la posibilidad de crear vínculos entre productores de distintos territorios.
El encuentro reunió así a participantes de Leticia, otros lugares de la Amazonía y Tabatinga, en Brasil, con la intención de compartir conocimientos y fortalecer las capacidades de quienes ya trabajan con abejas nativas. Para Vásquez, la ubicación de Leticia permite que ese intercambio trascienda las fronteras nacionales. “Nuestra meta es que lo que se ha aprendido en Perú y los logros que se han hecho no queden solo ahí, sino que se puedan expandir a partir de la Amazonía y Leticia”.

La apuesta es que la capacitación no termine cuando los participantes regresen a sus comunidades. La intención es construir una red que les permita mantener el intercambio de experiencias, conocimientos y tecnologías y, con ello, fortalecer la meliponicultura como una práctica que puede aportar a las economías locales.
Ese intercambio parte también de reconocer qué hace a estas abejas particulares. Las abejas sin aguijón pertenecen al grupo de los meliponinos y son nativas de las regiones tropicales y subtropicales. A diferencia de Apis mellifera, la abeja europea introducida en América, los meliponinos forman parte de los ecosistemas del continente desde mucho antes.
Vásquez insiste en que esa diferencia ha sido poco reconocida. “Cuando la gente hablaba de abejas, solo pensaba en la abeja extranjera, la Apis mellifera, que no es nativa de nuestra tierra en Sudamérica”. Para ella, conocer las especies locales también implica entender la relación que han construido con la flora amazónica y con los sistemas alimentarios de la región. Estima que pueden intervenir en la polinización de más del 85 por ciento de la flora amazónica.
Esa relación hace que las amenazas sobre las abejas también sean amenazas sobre el bosque. Muchas de estas especies construyen sus colonias dentro de los árboles, por lo que la tala puede significar la pérdida directa de su hábitat. “A la hora de cortar un árbol se corta el hogar de una abeja nativa”, explica Vásquez.
Una investigación de Amazon Research International también ha empezado a poner la mirada sobre otro de los productos de estas abejas: la miel. El estudio analizó las características químicas de la miel producida por dos especies de abejas sin aguijón y encontró, de manera preliminar, propiedades potencialmente antiinflamatorias y antimicrobianas, además de otros compuestos asociados con beneficios para la salud. Pero los investigadores también encontraron rastros de contaminantes ambientales, posiblemente relacionados con la exposición de las abejas a pesticidas mientras polinizan las plantas.
Parte de las propiedades de esta miel podría estar relacionada con lo que las abejas encuentran en el bosque. Claus Rasmussen, entomólogo de la Universidad de Aarhus, en Dinamarca, quien no participó en la investigación, plantea que algunos de sus beneficios pueden provenir de las resinas de los árboles amazónicos que las abejas recolectan. Al moverse entre distintas plantas, estos insectos pueden incorporar a la miel una variedad de compuestos provenientes del bosque.

El problema no termina en la pérdida de hábitat. Las colonias silvestres también son una fuente para quienes empiezan a desarrollar la meliponicultura. De allí provienen muchas de las colonias con las que los productores inician sus sistemas de crianza, por lo que cuando desaparecen los nidos naturales también se reducen las posibilidades de conservar y reproducir las especies propias del territorio.
A esa presión se suman los cambios en el clima, la pérdida de flores, los pesticidas, la contaminación, la expansión urbana y otras alteraciones de los ecosistemas. Las autoridades ambientales colombianas han identificado varios de estos factores entre las principales amenazas para las abejas. Pero para Vásquez hay una transformación menos visible que también está afectando su alimentación: el cambio en los ciclos de floración.
“La temperatura está alta, lo que hace que el néctar de las flores se evapore mucho más rápido, por lo cual ya las abejas tienen menos comida disponible”, explica. Por eso, conservarlas no significa solamente proteger los árboles donde hacen sus nidos. También implica recuperar y sembrar especies que aseguren flores y alimento durante distintas épocas del año.
En el encuentro, esa preocupación se convirtió en un punto de encuentro entre distintas formas de entender la selva. Allí estuvieron las investigaciones científicas, la identificación de especies, el monitoreo y las técnicas para mejorar la crianza, pero también los conocimientos que las comunidades indígenas han construido durante generaciones al observar el comportamiento de las abejas, los árboles y los ciclos del bosque. Más que dos saberes enfrentados, la apuesta es que puedan complementarse para entender mejor qué está pasando con estas especies y cómo protegerlas.

“Las comunidades indígenas a partir de sus saberes ancestrales llevan cuidando ya las abejas sin aguijón”. Ese conocimiento no es reciente. Una investigación realizada en la Amazonía peruana documentó las formas tradicionales de manejo de colonias y los usos de la miel en 21 comunidades. En 13 de ellas, sus habitantes mantenían abejas sin aguijón. El estudio identificó 17 especies utilizadas para la crianza o la extracción de miel de la selva, entre ellas Melipona eburnea, una de las más comunes.
El reto, para Vásquez, está en lograr que ese conocimiento pueda encontrarse con la investigación científica sin que uno termine desplazando al otro. “Para verdaderamente juntar las mejores herramientas para poder ayudar, no solo a proteger, sino a regenerar [...] se necesita esta unión de saberes”. Una parte de esa apuesta está en que el conocimiento no se quede entre investigadores o especialistas, sino que llegue a las propias comunidades.
“La manera como nosotros llegamos a lograrlo es capacitando a gente local, gente de las mismas comunidades indígenas”.
Heriberto Vela piensa en lo que hará con lo aprendido cuando regrese a su comunidad. Quiere compartirlo con su familia y, especialmente, con los niños. Su interés también nace de recordar cómo se extraía la miel en generaciones anteriores: una práctica en la que conseguir el producto podía significar destruir el lugar donde vivían las abejas. “Nuestros padres, nuestros abuelos cortaban los árboles para que cosechen la miel y luego le dejaban tirar en el suelo las abejas y venía la lluvia, las hormigas le comieron las abejas”.

Ese recuerdo muestra una transición entre una forma tradicional de aprovechamiento y una nueva manera de entender la crianza. No se trata necesariamente de rechazar los conocimientos de los abuelos, sino de transformarlos a partir de nuevos aprendizajes para evitar que la extracción termine destruyendo la colonia y su hábitat.
Heriberto quiere que ese conocimiento llegue a las escuelas. “Quisiera que nosotros, como ya sabemos la tecnificación de las abejas, nos fuéramos a enseñar en los colegios para que los niños puedan saber a esta tierna edad conservar las abejas”. Su propuesta conecta educación, restauración y alimentación: enseñar a los niños a cuidar las abejas, pero también a sembrar las plantas que les proporcionan alimento.
La meliponicultura también abre una discusión sobre las llamadas economías de la biodiversidad. La miel y el polen pueden ser comercializados, mientras que el turismo alrededor de los meliponarios puede convertirse en otra posibilidad para las comunidades.
En Colombia, la actividad de crianza de abejas nativas ha venido creciendo y el Ministerio de Ambiente reconoce su potencial económico y su relación con la conservación de los bosques.

En Leticia, la discusión tiene además una dimensión transfronteriza. La posibilidad de conectar productores colombianos, peruanos y brasileños puede contribuir a crear redes de intercambio de conocimientos y mercados, pero también plantea el desafío de establecer reglas claras para el manejo, movilización y conservación de especies nativas.
En Colombia, el ICA estableció mediante la Resolución 19650 de 2022 requisitos para el registro de predios destinados a la producción con abejas nativas sin aguijón y para el registro de sus criadores. Para actividades de zoocría se exige además la licencia o autorización ambiental correspondiente.
Para los participantes, una de las preguntas más importantes comienza después del encuentro. Heriberto es claro: “Yo quisiera que no se quede ahí, sino que siga adelante, que nos den más capacitaciones prácticas”. También pide herramientas y materiales para facilitar la crianza y ampliar el número de personas interesadas.
“También nos den materiales para poder facilitar más la crianza de abejas y así podemos dar más ánimos a algunas personas que quisieran criar más abejas”. Desde la organización, Vásquez coincide en que el objetivo debe ser darle continuidad a lo aprendido.

Entre los aprendizajes que identificó durante el encuentro, menciona técnicas para mejorar la cosecha, procedimientos para realizar divisiones, momentos adecuados para hacerlo y métodos para evitar que las abejas abandonen las cajas. Más allá de la técnica, dice, hubo otro aprendizaje: comprobar que otros pueblos y comunidades han avanzado en crianza, comercialización, turismo, educación y protección legal.
Al regresar a su comunidad, Heriberto dice que lleva consigo algo más que nuevas técnicas. “Lo que he traído de nuevo para mi comunidad y para mi familia es conservar el medio ambiente y también seguir plantando más plantas frutales que dan más floración a la selva”. La frase resume buena parte del desafío de la meliponicultura amazónica: no basta con construir cajas para las abejas si afuera desaparece la selva que las alimenta.
Una caja racional puede proteger una colonia, pero no puede reemplazar un ecosistema. Por eso, la conservación necesita árboles, flores, agua, conectividad entre la selva y prácticas productivas que no destruyan los lugares donde las abejas encuentran alimento y refugio. La meliponicultura puede convertirse entonces en algo más que una actividad productiva: puede ser una forma de relacionarse de otra manera con la selva.

Antes de terminar la entrevista, Heriberto deja un mensaje sencillo: “Sigan protegiendo las abejas porque sin las abejas no hay producción, no hay vida”.
Rosa Vásquez lo expresa desde una perspectiva amazónica y biocultural: “Sin abejas nativas sin aguijón no hay Amazonía, y sin Amazonía tampoco hay abejas”.
Las dos frases apuntan hacia el mismo lugar. En Leticia, el encuentro no solamente enseñó a dividir una colonia, trasladar un nido o cosechar miel. Puso sobre la mesa una pregunta mayor: ¿cómo producir y generar ingresos sin destruir aquello que hace posible la vida en la Amazonía?
La respuesta parece estar en una combinación de conocimientos: la ciencia que ayuda a comprender mejor a las abejas, los saberes indígenas que han acompañado su relación con el bosque durante generaciones y las nuevas generaciones que deberán decidir qué prácticas conservar y cuáles transformar. Las abejas son pequeñas. El territorio que ayudan a sostener, no.




