Fotografía: Alex Rufino
Amazonas Leticia Ensayo visual

Lo que la selva pierde en silencio, tráfico de especies

En la Amazonía, aprender a leer la selva es también aprender a perderla. Arnaldo Parente creció siguiendo huellas, reconociendo cantos, oliendo lo que otros no ven. Hoy camina más lejos, no solo porque sabe hacerlo, sino porque cada vez queda menos. Entre la cacería que alimenta y el tráfico que comercia, los animales empiezan a desaparecer sin ruido, y la selva —como quienes la habitan— aprende a no dejar rastro.
¿Cómo se hizo este trabajo?
Para la realización de este trabajo se llevaron a cabo actividades de campo que permitieron obtener información directa y contextualizada. Se entrevistó a un cazador local, quien compartió su experiencia, conocimientos tradicionales y prácticas relacionadas con la caza en la región. Asimismo, se contó con la participación de un experto en fauna amazónica, quien aportó una visión científica sobre las especies, su comportamiento y el estado de conservación del ecosistema. Complementariamente, se realizó el acompañamiento a una jornada de cacería en el resguardo de San Antonio de los Lagos, lo que permitió observar de primera mano las dinámicas, técnicas y relaciones entre las comunidades y su entorno natural.

En la selva se aprende a no dejar rastro. Arnaldo Parente es joven, pero en los brazos carga una memoria más antigua que su propia comunidad, San Pedro de los Lagos. Camina y la selva le habla. La huele como su perro, ese animal pequeño que lo sigue en trayectos largos y callados, y entiende lo que otros no ven: la humedad reciente, el paso tibio de algo que ya no está, la huella leve que la lluvia no alcanzó a borrar. Avanza entre árboles gigantes que quedan atrás mientras se interna en la selva espesa.

Distingue los cantos de las aves y en cada uno escucha una señal: aviso, presencia, advertencia. Es aprendiz y heredero de todo lo que su padre le enseñó. Antes, su abuelo. Y en esa cadena —hecha de pasos, de olores, de silencios— la selva sigue hablando en voz baja, para quien sabe escucharla.

Trochas que recorre un cazador en el Resguardo Indígena de San Antonio de los Lagos. Fotos Alex Rufino. Amazonas 2026.

Arnaldo creció viendo trampas cavadas con paciencia: huecos cubiertos de hojas, cercos improvisados que volvían el tránsito de los animales una espera. Aprendió a vigilar, con tiempo y silencio, una plataforma hecha de estacas amarradas con bejucos, suspendida a cinco o seis metros de altura, desde donde se observa sin prisa a los animales comer.

Hoy el tiempo lo empuja a otra escena. La escopeta cuelga de su hombro como una extensión del cuerpo: ajena y necesaria. Es café y negra, con un tubo de hierro que relumbra cuando el sol la toca, gastada, marcada por las ramas y las espinas. Las manadas de cerrillos y las guacamayas la presienten de lejos. El sonido viaja, alcanza a las madres de la selva, y arrastra una memoria: la de la muerte y el despojo, la de los hombres y mujeres que desaparecieron en los años del caucho, la de las pieles arrancadas a este territorio. Una historia que no termina de irse, que todavía deja una punzada, como si algo latiera, herido, en el corazón de la gran ceiba.

Arnaldo camina más lejos no solo porque haya menos animales, sino porque el territorio también se está transformando. Nuevas trochas, abiertas para proyectos, conexiones, caminos, fragmentan la selva y facilitan el acceso a zonas antes más protegidas. Y estos cambios se ven en las trochas de los proyectos de carretera de la vía Km 18 – Nazaret o la vía km 14 – Comunidad indígena de Ronda que quedó estancada por falta de financiación y permisos ambientales; pero que dejó una herida abierta en la selva, con árboles milenarios tumbados, sin importar la historia que estos llevan en sus troncos.

En operativos recientes, las autoridades han decomisado de manera recurrente carne de monte en el puerto y en plazas informales: caimán, tortuga, borugo, danta, armadillo y monos. No siempre son grandes cargamentos, pero sí constantes. La evidencia de un mercado que se mantiene activo, aunque oculto.

Ejemplar de tortuga de río en una casa indígena. Foto por Alex Rufino. Amazonas 2026.

Los fines de semana, el Parque Orellana cambia de ritmo. Bajo carpas improvisadas, entre la bulla constante de motos, carros y voces que se cruzan, se instala un mercado de productos amazónicos que, a primera vista, parece pintoresco: frutas, fariñas, pescados y jugos naturales. Pero en los bordes donde la mirada no se detiene tanto, circula otra oferta. En platos discretos y ollas humeantes aparecen caldos y carnes que no se nombran en voz alta. La carne de monte se ofrece a quien sabe preguntar. Entre locales y transeúntes, el intercambio ocurre en palabras breves, casi susurradas. Y lo que no termina en el plato, a veces toma otro rumbo: animales vivos que pasan de mano en mano hasta convertirse en mascotas en casas de la ciudad, en las comunidades indígenas o en atractivos silenciosos en espacios visitados por turistas.

En el Ecozoo, lugar rodeado por el  río Amazonas y una selva inundable nativa, los animales llegan después de haber sido cazados, domesticados o decomisados. “La gente tiene que entender la diferencia entre tráfico de fauna y cacería de subsistencia”, afirma Daniel Pardo, zootecnista encargado del manejo y cuidado del centro de recuperación de especies. Sabe que en muchas comunidades indígenas cazar sigue siendo una forma de sobrevivir, un acto regulado por usos y costumbres donde el monte aún provee proteína. 

Pero también ve cómo esa lógica se rompe cuando el animal deja de ser alimento y se convierte en mercancía o mascota. En los recintos del ecozoo, esa transformación se vuelve visible: monos que crecieron en patios, aves que olvidaron el vuelo, reptiles que sobrevivieron al miedo humano. “Tenemos animales que no pudieron regresar y los usamos para educación ambiental”, dice. Niños llegan, escuchan, preguntan. Afuera, sin embargo, la selva sigue entrando a la ciudad por rutas que no se ven. Llega envuelta en bolsas blancas: el viaje clausurado de una serpiente, de un mono, de una tortuga, de ranas de colores imposibles que, una vez capturadas, no volverán a conocer la luz que antes se filtraba entre las ramas. Allí adentro todo es quietud. Afuera, el ruido sigue como si nada.

Mono en la cocina de un cazador. Foto Alex Rufino.

“El monitoreo es complicado por recursos”. Seguir a un animal en la selva implica collares, chips, tecnología que puede costar miles de dólares y que no siempre está disponible. Por eso, muchas liberaciones ocurren sin certeza de lo que vendrá después. Algunas especies logran adaptarse; otras desaparecen otra vez en el mismo circuito que las sacó. Mientras tanto, indicadores más silenciosos alertan sobre lo que está pasando: “En los últimos dos años no ha habido huevos de tortuga charapa”. 

Entre la cacería que alimenta, el tráfico que comercializa y los esfuerzos por recuperar lo perdido, la selva queda atrapada en un proceso incompleto, donde cada liberación también revela lo difícil que es sostener el trabajo que hacen personas como Daniel. En la frontera donde Leticia se toca con Tabatinga y Santa Rosa, la munición circula como un secreto a voces. Arnaldo lo cuenta sin bajar la mirada: “los cartuchos los conseguimos en Leticia, Brasil o en Perú. Hay zonas clandestinas”. No hay vitrinas ni permisos: hay indicaciones que pasan de boca en boca “en tal lugar están vendiendo… y uno va”. Son casas, conocidos, puntos informales donde el calibre 16 cambia de manos sin registro, por 12.000 pesos o “15 reales”, según el lado de la frontera donde se compre. A veces se llevan la caja —más de veinte cartuchos—; otras, uno solo: lo necesario para entrar al monte.

Especie de mono en cautiverio. Foto Alex Rufino

Ese circuito pequeño, casi doméstico, forma parte de otro más grande, que rara vez se nombra en voz alta. El tráfico de fauna silvestre es un negocio lucrativo y transnacional que, como advierte InSight Crime, no ha logrado captar la misma atención de las autoridades colombianas, más concentradas en la lucha contra el narcotráfico.

“Los jueces prefieren meter a alguien en la cárcel por narcotráfico o minería ilegal que por llevar un loro en su bolso”, dice Fernando Trujillo, director científico de la Fundación Omacha.

La Amazonía —donde habita una porción significativa de las cerca de 50.000 especies animales registradas en Colombia— es, al mismo tiempo, refugio y punto de extracción. Aunque muchas están protegidas por la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres, eso no ha impedido que esta región se convierta en un centro de captura ilícita para abastecer mercados nacionales e internacionales. Tortugas hicoteas y morrocoy, iguanas, loros, micos y ranas venenosas: especies que aún respiran en la selva, pero que también circulan —vivas o muertas— en esas bolsas blancas que cruzan la ciudad sin hacer ruido.

Más allá, donde la Amazonía empieza a mezclarse con los Llanos Orientales, otras rutas se abren. La tortuga matamata —antigua, casi inmóvil— sale del Vichada y viaja hacia la triple frontera. Llega a Leticia, cruza hacia Perú, se disuelve en mercados donde es más fácil venderla. Nadie la ve salir, nadie la ve llegar. Lo mismo ocurre con los peces ornamentales: cuerpos diseñados para el asombro que terminan en acuarios lejanos. El pez cebra, la raya del Xingú, cruzan desde Brasil en circuitos donde conviven redes criminales y empresas de fachada. Se mueven como se mueve todo aquí: sin ruido, sin preguntas, sin dejar rastro.

La Wildlife Conservation Society investigó que entre 2010 y 2018, en Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú, las autoridades confiscaron más de 281.000 especímenes de fauna silvestre. Más de 144.000 eran tortugas. Animales lentos, silenciosos, fáciles de cargar. También, en años recientes, casi 13.000 ranas de distintas especies: cuerpos mínimos que caben en una bolsa, en un bolsillo, en una mano.

En Colombia, ese rastro aparece fragmentado en noticias: 867 eventos de incautación entre 2020 y 2023. La mitad, aves. Luego reptiles, mamíferos, peces, anfibios. Una jerarquía involuntaria que también habla de lo que más se ve —y de lo que más se mueve—. En todos los casos hay algo que se repite: el tránsito. Lanchas, carreteras, vuelos, equipajes. El tráfico no ocurre solo en el monte; ocurre, sobre todo, en el trayecto.

Como lo describe InSight Crime, el tráfico de vida silvestre en la Amazonía colombiana se desarrolla en tres fases principales: todo empieza con la extracción. Alguien que conoce la selva camina, cuida un cultivo, revisa un camino, y se encuentra con un animal que sabe que tiene precio. No siempre hay encargo: a veces basta la oportunidad.

Después viene la transformación. Si el animal muere, se aprovecha en partes: piel, colmillos, garras. Lo demás se deja. Si vive, se reduce: se amarra, se encierra, se silencia. Jaguares, primates, aves: cuerpos distintos atravesados por la misma lógica.

Y luego, el desplazamiento. Sacarlo de la selva, hacerlo pasar. Como la madera ilegal, los animales también se “blanquean”: papeles que cambian su origen, permisos que no dicen la verdad. Así entran a circuitos legales sin serlo del todo. Así cruzan fronteras sin dejar rastro.

Al caer la tarde, el monte y el Ecozoo parecen respirar distinto, pero cuentan la misma historia. Arnaldo regresa por la trocha con la escopeta al hombro, el barro pegado a los pies y las manos vacías; en el Ecozoo, un mono observa desde una rama baja, incapaz de volver del todo a la selva que alguna vez habitó. En el Parque Orellana, las ollas se enfrían y la carne de monte deja de circular, al menos por unas horas. Todo parece detenerse, pero es apenas una pausa.

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