Buscadores de Justicia Capítulo: 6 | Ser mujer en un pueblo sin agua   

Bolívar San Jacinto
En San Jacinto, municipio incrustado en la región de los Montes de María, no existe un sistema de acueducto funcional desde hace más de 40 años. Para asegurar el consumo de sus hogares, Griselda Jiménez, Ángela Montes y Angie Serrano invierten alrededor de diez horas y gastan más de 80 mil pesos al mes.
Foto: Ivis Martínez | Ilustración: Isabella Londoño

Griselda Jiménez tiene 68 años y nunca ha visto que salga una gota de agua potable de la llave de su casa. En San Jacinto, municipio de la región de los Montes de María, las tuberías están de adorno porque el sistema de acueducto no funciona en la mayoría de los barrios y, en algunos, el servicio es muy deficiente. Así ha sido desde hace más de 40 años.   

La falta de agua potable configura la cotidianidad de todas las personas en San Jacinto, especialmente de las mujeres. Sobre muchas, como Griselda, recae la responsabilidad del cuidado del hogar. Griselda se dedica a coser, planchar y lavar a mano la ropa de sus vecinos. También cocina, limpia y cuida a su familia: a su esposo enfermo de 82 años, sus dos hijos, tres nietos y su nuera. Las ocho personas viven en una casa de cemento y madera en el barrio Campo Alegre, al suroriente del municipio.

Así como Griselda Jiménez, los habitantes del pueblo tienen varias opciones para abastecerse que dependen de los distintos tipos de agua. La primera opción es el agua lluvia, que pueden acumular en canecas o comprarle a sus vecinos con albercas. Una caneca de 20 litros cuesta 1.500 pesos y es la opción más costosa porque los sanjacinteros la usan para beber y cocinar. También pueden extraer agua salada de los pozos subterráneos que tienen algunas familias en sus patios. Cada caneca de 20 litros cuesta 200 pesos. Dado que es agua salada y no tratada, solo sirve para lavar los platos, aunque a veces, cuenta Griselda, se usa para bañarse. 

Griselda Jiménez, de 68 años, gasta más de 80 mil pesos mensuales comprando agua. Foto: Ivis Martínez

Otra opción es tomar agua de la laguna Cataluña, que queda a dos kilómetros del pueblo. Los aguateros cobran cada caneca de 20 litros a 800 pesos, valor que incluye el transporte. Aunque no es completamente salada, es agua que no se puede beber. Finalmente pueden contar con el agua de los carrotanques que envía la empresa Servimaría S.A.S, un servicio que no es constante y que depende de la gestión de los ciudadanos, que en algunos casos se organizan para pedirle al alcalde que interceda por ellos.

Con este panorama, Griselda Jiménez debe gastar comprando agua que ni siquiera es apta para el consumo humano. Para beber, lavar ropa y cocinar, debe comprar seis canecas de agua de lluvia cada tres días a sus vecinos y pedir ayuda para transportarlas hasta su casa. Esto le cuesta ocho mil pesos cada tres días, es decir, unos 80 mil pesos al mes.

Una cuestión de género 

En un mundo en el que más de dos mil millones de personas no tienen acceso a agua potable, las mujeres cargan con la peor parte. De acuerdo con un informe del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicado en 2022, la crisis del agua y el saneamiento agrava especialmente la situación de las mujeres y las niñas porque es más probable que sean ellas las que se encarguen de ir a recoger agua para los hogares.

Esto “les impide dedicar ese tiempo a la educación, el trabajo o el ocio, además del riesgo que corren de sufrir daños corporales y enfrentarse a otros peligros en el camino”, se lee en el informe.

"Les impide dedicar ese tiempo a la educación, el trabajo o el ocio, además del riesgo que corren de sufrir daños corporales y enfrentarse a otros peligros en el camino".

Informe del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y la Organización Mundial de la Salud (OMS)

“Las mujeres y las niñas no solo se enfrentan a enfermedades infecciosas por falta de agua, saneamiento e higiene, como diarrea o infecciones respiratorias agudas; también corren riesgos adicionales para su salud porque son vulnerables al acoso, la violencia y las lesiones cuando tienen que salir del hogar para transportar agua o simplemente para usar el inodoro”, dice María Neira, directora del departamento de Medio Ambiente, Cambio Climático y Salud de la OMS en el informe.

Para Angie Serrano, ama de casa de 22 años, lo más complejo de ser mujer en un pueblo sin agua potable gestionada de forma segura es atravesar su ciclo menstrual en condiciones dignas, porque sin este recurso no hay garantías de higiene, salud y bienestar para ninguna.

“Si me viene la regla a media noche, voy al baño y como usamos agua salada para bajar el inodoro, a veces me ha tocado lavarme con eso. Con el agua salada es fastidioso y aparte causa piquiña en las partes íntimas. A veces me limpio con pañitos húmedos o papel higiénico, pero muchas veces no puedo lavarme como quisiera porque nos quedamos sin agua del tanque”, cuenta Serrano.

Angie Serrano, una ama de casa de 22 años, lava los platos con el agua acumulada en el tanque. Foto: Ivis Martínez

De acuerdo con Juana Botero Piedrahita, educadora menstrual, la falta de un sistema de acueducto funcional es uno de los obstáculos para asegurar que las mujeres tengan un ciclo menstrual sano. “El 52 por ciento de la población ha menstruado, menstrua o va a menstruar durante casi cuarenta años de su vida, por lo cual tener acceso a agua potable y a baños dignos es determinante para la salud menstrual de las mujeres, entendiendo que, en caso de no tener garantizado estos derechos, existen grandes riesgos en la salud ginecológica”, explica Botero, quien además es la responsable de sostenibilidad y diversidad en Comfama, organización que creó el primer subsidio menstrual para Colombia. 

Ana Torregroza, investigadora en tratamientos de agua y docente en la Universidad de la Costa (CUC), explica que el agua no tratada para la limpieza íntima tiene consecuencias negativas en la salud de las mujeres. Este tipo de agua, “especialmente si contiene contaminantes químicos o microorganismos patógenos, puede aumentar el riesgo de infecciones y problemas de salud en el área genital, contener bacterias dañinas que causan infecciones urinarias o vaginitis y causar irritación en la piel y mucosas, lo que puede resultar en sequedad y molestias”, dice Torregrosa.

Angie Serrano, quien es madre de dos hijos, también sufrió por la carencia de servicios de agua potable y saneamiento durante su postparto, un momento en que los médicos le recomendaron lavar la herida de la cesárea con agua tratada y nunca con agua salada ni de la laguna. “Debía bañarme con el agua del tanque o comprar un tarro de agua tratada en la tienda. Para lavar la ropa del recién nacido también debía ser con agua limpia, de tanque, de lluvia”, cuenta. 

Según Torregroza, algunas sustancias presentes en el agua no tratada pueden desencadenar reacciones alérgicas o dermatitis y si el líquido está contaminado con microorganismos patógenos como bacterias, virus o parásitos, existe un riesgo de contraer enfermedades transmitidas por el agua, como la hepatitis A o la giardiasis, que pueden afectar a la madre tanto como al bebé. 

Menos agua, menos tiempo

Abastecerse de agua también le quita tiempo valioso a Ángela Montes, madre de Angie Serrano. Ángela es una ama de casa de 52 años, desplazada por la violencia desde el corregimiento de Barcelona. Cada dos días camina 40 minutos desde su casa en el barrio El Sobaco hasta la laguna Cataluña, que está a dos kilómetros de su casa, para conseguir agua. Al mes, invierte al menos diez horas en esta faena, un tiempo que podría dedicar a estar con su familia, trabajar o descansar. 

Ángela Montes recuerda que hace 15 años la tarea era más dispendiosa. En ese entonces, tenía una burra que usaba para transportarse más rápido. Con ella buscaba el agua desde su sector hasta la laguna de Silvio, a un kilómetro de distancia. “Me llevaba a los cinco hijos míos montados en la burra y bañaba a todos los pelaos en la laguna antes de ir al colegio. Me regresaba con ellos y con las cuatro canecas llenas hasta el día siguiente”, cuenta. 

No tener agua en la casa le roba la tranquilidad a Ángela. “Tengo 11 nietos en total, te puedes imaginar cuando llega mi familia, que se supone que es una época feliz, la preocupación es que tengo que salir a comprar o buscar más agua”, dice.

Ángela Montes camina 40 minutos desde su casa hasta la laguna Cataluña para conseguir agua. Foto: Ivis Martínez

Un acueducto deficiente

La población de San Jacinto y San Juan de Nepomuceno, municipios vecinos, comparten el Sistema de Acueducto Regional, que es operado por la empresa Servimaría S.A.S. El contrato de obras fue adjudicado al Consorcio Acueducto Regional San Juan - San Jacinto en septiembre de 2017 y debía ser ejecutado en diez meses. Sin embargo, la obra fue entregada cuatro años después, luego de presentar 12 prórrogas, lo que incrementó su costo de 14.000 millones de pesos a más de 20.000 millones.

Según Aguas de Bolívar, entidad que gestionó y ejecutó el proyecto de inversión, el acueducto genera desde finales de 2020, 180 litros de agua por segundo para abastecer al 58 por ciento de las personas en San Jacinto y al 85 por ciento en San Juan. Sin embargo, en San Jacinto, cuando la gente abre la llave, casi nunca hay agua. En el mejor de los casos, cuando Servimaría bombea, sale un líquido sucio que apenas sirve para bajar el inodoro. 

“Aunque el agua del acueducto se considera potable, la mala condición de las tuberías hace que el líquido llegue con mucho sedimento y con malos olores. Por eso no la bebo”, cuenta Hernán Pimienta, habitante del barrio Campo Alegre.

"Aunque el agua del acueducto se considera potable, la mala condición de las tuberías hace que el líquido llegue con mucho sedimento y con malos olores. Por eso no la bebo".

Hernán Pimienta

De acuerdo con Aguas de Bolívar, que respondió una solicitud formal de información enviada por Consonante, el acueducto “presenta dificultades en el mantenimiento de las bombas de captación de agua ubicadas en la barcaza de San Agustín, en el río Magdalena, lo que genera insuficiente caudal de agua para la planta de tratamiento, mejor producción de agua potable, y por tanto, baja continuidad en el suministro”. 

Además, buena parte de la cabecera municipal de San Jacinto no cuenta con redes de distribución de agua, algo que tampoco contempló instalar el proyecto del acueducto. 

Por esa deficiencia, Giselda Jiménez, quien tiene 68 años, lleva toda su vida sin conocer el sabor del agua potable en San Jacinto. El agua que usan Griselda Jiménez, Ángela Montes y Angie Serrano para beber y cocinar les deja un sabor a hierro o cemento en la boca, que es el sabor del agua en el pueblo. A ellas no les desagrada ese sabor, pero sí el costo —en dinero, tiempo, enfermedades, riesgos— que han pagado por años y que heredan sus hijas e hijos en la búsqueda de abastecerse de agua. Ángela Montes dice que no quiere morir sin ver un sistema de acueducto que funcione en San Jacinto. Que abra la llave de su casa y salga agua potable. Mientras eso ocurre, Ángela está pendiente de las nubes en el cielo a ver si algún nubarrón anuncia un posible aguacero. “Dios mío, ojalá llueva”, pide en voz alta.   

Griselda Jiménez, de 68 años, nunca ha visto que salga agua potable de la llave de su casa.

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Comentario de la autora

Estudié el bachillerato en San Jacinto, un pueblo sin acueducto funcional. Mi primera menstruación fue en el colegio, pero nunca usé esos baños porque nunca había agua para bajar los inodoros. Recuerdo cómo en medio de la impresión por lo que le sucedía a mi cuerpo, lo único que rogaba era encontrar agua limpia en casa para lavarme. Ser tocada por la falta de agua me impulsó a querer contar cómo vivir sin acueducto afecta especialmente a las mujeres más pobres de San Jacinto. Griselda, Ángela y Angie nos dejaron entrar a su casa para contar su realidad.


CRÉDITOS

Texto y fotografía: Ivis Martínez
Ilustración: Isabella Londoño
Coordinación y edición: Ivonne Arroyo M.
Edición: Carolina Arteta Caballero y Angy Alvarado

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  • Maryfer
    Ene 20, 2024
    Grave situación ojalá y el nuevo gobierno le ponga el foco a este hermoso pueblo q lo necesita

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