Foto: Gabriel Linares
Chocó Tadó Perfil

En busca de una pepita de oro en Tadó

En Tadó, así como muchos municipios del Chocó, la minería artesanal es la principal fuente de empleo y sustento. Cada día, a las minas llegan cientos de barequeros con sus bateas, amocafres y cachos en busca de un destello dorado. La vida de María Celia Perea retrata la bendición y la condena que es barequear. 

María Celia Perea no recuerda la primera vez que barequeó. Debió haber sido muy pequeña, dice. Han sido tantos años que seguro se le borró de la memoria, como se le han borrado las huellas de los dedos de tanto barequear. Pero hay un recuerdo que todavía existe: era niña, tenía quizás unos ocho años, cuando jugaba con las herramientas de sus padres, también mineros. Imaginaba que la batea era como un plato para la comidita, los amocafres para revolverla, y la barra y la pala para servirla.

Un día, mientras acompañaba a sus padres a la mina del municipio de Santa Rita, se encontró una pepita dorada. Era oro, pero ella no sabía de metales ni de minería, así que empezó a lanzarla de un lado a otro, como si fuera un juego. Cuando su madre se dio cuenta, corrió hacia ella, le abrió la mano y se la quitó. Con ese orito que se consiguió le compraron ropa y una olla que todavía es suya, pero que no usa porque la considera un tesoro. Un regalo que le dio la tierra la vez que vio un brillo titilante en medio del barro húmedo.

—Mi madre no está, pero la olla sí—, dice Perea con los ojos aguados, mientras mira a su alrededor. A sus espaldas está su casa: de cemento, con baldosas cafés en la fachada y un piso color crema, algo que ha podido costear gracias a la minería artesanal que sostiene a muchas familias en el Chocó. Aunque no existen censos oficiales, la Asociación de Mineros Agroambientales del Chocó (Asomachó) estima que en todo el departamento hay cerca de 40 mil mineros.

María Celia Perea es una de ellas. Tiene cincuenta años y es oriunda del municipio de Río Iró, de donde se vio obligada a salir desplazada en 1997 por el conflicto armado. Se fue a Bogotá: allí trabajó en restaurantes y en casas de familia, hasta que entendió que ya no podía más, que el dinero no le alcanzaba para sostener la vida. Decidió entonces regresar al Chocó y probar suerte en Tadó, adonde llegó con sus seis hijos y su esposo, como ella misma dice, “con una mano adelante y la otra atrás”.

Pero en Tadó, las personas también se enfrentan a la pobreza y la falta de empleo. El Chocó es, de hecho, el departamento con el mayor porcentaje de habitantes en condición de pobreza monetaria extrema —44 por ciento de su población—, según cifras del Dane de 2022. Por eso, uno de los caminos para salir de ahí es justamente la minería artesanal, que se hace sin mercurio ni químicos. Una práctica ancestral para las comunidades afro. Perea no vio de otra y regresó después de diez años a barequear. 

Regresó, pero con mucho miedo. Perea le temía a las multitudes, a la retroexcavadora y hasta a la barranca. Pasaba las mañanas lavando lo que botaban los demás, hasta que sus vecinas la animaron a raspar otra vez. Ese día ocurrió una tragedia: una manta pesada de barro se le vino encima. La avalancha de tierra la cubrió de la cintura para abajo. Sus compañeros corrieron para desenterrarla, mientras ella rezaba en voz alta. 

“Había dejado a mis hijos sin desayunar. No tenía con quién dejarlos. Le pedí a Jesucristo que no me dejara terminar ahí, porque mis hijos me necesitaban. Ya había pasado un año desde que su papá había fallecido y yo estaba sola con ellos”, recuerda Perea. 

Ese día, después de ver tan cerca la muerte, regresó a casa sana y salva. Sus compañeros la habían agarrado fuerte por los brazos hasta sacarla. Le dieron agua, la ayudaron también a que no se fuera con las manos vacías. “Cuando vieron que me había quedado sin mate, enseguida me dieron otro. Uno me ayudaba, otro también. Me decían: ‘¡Viuda, venga!’. Me echaban paladas, me mostraban dónde raspar. Incluso hice más de lo que tenía antes”.

Desde entonces, sin falta, Perea se encomienda a Dios cada día. Vaya o no vaya a la mina, hay que orar por los barequeros, dice, para que puedan reencontrarse con sus familias al caer el sol, pues todos ponen en riesgo sus vidas. 

Una vez, mientras trabajaban a la altura de una barranca, exactamente el 23 de noviembre del 2023, un alud de tierra sepultó a Mauricio Benitez, su compañero de trabajo y sobrino. El derrumbe fue tan rápido que nadie alcanzó a gritar. Los barequeros escarbaron con las manos para buscar una señal de vida pero no la encontraron. Celia recuerda esa pérdida con un silencio largo, baja la mirada y dice que por eso piensa, a veces, que es mejor no volver más a la mina. Pero, “¿qué más puede hacer?”, se pregunta luego. La mina es el único trabajo en el que no le piden estudios, ni experiencia. Y su familia tiene que comer y ella misma tiene que pagar las deudas. 

—La minería es uno de los sustentos básicos de muchas familias del municipio; sin embargo, cuando no se realiza de manera responsable, termina afectando derechos colectivos, el medio ambiente y la salud de la comunidad—, advierte Guillermo Panesso, personero de Tadó. Lo dice porque, incluso en la minería más artesanal, muchos mineros hacen uso de maquinaria amarilla. Para que esta actividad sea legal, tendrían que contar con títulos mineros otorgados por las autoridades, pero la mayoría desconoce estos procesos y opera de forma informal. Desde la Asociación de Mineros Agroambientales del Chocó (Asomachó) han luchado durante años para que los mineros sean censados, formalizados y desestigmatizados, una demanda que esperan se materialice con los acuerdos pactados recientemente con el Gobierno Nacional.

En busca del barro que brilla

Con el tiempo, Perea volvió a adaptarse al ritmo de la mina. “Ya sabía hasta dónde podía llegar y hasta dónde no. No me sobrepasaba, y cuando sentía que no era capaz, hasta ahí llegaba”, cuenta. Fue así como encontró una suertecita. Entre los barequeros le llaman canal: un pedazo de tierra donde se acumulan el oro y el platino. Perea empezó a apilonar la tierra; raspaba y apilonaba, raspaba y apilonaba. En silencio, con cuidado, porque si otros se daban cuenta, seguro la dejaban sin una tapa de oro.

Aquella vez se hizo seiscientos mil pesos, con los que compró materiales para remodelar el piso del rancho donde vivía con sus hijos. Así pasaron del barro a las baldosas que tanto cuida hoy. Es cuestión de suerte, insiste Perea. Y no todos la tienen todos los días. “Hay semanas en las que se pierde todo y no alcanza ni para el pasaje. A veces se gastan veinte mil diarios, hasta cuarenta mil, dependiendo de dónde esté la mina”, se lamenta.

Es un oficio de mucho azar y espera. “Hay días en que se lleva mucho sol, e inclusive hasta agua velando un bareque (esperando a que el dueño del entable avise si hay o no bareque). Ellos los tetean, dicen que más tarde, que ahorita, que después, que sequemos el corte, que hay que esperar a que arriemos”, cuenta. A veces dan las cuatro de la tarde, desde las cinco y media de la mañana que estuvieron esperando, y no les queda de otra que olvidarse de que no hubo bareque. 

Aun así, gracias a los días con suerte, Perea se ha cumplido a sí misma. Gracias al señor Jesús, dice, ya no tiene que pagar arriendo porque tiene una casa propia. “Hace mucho tiempo que me dedico a este arte y gracias a eso he sacado a mis hijos adelante”, dice orgullosa. 

Eso es barequear. Un día haces un grano de oro, otros días nada. No se moja la batea ni el mate, no hay ninguna pepita que brille más allá del sol ardiente. La mina es un campamento de barro, palos de madera, piedras y mangueras tendidas a la orilla del río. Es un campo húmedo a cielo abierto, pero los rayos de sol casi no entran, como si la mina se tragara todo: la luz, el aire limpio, el tiempo.

El día de un barequero comienza a las cuatro y media de la mañana. Baño rápido, ropa cómoda y botas pantaneras. Todos deben llevar su propia batea, mate, barra, pala, almocafre y casco. A las seis de la mañana están amontonados en Punto Rojo, un planchón cerca del parque Rey Barule al que ellos llaman “la oficina”. Desde allí salen las motos que los llevan desde San Pedro hasta las minas. Hay una segunda oficina, en la bomba de los hermanos Mejía, de donde parten los barequeros que viven en Villas de Remolino, Reinaldo, y los barrios cercanos.

Parece una ruta organizada, pero no lo es. La mayoría de veces los barequeros no saben para dónde echar. Deben esperar a que los dueños de los entables confirmen si habrá bahareque o no. Dependiendo de eso, van. A veces a Certegui, a veces a Angostura, Chato o Unión Panamericana.

Un día como hoy, 10 de diciembre, a las seis de la mañana, pasan los barequeros anunciando que hay trabajo en Certegui, pero que no coge nada, entonces hay que considerar otro destino. Quizás la mina de Hueco Oscuro de Tadó. Allá llegarán en manada en busca de un grano o hasta un castaño de metal. Si lo encuentran, todos en el municipio lo sabrán. Los bailaderos trabajarán sin descanso, las tiendas se llenarán, los almacenes de ropa venderán más y hasta los mototaxistas tendrán que ajustar sus carreras. Una pepita dorada salva, una vez más, el día de una familia chocoana.

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