El lunes 10 de agosto, a las 7:34 de la mañana, la tierra comenzó a moverse en el Chocó. En Tadó, el sismo se sintió tanto en el casco urbano como en las comunidades rurales, pero fue en lugares como Brubatá, en el Alto San Juan, donde sus efectos se hicieron más visibles. Allí, buena parte de las viviendas quedaron destruidas y las familias tuvieron que buscar refugio en las pocas casas que permanecieron en pie.
“Nosotros perdimos 75 viviendas. Quedaron tres”, cuenta Yelli Joana Mosquera, madre de familia de Brubatá.
Desde el día del sismo, esas tres viviendas se convirtieron en el lugar donde permanece reunida la comunidad. Allí hay niños, personas enfermas y personas con discapacidad. Mientras algunas familias duermen bajo techo, otras han tenido que acomodarse en los andenes que quedaron en mejores condiciones.
La emergencia no terminó cuando dejó de temblar. Para quienes perdieron sus casas, comenzó entonces otra incertidumbre: dónde dormir, cómo proteger a sus familias y de dónde sacar los recursos para volver a construir. “Tenemos niños pequeños, no hemos recibido ninguna ayuda de materiales para construcción y estamos viviendo en la calle; algunos duermen en los andenes que quedaron buenos”, relata Yelli.
En las viviendas que se derrumbaron también quedaron las pertenencias de las familias. Ropa, zapatos, camas y otros objetos se perdieron entre los escombros. Algunas personas lograron recuperar parte de los alimentos que tenían almacenados y, con ellos, la comunidad organizó una olla comunitaria para compartir lo poco que quedó.
“Agradecemos mucho a las personas que han venido a darnos apoyo con alimentación, pero nosotros más que alimentación también necesitamos que nos apoyen, que nos ayuden con las viviendas”, dice Yelli.
Para las familias de Brubatá, los materiales de construcción son ahora la principal necesidad. Cemento, varillas y madera son algunos de los elementos que esperan recibir para comenzar a levantar nuevamente sus casas. No tienen recursos para hacerlo por cuenta propia.
Yelli lo sabe por su propia experiencia. Es madre soltera de dos niños y cuenta que su casa tenía menos de un año de haber sido construida cuando el sismo la destruyó. “Yo tengo dos niños, soy madre soltera, mi casa no tenía ni un año de haberla construido y lo perdí todo”.
La administración municipal sostiene que desde las primeras horas después del sismo desplegó personal para verificar las afectaciones en las zonas urbana y rural. Según Xavier David Estamos Mosquera, secretario de Gobierno de Tadó, ingenieros, arquitectos y organismos de socorro como Bomberos, Defensa Civil y Cruz Roja participan en el levantamiento de información sobre las viviendas afectadas.
El funcionario señala que entre las comunidades con mayores afectaciones están Playa de Oro, El Tabor, Brubatá, Bochoromá y Bochoromacíto. El objetivo, explica, es consolidar un censo para establecer cuántas viviendas quedaron afectadas, cuáles pueden seguir siendo habitadas y cuáles no, y remitir la información a la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres.
Sin embargo, desde Brubatá la percepción de la respuesta institucional es distinta. Yelli asegura que, hasta el cuarto día después del sismo, la comunidad no había recibido ayudas de la Alcaldía. Las personas que llegaron al lugar, cuenta, provenían del hospital, eran particulares o personas que acudieron por iniciativa propia. Ese día, dice, también llegaron funcionarios de Gestión del Riesgo.
“De parte de la Alcaldía no hemos recibido absolutamente nada”, afirma.
El secretario de Gobierno, por su parte, asegura que la administración municipal está organizando en un sitio de acopio ayudas humanitarias que recibió para distribuirlas entre las comunidades afectadas. Estas incluyen alimentos y kits de aseo, mientras se busca atender las necesidades relacionadas con la reconstrucción.
Pero para las familias de Brubatá, la comida, aunque necesaria, no resuelve el problema principal. “No es solo traer una libra de arroz, un tarro de aceite, una sardina. Nosotros necesitamos que nos ayuden con nuestras casas”, reclama Yelli.
La comunidad también enfrenta otro problema: el puente que permite su conexión con el resto del territorio. La estructura quedó agrietada después del sismo y, según habitantes entrevistados por los reporteros locales, ya presentaba dificultades antes del terremoto.
La comunidad había pedido a la Alcaldía que mejorara el puente. La propuesta, según uno de los habitantes, era cambiar las tablas. Pero los habitantes consideran que esa intervención no es suficiente. Quieren una estructura nueva, segura y digna para la comunidad, similar a la construida en Bochoromá.
“Nosotros no queremos un puente de esos. Nosotros queremos un puente digno de una comunidad como Brubatá”, explicó el habitante.
Durante años, los propios habitantes habían cambiado las tablas cuando se deterioraban. Ahora, después del sismo, aseguran que ya no tienen recursos para seguir haciéndolo y que tampoco quieren que esa sea nuevamente la solución.
La preocupación se extiende incluso a las tres viviendas que permanecieron en pie. Aunque desde afuera parecen haber resistido el movimiento, Yelli asegura que también presentan daños. “Las paredes se mueven con cualquier brisa, se están moviendo”, cuenta.
En esas condiciones, la comunidad intenta proteger a sus niños y a los adultos que quedaron sin vivienda. La incertidumbre también ha comenzado a afectar su salud emocional. Yelli cuenta que los niños tienen pesadillas y que los adultos tampoco duermen tranquilos porque temen que una nueva lluvia pueda dejarles aún menos lugares donde refugiarse.
Por eso, además de materiales para reconstruir las viviendas, las familias están pidiendo atención psicológica. “Necesitamos que vengan psicólogos, que nos den atención psicológica”, dice Yelli.
La emergencia, entonces, no se reduce a las paredes que se cayeron. También está en el miedo de quienes ahora duermen fuera de sus casas, en la incertidumbre de las familias que perdieron sus pertenencias y en la preocupación de una comunidad que siente que llevaba años esperando soluciones para problemas que el terremoto hizo todavía más visibles.
El secretario de Gobierno envió un mensaje de solidaridad a las familias afectadas y aseguró que la administración está adelantando las gestiones necesarias para llevar soluciones a las comunidades. “No están solos”, dijo.
Desde Brubatá, sin embargo, las familias esperan que ese mensaje se convierta en acciones concretas. Yelli tiene una petición dirigida especialmente al alcalde: “Que se acuerde de que Brubatá existe, que se acuerde de cuando venía acá a hacer campaña, que se acuerde de que acá hay una comunidad abandonada desde hace muchos años”.
Ahora la comunidad ya no está pidiendo que le reparen una casa ni que le cambien unas tablas del puente. Está pidiendo volver a tener un lugar seguro donde vivir. “Más que comida necesitamos materiales para la construcción de sus casas”, insiste Yelli.
En Brubatá, las consecuencias del terremoto siguen presentes en cada vivienda destruida, en el puente agrietado y en las tres casas que hoy deben albergar a una comunidad entera.




