Claudia Cocuy, coordinadora de la promotoría campesina y monitora de la finca La Gorgona. Sostiene una de las fotografías del jaguar en la zona. Fotos: Angy Alvarado.
Claudia Cocuy, coordinadora de la promotoría campesina y monitora de la finca La Gorgona. Sostiene una de las fotografías del jaguar en la zona. Fotos: Angy Alvarado.
Guaviare Reportajes

Siguiendo las huellas del jaguar en el Guaviare

Unas 100 familias hacen parte de la iniciativa Corredor de Protección del Jaguar, que busca la conservación y la protección de esta especie y de otras como los delfines rosados, tortugas, águilas y primates. También impulsan el cuidado de sus territorios y la promoción de un turismo responsable.
¿Cómo se hizo este trabajo?
Esta era mi primera vez en el Guaviare, un destino soñado. Visitamos las comunidades El Edén, Damas del Nare y Raudal del Guayabero para conocer el proceso de conservación y protección del jaguar. Recorrimos el río Guaviare por varias horas en lancha y caminamos por los mismos senderos en los que se han visto huellas del jaguar. Para este reportaje hablamos con expertos de WWF Colombia, quienes también nos acompañaron en el viaje.

Los ojos de Yesid Humberto Alfonso Morales se encienden apenas escucha la palabra jaguar. Es un brillo breve, que contrasta con la quietud de su casa en la vereda El Edén. En el comedor cuelga la imagen que más aprecia: un Panthera onca avanzando entre la espesura. La foto —tomada el 24 de enero de 2023 a las 8:03 de la mañana por una cámara trampa instalada a solo 800 metros de su vivienda— parece, para él, una prueba íntima de que el bosque todavía respira.

En esa imagen el jaguar camina con la calma antigua de los animales que saben que dominan el territorio. La luz del día resbala sobre su pelaje y revela las rosetas: manchas únicas, tan irrepetibles como las huellas dactilares humanas. Yesid las mira como quien reconoce un rostro familiar. Afuera, el monte sigue guardando los rastros de ese animal que, para muchos, es apenas un mito; para él, en cambio, es un vecino al que se aprende a leer en silencio. El Edén se encuentra a dos horas en lancha rápida desde San José del Guaviare.

“Esta es la primera fotografía que tomamos en mi propiedad. Pero desde el 2021 se han tomado en otras fincas, ya tenemos muchas. Veo esa imagen y me siento muy orgulloso, para nosotros es muy importante. Sabíamos que el jaguar estaba en la vereda, pero no había salido en mi finca. Algunas personas me han dicho que les preste la foto y se la han querido llevar, pero nosotros no dejamos”, cuenta Yesid.

Fotografía de un jaguar desde la cámara trampa de la finca de Yesid y Amanda.

“Es saber que es el felino más grande de América y que lo tengo cerca”, dice Yesid, sin perder el brillo en los ojos. “Sus colores me encantan, su patrón en la piel, esas manchas negras que nos permiten identificarlos”. Habla mientras muestra las imágenes que guarda en su computador. En la pantalla se abren carpetas etiquetadas por fechas y veredas: decenas de fotos de cámaras trampa instaladas en la zona. Allí —han logrado comprobarlo— merodean al menos seis jaguares.

Yesid recuerda sus encuentros como quien revive pequeñas revelaciones del monte. Una vez, regresando a casa por la carretera, un jaguar se cruzó frente a él y siguió su camino con indiferencia majestuosa. Otro día, desde la ventana, vio a una hembra y a su cachorro moviéndose entre los árboles, tan cerca que alcanzó a oír cómo crujían las hojas bajo sus patas.

“Me lo encontré por este mismo camino, por donde ustedes entraron. Allí lo he visto ya dos veces”, dice, señalando hacia la entrada de la vereda. Luego recuerda la otra noche. “Eran las siete de la noche, estaba viendo televisión y de repente los caballos empezaron a zapatear, asustados. Me asomé y era una jaguar hembra con su cachorrito. Nos asustamos y nos metimos rápido a la casa”. Afuera, insiste, el monte tiene su propio idioma, y el jaguar es quien dicta el tono.

Yesid Humberto Alfonso Morales comparte las fotografías de las cámaras trampa.

Yesid vive con su esposa, Luz Amanda Garzón Bello, en una casa de madera entre el bosque. Llegaron hace cuatro años desde el Casanare y terminaron enamorándose del Guaviare: de sus ríos, de los amaneceres y del sonido de la naturaleza.

Pero el encanto del lugar también tiene sus pruebas. Entre mayo, junio y julio, las lluvias se llevaron casi todo lo que habían sembrado. “Lo único que logró sobrevivir fueron las matas de cacao”, dice Yesid, mirando hacia el pequeño cultivo que resiste como si fuera un milagro. “Ese es el único sustento que hay acá. También pescamos y sacamos bagre y bocachico”.

Los pobladores cuentan que una inundación así no se veía desde hace casi cuarenta años. Algunos todavía miden la altura que alcanzó el río señalando los troncos, como si el bosque guardara su propio registro de la tragedia. 

Amanda, en cambio, nunca ha visto un jaguar. Lo que conoce de él son apenas rastros: huellas frescas marcadas en el barro. Una vez —lo recuerda con un nudo en la voz— un jaguar atacó a Guardián, su perro, y le dejó una herida profunda en el cuello. El animal sobrevivió y ahora es inseparable a la familia.

“He aprendido a convivir con ellos y a amar la naturaleza y a los animales”, dice Amanda. “Yo no veo que él le haga daño al ser humano. Ataca a otro animalito porque es su comida, es como nosotros. Nosotros también buscamos nuestra comida”. Para ella, aceptar esa regla del monte es también una forma de vivir en paz con aquello que no controla.

Amanda y Guardían, sobreviviente de un ataque de un jaguar en el cuello.

Yesid y Amanda hacen parte de la red del Corredor de Protección del Jaguar. A la iniciativa están vinculadas unas 100 familias, donde la mayoría pasaron de cazadores a protectores. “Mi abuelo era uno de los que mataba a los jaguares y fue complejo que cambiara esa mentalidad y eso también ha sido gracias a los nietos. Los nietos llegaron mostrándole videos e imágenes y diciéndole: miren lo bonito que es ese animal, protejamoslo”, recalca Amanda. A Yesid lo buscan otros vecinos cuando ven una huella para que tome fotos y vaya llevando el recuento del monitoreo.

Pero incluso con esa convicción de convivencia, Amanda carga un recuerdo que todavía la amarga. Hace apenas dos meses, una jaguar fue asesinada en la vereda. “Nosotros estamos protegiendo a los animales y que vengan unos cazadores a la vereda y la sacrifiquen de esa manera”, lamenta. Su voz se rompe un poco, como si la escena siguiera ahí, suspendida: “Todos los habitantes rechazamos ese hecho”. Hasta hoy, nadie ha logrado identificar a los responsables.

Luz Ángela Flórez Muriel, zootecnista y coordinadora regional Amazonía de WWF Colombia, explica que la presencia del jaguar es un indicador del buen estado del ecosistema y de que el bosque está sano, que todavía existen presas, agua limpia y cobertura boscosa suficiente. “Cuando protegemos al jaguar, protegemos todo el ecosistema que lo sostiene y, con él, los servicios que benefician directamente a las comunidades, como la regulación del agua, la fertilidad del suelo y la estabilidad del clima local”, advierte.

Desde su profesión, Luz Ángela resalta que el monitoreo comunitario realizado a través de la instalación de cámaras trampa en fincas y zonas de bosque del corredor, ha permitido identificar de manera directa cómo se mueve el jaguar y qué otras especies lo acompañan en el territorio. “Gracias a este trabajo, realizado por las propias comunidades con el apoyo de WWF, se ha registrado no solo la presencia del jaguar, sino también otros felinos como el puma (Puma concolor), cerdos silvestres como el saíno (Pecarítajacu) y el cafuche (Tayassu pecari), que consumen principalmente semillas y frutos, presentan grandes coincidencias en sus horarios de actividad, también se ha identificado dantas, pecaríes, aves, reptiles  y otros mamíferos que forman parte de su entorno natural. Estos hallazgos muestran que el corredor mantiene procesos ecológicos activos y una fauna diversa, señales de un ecosistema saludable”, agrega Luz Ángela Flórez.

A una hora y media río arriba, en lancha, está la comunidad Damas del Nare. Allí vive Claudia Cocuy, de 41 años, coordinadora de la promotoría campesina y monitora de la finca La Gorgona. Su trabajo no solo es conservar el bosque y los animales que lo habitan: también impulsa el turismo comunitario como un camino para que las familias encuentren ingresos sin tener que tumbar la selva ni enfrentarse al jaguar.

Para llegar a la casa de Claudia hay que cruzar en lancha por lo que los habitantes llaman un “circuito de agua paz”. El nombre no es exagerado: en el trayecto aparecen garzas, martines pescadores, mariposas azules, primates silenciosos y juguetones entre las ramas, águilas que vigilan desde arriba. Todo ocurre bajo el sonido de los árboles y el paso del agua.

Claudia encontró una huella de jaguar a solo cinco minutos de su vivienda. La primera vez fue en 2021, un Viernes Santo. Esa noche, ella y su esposo escucharon ruidos entre el ganado. A la mañana siguiente, cuando hicieron el conteo, faltaba un becerro. “Sabía que era un jaguar”, recuerda. “Cuando llegamos solo encontramos sangre, y luego la vaca nos avisó dónde estaba el becerro”. 

En el lugar del ataque pusieron dos cámaras trampa y a las 8 de la noche volvió el jaguar a comerse lo que le quedaba del becerro. Así quedó capturado en la foto que hoy tiene en su vivienda, junto a otras fotografías de otras especies como osos hormigueros y dantas. 

“Pensaba en mi esposo —dice Claudia—, porque nosotros cuidando al jaguar y este atacando”. Lo recuerda sin rabia, apenas con la inquietud de quien entiende que el monte no negocia sus reglas. 

Antes, admite, el felino era casi un rumor. “Nos preguntábamos dónde vivía el jaguar”, cuenta. “Y ahora sabemos que está al lado de nosotros. Las huellas las encontramos a cinco minutos de la casa”.

Con el tiempo, Claudia y su comunidad han aprendido a reconocerlos. Dicen que en la zona rondan por lo menos cuatro jaguares distintos, cada uno con su patrón de rosetas, como firmas secretas. A uno le pusieron “Chapulín” porque sus manchas tienen forma de corazón. “Hemos aprendido que las manchas son como la huella digital”, explica. También que el jaguar es un animal solitario, paciente, siempre atento. “Está a la espera de la oportunidad, de que llegue un animal enfermo o un becerro pequeño; busca la presa más fácil. Por eso ataca a los becerros y no a las vacas”.

En su voz no hay reproche, apenas la constatación de un orden natural que ellas han debido entender para poder coexistir con el felino más poderoso de estas tierras.

Y hace una reflexión: “Si el jaguar está en las pinturas rupestres es porque siempre ha estado acá, fuimos nosotros los que vinimos a invadir su casa, a tumbarle su casa. Y además le ponemos la comida ahí, y sin cercas. Antes sentía miedo y no salía a la selva sola y ahora no siento nada porque sé que no me va a atacar, antes huye, siente el olor de nosotros y se va. No es tan malo como la percepción que nos dan, siento que eso nos dijeron para poder traficar sus pieles y poderlos matar”.

A veinte minutos de la finca La Gorgona, el río se abre paso hacia la Laguna del Nare, un espejo de agua de 81 hectáreas donde todo parece moverse más lento. La superficie refleja el cielo como si lo sostuviera. Allí viven los delfines rosados —las toninas— que los pobladores llaman Tatis. Se escuchan sus resoplidos antes de verlos: una presencia suave que asoma, respira y vuelve a hundirse. Ellos también hacen parte de lo que la comunidad protege.

Laguna del Nare.

“Uno aprende la importancia del agua porque en otros sitios ya no está y nosotros acá somos privilegiados”, dice Claudia, mientras observa la laguna. “Por eso los procesos de conservación deben ir con los campesinos”. En La Gorgona, su finca, han recibido cerca de mil visitantes de distintas partes del mundo. Muchos llegan buscando silencio.

“El turismo ha sido una alternativa para mostrar la riqueza que tenemos”, explica. “Los primeros visitantes nos decían: yo no tengo bosques, el agua es muy cara, y acá la tenemos al lado”. 

Yesid, Amanda y Claudia hacen parte de la promotoría campesina, donde les enseñan a la comunidad cómo instalar las cámaras trampa, las cercas antidepredatorias, por qué proteger las fuentes hídricas y mostrar la importancia del bosque.

“Las cámaras nos han permitido conocer lo que tenemos en la zona, en el bosque y en las demás partes. El monitoreo nos permite conocer el corredor biológico y que se protejan a las especies”, advierte Claudia. Las cámaras se dejan unos seis meses y luego se ubican en nuevos puntos en las fincas para identificar la fauna.

Fotografías de jaguares y otras especies captadas en las cámaras trampa.

El jaguar, una especie sombrilla

La iniciativa del Corredor de Protección del Jaguar nació en el 2021, liderada por WWF Colombia. Es una estrategia liderada por actores comunitarios que busca conservar al jaguar y promover la convivencia entre las comunidades y la fauna silvestre. Esta zona es clave, según indican desde WWF, allí se encuentran localizados algunos de los principales núcleos activos de deforestación reportados por el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam), donde la pérdida de bosque ha sido intensa.

El corredor es clave para mantener la integridad ecológica entre la Amazonia, los Andes y la Orinoquía, garantizando la supervivencia de especies clave como el jaguar y la resiliencia de los ecosistemas frente al cambio climático.

Desde la organización trabajan en incentivar procesos de gobernanza local, que reconozcan el rol de comunidades campesinas, indígenas y autoridades territoriales en la toma de decisiones sobre el uso del suelo, la protección de los bosques y la implementación de alternativas productivas sostenibles. 

Entre las estrategias también se ha llevado la educación a las veredas y colegios. Una semana atrás, para el día nacional del jaguar (el 29 de noviembre), se realizaron actividades en los colegios. 

“En el Guaviare, las comunidades que protegen al jaguar han conformado la mesa de gobernanza para el corredor del jaguar, fortalecer la gobernanza significa que las comunidades, sus organizaciones comunitarias, los gobiernos territoriales, autoridades ambientales y las organizaciones aliadas cuentan con acuerdos claros, normas propias, participación informada y herramientas para decidir sobre el uso y cuidado del territorio”, agrega Luz Ángela Flórez Muriel, coordinadora regional Amazonía de WWF Colombia.

El corredor abarca un área de 496 mil hectáreas aproximadamente (297.000 ha en Guaviare, 186.000 ha en el Meta, 109.000 ha con implementaciones en 74 veredas). En el Guaviare hay 78 cámaras trampa con el fin de conocer qué especies hay en la zona, en 18 de estas han identificado jaguares, el felino más grande de América y el tercer más grande del planeta. Los dos primeros lugares los tienen el tigre asiático y el león africano.

Este corredor abarca las veredas Caño Negro, Caño Guarnizo, La Charrasquera, Cachivera, El Mielón, El Edén, El Limón, Los Cámbulos, Las Brisas, Los Naranjos, Los Alpes, El Retiro, La Pizarra, Agua Bonita, San Francisco, Caño Blanco, Sabanas de la Fuga y Damas del Nare.

“El jaguar es una especie sombrilla y si lo cuidamos, podemos proteger a las demás especies, los bosques y esta riqueza natural. En otros sitios donde él no está es porque ya no hay agua. Cuidarlo a él, es cuidarnos a nosotros”, puntualiza Claudia Cocuy.

“Mi llamado a la comunidad es que debemos protegerlo. El jaguar es una especie sombrilla, que nivela todas las otras especies que hay. No le hagamos daño, dejemos que siga su rumbo”, dice por su parte Amanda.

Desde WWF hacen otras recomendaciones orientadas a reducir oportunidades de depredación y a mantener al jaguar en su corredor natural. Entre estas destacan: las cercas antidepredatorias, ubicadas en bordes de bosque, caños o zonas donde el jaguar ha sido registrado mediante cámaras trampa o por avistamiento; ubicar bebederos en áreas abiertas y seguras, el manejo del ganado en unidades familiares, uso de cámaras trampa para identificar rutas y patrones del jaguar, y evitar la deforestación cercana a zonas de tránsito del felino.

Vista desde el mirador del Raudal del Guayabero.

Protección e impulso del turismo

Otras familias del corredor del jaguar también han encontrado en el turismo una manera de vivir con la selva sin disputarle su fuerza. Es el caso del Raudal del Guayabero, donde el agua golpea las rocas. Para llegar allí hay que tomar una lancha en Puerto Arturo y navegar unos 21 kilómetros por el río Guaviare. El trayecto es una sucesión de verdes que cambian con la luz, de aves que cruzan como destellos, de tortugas lanzándose al río y algunos caimanes sobre la orilla.

En esa zona vive Norvey Méndez, líder comunitario y firmante de paz. Su apuesta es cuidar el territorio, impulsar el turismo y sumarse al monitoreo comunitario del jaguar. 

El pasado 18 de noviembre, mientras caminaba por el sendero que lleva a Puerto Lucas, Norvey vio algo que lo detuvo en seco: una huella de jaguar marcada en el barro fresco. Se agachó y apoyó su mano sobre la marca, tratando de abarcarla. “Era enorme”, recuerda. “Ahí fue cuando dimensioné lo grande que es el animal”.

Para él, ese rastro no fue advertencia, sino compañía: una señal de que el jaguar sigue ahí, moviéndose entre los mismos caminos que ahora recorren los visitantes.

En este sector el Raudal del Guayabero hay unas piedras con arte rupestre donde también se ven símbolos de jaguares. “Se dice que las antiguas civilizaciones, las primeras que pudieron haber llegado acá, nos dejaron mensajes grabados de lo más importante para ellos. Y si vemos a jaguares es porque son una de las especies que debemos proteger. Estos sitios son sagrados”. 

Pinturas rupestres en el Raudal del Guayabero.

Norvey y los demás guías de la zona también se han capacitado en el manejo de las cámaras trampa y en la promotoría campesina. “Esto hace que podamos llevar a la escuela el conocimiento que tenemos”, agrega. 

Andrés González, coordinador de turismo de la Corporación Guardianes del Yuruparí, en la vereda Raudal del Guayabero, indica que han ido concientizando a la comunidad y al turista para que vea al jaguar no como una amenaza sino como una especie a la cual se debe proteger. 

“En 2016, cuando se firmaron los acuerdos de paz entre el Gobierno de Juan Manuel Santos y las exFarc, se abrió una oportunidad para el Guaviare”, recuerda Norvey. “El territorio empezó a verse como un destino de paz, y de ahí nacieron iniciativas como las del Raudal del Guayabero”.

Fue un giro decisivo: el río, antes asociado al conflicto, comenzó a ser recorrido por turistas, investigadores y familias que buscaban conocer una selva que por décadas estuvo vedada.

Hoy, quienes viven allí se nombran a sí mismos como guardianes. La palabra no es metáfora: es un compromiso. “Somos los encargados de cuidar ese patrimonio natural y cultural que existe”, dice Norvey. Y añade: “¿Cuál es el mensaje para las futuras generaciones? Que ya es hora de parar. Queremos que, ojalá en 50 o 100 años, otras personas puedan ver lo que hoy vemos nosotros”.

Hace una pausa y sentencia: “El mensaje es cuidar, conservar y preservar, porque ya es hora de reparar el daño que le hemos hecho a nuestra tierra”.

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